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       Artículo de literatura

La huella del pájaro, de Max Bentow


 Terror / Suspense
Eidián   07/03/2013
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     Se puede decir que la novela se lee bien pero no da para mucho más, no consigue que sus protagonistas sean más que meras perchas para la trama.
Portada de La huella del pájaro, de Max BentowEstaba de vacaciones, que quieren que les diga. Me amodorraba tranquilamente en la hamaca, bajo el solecito y esa brisilla que corre entre los manzanos del jardín de mi madre, cuando apareció la susodicha y me preguntó: “¿No tienes algo para leer?”. Yo, que soy muy formal y esas cosas (cuando quiero y me da por ahí, se entiende), la contesté: “Claro, mujer. ¿De que estilo?” “Pues no sé. ¿Tú que tienes?” Como acababa de recibir el carro de libros que el incansable Mit, alma mater de esta página y espejo de críticos en que mirarse (el jamón ya sabes, de pata negra y de Guijuelo, ¿eh?), me había enviado para reseñar, le contesté a mi progenitora: “Mira en la pila que tengo sobre el pupitre. Creo que hay alguna novela negra que te gustará”. Y eso hizo.

Todo este prologo justifica lo que ahora viene, la colaboración materna en la crítica aquí presente puesto que mi madre (que no se calla lo que piensa, buena es ella) ha tenido a bien repetirme las mismas ideas una y otra vez mientras leía la novela elegida y yo, que soy una vaga redomada y además adoro las palabras que dice mi mamá (y las croquetas que hace, por no hablar de la tortilla de patatas, la sopa, la…Ey, como mi mami no hay ninguna, ¿no?) he pensado incluir sus sabios comentarios porque puedo, porque me llenan páginas y porque, ¡qué diantres!, creo que son interesantes. Al César lo que es del César.

Pues bien, la novela que la señora de la casa cogió del pupitre fue “La huella del pájaro”, de Max Bentow (Destino, 2012, disponible en FantasyTienda), obra del género negro pergeñada por un autor berlinés que escribe bajo seudónimo y que hasta ahora se dedicaba a cuestiones teatrales y actuaciones varias. Esta es su primera novela, primera de una saga que protagonizará su personaje principal, el detective berlinés Nils Trojan del cual hablaremos más tarde (mi madre y yo, por supuesto), amplia y concienzudamente.

Primer gran juicio de mi madre a estudiar. “La novela se lee bien pero no me llena del todo”. Profundicemos en el asunto. Dialogando sobre los contenidos del libro con mi progenitora, en charlas caracterizadas por la coletilla “hija, no me líes” y, más recientemente, por el juicio, “¿no tienes otra cosa que hacer que darme la lata?”, he llegado a la conclusión de que el ritmo de la novela le gustaba, así como el lenguaje breve y directo, y que la trama le resultaba ágil y atrayente…pero los personajes le resultaban bastante indigestos.

Es un libro que no quedará en nuestro recuerdo más que como otra lectura apta para las vacaciones, lo cual, dicen por ahí, que no es poco.

Segundo apotegma. “El detective es que parece lelo”, palabras repetidas muuuuuuuuuchas veces. Traducción: vamos, que a Nils Trojan le falta un hervor para parecer una persona de verdad y, en cuanto al resto de personajes, destaca otra sentencia: “Y la psicoanalista es tonta a secas”, con lo cual ha dejado al principal personaje femenino de la novela al nivel de barro del puerto. Más bajo agua, que se dice.

Retornemos al análisis concienzudo que tanto me caracteriza y llena páginas, vamos. Empecemos. El comisario berlinés Nils Trojan parece un personaje de manual, atormentado, inteligente y valiente cuando logra librarse de sus demonios internos, un policía con serios problemas emocionales al que se ha pasado por el tamiz de "Los Soprano" (¿es que ahora todo perro pichichi tiene que ir al psicoanalista para llevar una vida medio normal? ¿Qué se supone que hacían las personas antes? Como dice mi madre, más hablar con la gente y menos meterse en casas ajenas a soltar basura). Como consecuencia la en teoría inteligente psicóloga (no digo más porque esto ya es casi un spoiler) que atiende a Trojan se convierte en el segundo gran personaje de la novela. Le sumamos el asesino psicópata de turno al que le gusta dejar pájaros muertos en los restos hechos picadillo de sus víctimas y ya tenemos las tres patas del más que previsible banco. Y todo es tan arquetípico en la novela que antes de que sucedan las cosas ya sabemos por donde van a ir los tiros y tan solo algún personaje no desarrollado que de repente salta a la palestra con cohetes y bengalas nos salva del cansancio de un final previsible.

Hay que admitirlo. La novela no aburre porque el escritor conoce muy bien los resortes de la novela negra actual, con esa casquería que salta por todas las esquinas; el prólogo introductorio a la personalidad del asesino (¡qué harta estoy de ese tipo de prolegómenos, leches!); la fracasada vida personal del comisario; la inteligente y guapa psicóloga que al final tiene más de guapa que de inteligente y Trojan tiene que…No, no no, que este spoiler ya lo he puesto antes.

Max Bentow

Quizás sea por estos recursos manidos (mi madre es que no aguantaba a la autosuficiente psicóloga por no hablar del dubitativo-lelo Trojan) que la novela no acaba de cuajar del todo y entretiene si, pero sin llegar a más. Hay demasiadas dudas por parte de Trojan para ser el héroe y demasiada suficiencia en la psicóloga para ser luego…lo que acaba siendo. Y del asesino mejor no hablar porque su retorcida mente no acaba tampoco por convencer y tampoco encuentran una explicación muy pausible sus actos de los que se nos escamotean las raíces últimas.

Así los protagonistas nunca llegan a parecer personajes reales y los secundarios (las víctimas, la niña, el pobre Konrad…), pese a no llegar a ocupar tanto espacio en el relato como los tres citados, tienen una hondura similar, una descripción del mismo calado por lo que en su brevedad sostienen el relato mejor que el propio Trojan con sus peripecias privadas y su correcta y a veces brillante peripecia profesional. Mientras seguimos el desarrollo de la investigación del asesino todo va bien; si salimos de ese curso todo se desdibuja.

Así pues se puede decir que la novela se lee bien pero no da para mucho más, no consigue que sus protagonistas sean más que meras perchas para la trama que, pese a ser intrigante, no llega a hacer de este libro nada extraordinario. O, como suele decir mi madre, “este es otro libro de leer y tirar”. Seremos menos duros y diremos tan solo que es un libro que no quedará en nuestro recuerdo más que como otra lectura apta para las vacaciones, lo cual, dicen por ahí, que no es poco.

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