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       Artículo de literatura

El tango de la Guardia Vieja, de Arturo Pérez-Reverte


Rogorn   08/04/2013
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     Quienes hayan estado oyendo hablar de que esta su nueva novela va a ser una historia de amor, que no se preocupen, que lo es, pero a lo revertiano, sin nada melifluo.
Portada de El tango de la Guardia Vieja, de Arturo Pérez-ReverteTras haber superado la barrera de los 60 años de edad, la carrera literaria de Arturo Pérez-Reverte presenta cada vez más una muy personal mezcla de pasado y presente. Por ejemplo, de las 17 novelas que lleva publicadas (contando la saga Alatriste como un solo título), la mitad (ocho) tienen lugar en el presente del momento en el que se escribieron, y la otra mitad ocurren en los siglos XVII y XIX. Cuando se le pregunta por obras favoritas o sugerencias sobre qué leer, siempre recomienda a los clásicos grecolatinos, al siglo de Oro español y a la novela del XIX antes que a autores posteriores.

En el año 2000 fue de los primeros escritores en vender una de sus novelas ('El oro del rey', de la saga Alatriste) en descarga digital (hace ya tanto tiempo de eso que dicha descarga se pagaba en pesetas). Ahora tiene una cuenta en Twitter con más de medio millón de seguidores, en la que cada fin de semana emerge de la Venecia de 1628 o del Cádiz de 1812 para hablar de temas ocurridos el día antes o esa misma mañana. Todo esto sin olvidar el artículo que publica cada domingo en el suplemento 'XL Semanal' desde hace ya casi 20 años, alguno de los cuales ya podría ser considerado histórico de por sí tras tanta veteranía y tanto ser testigo y reflejo de su tiempo.

En el caso de esta nueva novela, la mencionada mezcla ha alcanzado nuevas cumbres: además de ir poniendo al día a sus seguidores de cómo iba la redacción, Pérez-Reverte abrió un blog llamado Novela en construcción donde iba haciendo una especie de "pista de comentarios" fascinante sobre el proceso de escritura y sus dificultades, e incluso añadiendo algunas imágenes para que los futuros lectores pudieran hacerse una idea visual de algunos de los personajes o lugares de la obra. Además, tras anunciar que iba a abandonar la novela histórica (Alatristes aparte) durante una temporada larga, luego dijo que esta nueva obra iba a estar ambientada entre 1928 y 1966. "¿Y eso no es novela histórica?", le preguntaron. "No para mí", respondió. "Tenga en cuenta que mis abuelos nacieron en el siglo XIX".

El pasado y el presente es, pues, uno de los temas principales de su nueva novela, 'El tango de la Guardia Vieja' (Alfaguara, disponible en FantasyTienda). La historia trata de un hombre y una mujer (Max Costa y Mecha Inzunza) que se encuentran tres veces durante sus vidas, una a los veintintantos años de edad en un crucero entre Lisboa y Buenos Aires en 1928, la segunda en Niza en 1937 en plena Guerra Civil española, y la tercera en Sorrento en 1966, ambos ya sexagenarios, durante una partida de ajedrez entre un comunista soviético y un "capitalista" chileno en tiempos de la Guerra Fría y el Telón de Acero.

"Conseguir esa armonía asequible a un montón de públicos diferentes y, al mismo tiempo, quedar yo contento con mi trabajo ha sido un desafío enorme. Al final hay escenas de sexo duro, y yo creo que no he caído en la vulgaridad".

Durante esas tres ocasiones los encuentros (y/o desencuentros) entre los protagonistas mezclan en proporciones diferentes el amor, el deseo, el sexo, el status de cada uno (él buscavidas hispanoargentino, ella niña bien española), y sobre todo las peculiares circunstancias externas de cada vez. Ambos personajes son Reverte de solera destilada: él hábil, baqueteado, con talento acompañado de industria, paciente calculador de riesgos, y "de los que sueñan con irse y se van", y ella bella, con mundo e inteligencia, que busca activamente lo que quiere y de las que coge el rifle cuando atacan los indios, según las describe el propio Pérez-Reverte. Sus encuentros producen chispas.

Quienes tengan a Pérez-Reverte como autor de convicciones rudas y sin concesiones y hayan estado oyendo hablar de que esta su nueva novela va a ser una historia de amor, que no se preocupen, que lo es, pero a lo revertiano, sin nada melifluo, y con cada personaje pagando el precio de sus decisiones y sus cicatrices. A los personajes de sus novelas siempre se les ha permitido amarse "ma non troppo", y ese motivo continúa aquí. Además, teniendo él mismo ya 61 años, posee la experiencia suficiente para poder saber lo que un veinteañero, treintañero y sesentón puede sentir respecto a seis décadas de vida intensa, viajes, amores que no duran para siempre y situaciones delicadas en un mundo que ha cambiado lo indecible en apenas un siglo. De hecho, según él mismo ha dicho, la idea para esta novela la lleva teniendo desde 1990, pero ha decidido esperar veinte años más a que le llegara su momento justo de sazón. Él también es un cazador paciente.

En común con la mayoría de sus novelas, esta nueva obra presenta a un personaje profesional y experto en su campo (otras veces fotógrafo, espadachín, cazador de libros, marino o restauradora, en este caso bailarín mundano de transatlántico de lujo y frecuente amigo de lo ajeno) que se ve envuelto en intrigas, enigmas y aventuras, en este caso hasta tres diferentes. Otro elemento típico de los relatos de Pérez-Reverte son las minuciosas descripciones de uno o dos temas concretos relacionados con el protagonista. Si en otras ocasiones eran movimientos de esgrima, maniobras de barcos, técnicas pictóricas y fotográficas o trayectorias de balas, aquí son la ropa y la música.

