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Lágrimas (I)


Helena Ramírez   03/09/2013
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     «Me izaron rudamente, mi enrojecida piel desgarrándose contra las afiladas aristas de roca del acantilado, mi tibia sangre precipitándose hacia el mar».
Prólogo


Cárcel medieval de NurembergLa oscuridad era tal en aquel lugar, que la única manera de medir el paso del tiempo era con la llegada de la única comida y agua que les suministraban; el pan duro y rancio, el queso mohoso y el agua amarga marcaban el paso de un día más, imposible saber la hora, si era noche o día en el mundo más allá de aquellas húmedas y ásperas paredes, donde el olor a salitre y podredumbre parecía haberse quedado estancado. Pero pasado un tiempo, al final se acababa perdiendo la cuenta, hasta la mente más despierta y fuerte terminaría por no saber si llevaba allí dentro cinco, diez o veinte días o toda una eternidad. Era inevitable, la oscuridad era lo único que tenían, la oscuridad y las cadenas. Y los murmullos medio enloquecidos de los que llevaban allí abajo más tiempo del que nadie deseaba pensar.

Las Celdas de Orphy, así llamaban a aquel lugar, porque su orden era la que se encargaba de aquellos que las habitaban, de limpiar y guiar sus almas corruptas para cuando pasasen a la siguiente vida. Pero en este mundo de oscuridad prácticamente perpetua solo eran arrojados los criminales más peligrosos, los desquiciados que no guardaban ya una brizna de humanidad y ni siquiera los querían en los sanatorios y los enemigos del estado, aquellos que se habían atrevido a poner en duda la existencia de la Corona o amenazado la vida de los altos señores o la de la mismísima familia real, cabeza insigne del reino de Latania.

Los guardias y carceleros se referían a esta última clase de prisioneros como «señores» y tenían órdenes de dispensarles un trato «especial»; torturas, vejaciones y humillaciones eran las «comodidades» de las que los «señores» podrían disfrutar en aquella prisión aislada del continente, erigida en la mayor de los Tres Quiebros, con el mar de las Calmas rompiendo contra sus acantilados grises. Y aunque los «señores» abandonaban de vez en cuando sus celdas e incluso llegaban a atisbar la luz del sol o de las lunas, ninguno de los otros presos los envidiaba por ello; los gritos de dolor y agonía que a veces llegaban a lo profundo de las celdas eran suficientes para hacerlos estremecer y comprender que ser un enemigo del estado era mucho peor que ser un asesino o un violador a ojos de la justicia de Latania.

Nadie querría jamás, en su sano juicio, atraer las iras del reino sobre su persona, o eso pensaba la mayoría de la gente, súbditos de una serie de reyes cada vez más déspotas y alejados del pueblo, que gobernaban con mano de hierro y a favor siempre de los más ricos, de sus amigos, de aquellos aliados que les interesaba mantener, mientras que una gran parte de los habitantes de Latania vivían en la pobreza; las grandes ciudades eran solo dignas para los afortunados, nobles y adinerados burgueses enriquecidos gracias al comercio o la industria pesquera del golfo de las Calmas; eran lugares limpios, bellos y ordenados donde no se permitía la entrada a gente humilde, salvo si tenían que llevar acabo algún trabajo allí, o pobres y mendigos. Los grandes y altos señores de Latania vivían de espaldas a la gran realidad que les rodeaba, disfrutaban de comodidades y lujos gracias al trabajo duro y la miseria de otros, con un rey y un ejército, controlado siempre por la familia real, que permitían y perpetuaban aquel modelo enfermizo de sociedad.

Pero a lo largo de los últimos años, había comenzado a surgir un movimiento de rebelión, de resistencia hacia y contra los abusos del poder establecido. Influenciados por las ideas de la fronteriza República de Sitali y algunos países vecinos, donde la democracia era la norma, los descontentos y rebeldes decidieron unirse en un grupo que con el tiempo sería conocido como la Liga de las Lágrimas. Llevaban tres años luchando y reclutando nuevos miembros, jóvenes idealistas en su mayoría, deseosos de cambiar el estatus quo del reino y acabar con las grandes diferencias sociales que lo acuciaban. Algunos los llamaban héroes. Otros los llamaban terroristas. Y cuando uno de ellos era apresado por el ejército o la milicia urbana, era enviado sin juicio a las Celdas de Orphy, de donde nunca jamás se esperaba que volviesen a salir.


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