A pesar de jurar en arameo que la investigación de detalles del pasado es divertida pero lleva demasiado tiempo, y que esa es la causa principal de su abandono momentáneo de la escritura de más novelas históricas, en esta ocasión de nuevo Pérez-Reverte se ha vuelto a sumergir irremediablemente en un ancho mar de libros, fotos, mapas, planos, imágenes de ayer y hoy y recuerdos personales para poder describir al detalle a sus personajes y lugares. Y lo hace minuciosamente, no quedándose en un simple "iba elegante" o "descuidado". Cada prenda, cada sombrero, par de guantes, collar, pañuelo o modelo de reloj aparecen retratados con precisión de fotógrafo -o cronista de páginas de sociedad-, y lo mismo con los coches, habitaciones, salones y demás sitios por donde se desarrolla la acción y los objetos que contienen, algunos de estilos reconocibles y rabiosamente de moda en su momento.

Fotografía de Arturo Perez - Reverte

A su favor tiene además que estemos hablando de tres décadas muy jugosas en sus modas y estilismo, cono el auge creciente de la fotografía, las revistas, el diseño y la imagen pública de los personajes admirados (músicos, actores, millonarios, nobleza más o menos en declive), y esto es una baza jugada a tope por el autor. Luego siempre hay algún lector que se le acaba quejando de "demasiada descripción", pero quizá quien lo haga no se da cuenta de que precisamente por esas descripciones tan "demasiadas" es por lo que se ha podido imaginar tan vívida y exactamente lo que ocurre, cómo y dónde ocurre y a quién le ocurre. Son parte esencial de sus relatos, incluso cuando no se sabe mucho de diafragmas de cámara, palos de un barco, o relojes Patek Philippe.

La música era el otro tema minuciosamente detallado en esta novela. En muchas escenas suena música, identificada por su título y a veces su intérprete. Los tangos que baila Max a bordo del transatlántico Cap Polonio o las canciones italianas de los 60 que se oyen en las radios de Sorrento añaden un sentido más al relato: si ya teníamos unas descripciones muy visuales, también podemos saber lo que escuchaban los personajes y, en un nuevo enlace entre pasado y presente, con su golpe de hipertextos e interactividad incluido, cualquiera puede encontrar en internet esas piezas musicales casi al instante, para aumentar aún más la inmersión del lector -no ya solo lector, sino también oyente y casi espectador-, en el ambiente descrito.

Las intrigas son también dignas de consideración, aunque quizá sea mejor no mencionarlas demasiado, porque es la principal zona de spoilers. Baste decir que cada una es muy de su tiempo, con tangos y transatlánticos en los rugientes años 20, justo antes del crash bursátil, una guerra civil de fondo y otra mundial a punto de empezar en el 37, y una delegación soviética con típicas malas pulgas en el "degenerado" occidente del 66. En cada caso, alguien quiere algo que no tiene, conseguirlo es peligroso, y hay que recurrir a las armas que cada uno maneja mejor.

También puede comentarse la estructura, que es algo a lo que Pérez-Reverte siempre presta especial atención y hasta experimentación. Esta novela está escrita con narrador ominisciente y con saltos continuos entre el "presente" de 1966, narrado además en presente de indicativo, y los pasados de 1928 y 1937, narrados en pretérito indefinido (o como se llame ahora). Tengo entendido que la cosa iba a ser más complicada, con saltos continuos entre los tres momentos, pero finalmente solo hay dos acciones, la del 66, y la que comienza en el 28 continúa hasta el 37. Bien hiladas y fáciles de seguir.

Luego está el sexo. Seguramente será uno de los temas por los que más le pregunten a Pérez-Reverte en las entrevistas de promoción, y la famosa palabra aparecerá en muchos titulares como reclamo de lectores. Y lo cierto es que si en las novelas de Alatriste a veces se viene "a matar, y mucho", aquí no falta "sexo, y mucho". O más que mucho, el necesario, porque tampoco abruma ni mucho menos. Es más, a menudo hay un tenso tono de deseo más o menos contenido por las circunstancias que otra cosa... hasta que el asunto encuentra espacio para liberarse. Es un ingrediente importante en la relación entre los dos personajes principales (y alguno más), y el tipo de encuentro sexual que se produce también es otro tema que necesita su detalle para entender la trama, porque en esta ocasión no basta con apartar discretamente la cámara a la chimenea.

En una de sus entradas del blog Novela en construcción, Pérez-Reverte se ocupó precisamente de este tema, y de su preocupación por encontrar las palabras adecuadas para no quedar ni mingafría ni chabacano. Como él mismo lo explica: "Yo tenía un problema grave con esto. Tenía que resolver tres o cuatro escenas de sexo explícito y nada convencional. Era muy fácil caer en lo vulgar y yo no quería eso. Mantener un digno envoltorio para situaciones bastante tórridas ha sido un desafío técnico, porque todo en la vida es técnica. Antes de escribir, me planteaba el plano de la situación y pensaba mucho los adjetivos, verbos, adverbios, porque hay lectores a los que no puedo asustar ni escandalizar, pero al mismo tiempo hay lectores a los que no puedo decepcionar y que se crean que los trato como a gilipollas. Conseguir esa armonía asequible a un montón de públicos diferentes y, al mismo tiempo, quedar yo contento con mi trabajo ha sido un desafío enorme. Al final hay escenas de sexo duro, y yo creo que no he caído en la vulgaridad".

Entonces, finalmente, ¿se amaban o no se amaban, y qué significa eso y habría podido significar en el pasado? Pues quinientas páginas y cuarenta años más tarde, quizá los personajes por fin lo sepan. O no.

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