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Cuatro argumentos contra la democracia directa


 Ciencias Sociales
Fabián Plaza   11/02/2013
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     La democracia directa ampliaría los equilibrios y controles a la hora de hacer las leyes, haría que más gente pudiera expresar sus opiniones, en cualquier momento y no solo cada cuatro años.
Hoy en día nos encontramos con una creciente brecha entre la clase política y la ciudadanía. La gente no se siente representada por sus cargos -irónicamente- electos. Los casos de corrupción hacen pensar que dejar la política en unas pocas manos quizá no es buena idea. Y ello por no mencionar que los gobernantes suelen llegar al poder basándose en un programa electoral que luego no tienen por qué cumplir, convirtiendo su elección en un cheque en blanco que les permite hacer casi cualquier cosa durante cuatro años.

Ante esto, muchas voces (y más aún) están hablando a favor de la democracia directa. Es decir, que no sean los políticos quienes voten las leyes, sino que sea el pueblo soberano quien, directamente y sin intermediarios, pueda decidir caso por caso si una ley (sea, por ejemplo, la de la dación en pago o la de declarar como bien cultural la tauromaquia) es aprobada o no.

Cuando nació nuestra democracia moderna, el único sistema viable era la democracia representativa: no se podía poner a debatir a todos los habitantes de un país ley por ley, así que lo que se hizo fue que los habitantes eligieran a unos representantes para que votaran las leyes en su nombre. Pero hoy en día sí que existe un lugar donde todos los habitantes del país (e incluso del mundo) pueden debatir a la vez sobre las leyes. Ese lugar se llama “Internet”. Quienes abogan por la democracia directa, normalmente la vinculan a la Red.

Sin embargo, existen voces discrepantes que opinan -por varios motivos- que la democracia directa no es buena idea. Que quizá deberíamos quedarnos con la democracia representativa. ¿Son válidos estos argumentos? Veamos los más importantes y sus posibles respuestas.

Democracia directa en Suiza


1.- No se puede dar tanto poder a unos votantes que no saben o que pueden equivocarse.

La democracia directa asusta. Es tanto como permitir a cualquier persona, sin importar su formación cultural o ideología política, decidir el destino de todo un país con su voto. Pero los ciudadanos no tienen porqué ser expertos en economía, sanidad, relaciones internacionales,… ¿Cómo se les puede entonces autorizar a que voten a favor o en contra de leyes sobre economía, sanidad, relaciones internacionales,…? ¿Qué ocurrirá si se equivocan? ¡Las consecuencias para el país pueden ser desastrosas!

La respuesta más sencilla es esta: ningún Presidente en todo el mundo, por muy culto que sea, es experto en absolutamente todos los temas. Y sin embargo, nos parece normal votar a una sola persona para que tome decisiones en esos campos y muchos otros.

La clave está en que los políticos tradicionales no son enciclopedias ni tienen ciencia infusa. Son humanos, con sus virtudes y sus defectos. Lo que hacen para suplir sus carencias de conocimientos es… pedir la opinión de expertos.

Los Presidentes hablan con los Ministros. Los Ministros, que tampoco lo saben absolutamente todo sobre su campo competencial, hablan con sus asesores. Etcétera.

Es decir, los políticos tradicionales delegan el saber en otras personas. Las escuchan y, una vez formada su opinión, apoyan o rechazan una ley.

Lo mismo puede hacerse con la democracia directa. Cualquier ciudadano, aunque no sepa de algún tema complejo, puede tomarse el tiempo de escuchar a otras personas, formar su propia opinión y, finalmente, apoyar o rechazar una ley. Igual que hacen los políticos tradicionales a los que otorgamos nuestra confianza cada cuatro años.

Por otro lado, los políticos son tan susceptibles de tomar decisiones equivocadas como cualquier otra persona. De hecho, seguro que cualquiera de nosotros es capaz de pensar en varias leyes o políticas que el tiempo demostró que fueron erróneas. Y nadie empezó a decir por ello que el sistema de democracia representativa es inviable.

Si podemos permitir que nuestros Presidentes se equivoquen, también podemos tener esa manga ancha con los votantes en un sistema de democracia directa.

Además, resulta casi cómico que se nos permita votar a los gobernantes, pero no a las leyes que ellos aplicarán. Es tanto como decir que no podemos equivocarnos al elegir a una persona pero sí al elegir una ley; como si tuviéramos la clarividencia para saber que un Presidente, Alcalde, etc., jamás se va a equivocar en ningún campo -y elegirlo por eso-, pero al mismo tiempo fuéramos tan miopes como para no saber si una ley en concreto es buena o mala.

Democracia directa


2.- La gente no quiere complicarse la vida con votaciones.

Se dice también que los votantes no quieren líos. Si exigimos a la gente que vote todas las leyes, le va a dar mucha pereza y se va a desvincular del sistema. La democracia directa no funcionará porque la gente no tiene ganas de perder el tiempo votando.

La ironía es que lo mismo ocurre con la democracia representativa, y nadie ha sugerido que esto sea un motivo para desmantelarla.

En efecto, si acudimos a los típicos resultados electorales siempre veremos que hay un importante porcentaje de abstención. Gente que, por lo que sea, no vota. En nuestro país, ese porcentaje ha llegado muy cerca del 50%. ¡La mitad de la población opta por no votar!

¿Significa esto que el sistema de democracia representativa no funciona? Pues no, con todos sus defectos y limitaciones la democracia representativa funciona a pesar de ese 50% de abstención. Porque el resto de la población sí elige a sus representantes y, gracias a eso, mes a mes los Parlamentos van aprobando nuevas leyes para regular la vida en común.

Lo mismo pasaría con un sistema de democracia directa. ¿Habría mucha abstención? Seguramente sí, sobre todo en las primeras fases, hasta que la gente se acostumbrara y viera lo útil que es votar las leyes de manera directa. Pero eso no impediría que el sistema funcionara. Quienes sí quisieran votar podrían hacerlo, y de este modo mucha gente se sentiría más cercana a la política. Las leyes estarían más controladas por el pueblo.

Protesta: Nuestras vidas no pertenecen al estado

3.- La democracia directa es cara o difícil de poner en marcha.

Lo que pide la gente que está a favor de la democracia directa es algo muy grande. En principio, parece que implica cambiar todo el aparato institucional de la democracia representativa. Eso sería una obra titánica y quizá no merezca la pena hacerlo.

Ahora bien, pensemos en la Historia. Cuando se pasó de los gobiernos absolutistas a las democracias representativas también supuso un importante cambio. La infraestructura necesaria fue descomunal. Hubo que crear un censo para saber quién podía votar y quién no (¡para eso había que tener datos de todos los habitantes del país, en una era anterior a la informática!). Hubo que crear un sistema legal que lo regulara todo. Instituciones como las Juntas Electorales fueron creadas de la nada. Se tuvo que idear un sistema matemático para otorgar escaños. Fue necesario comenzar a imprimir millones de papeletas electorales y hacerlas llegar (junto con el correspondiente censo) a cada Colegio Electoral. Se tuvo que desarrollar un sistema de garantías para hacer el recuento, y contar con medios humanos, materiales y económicos para todo ello.

Mucho trabajo, sin duda… pero se hizo y aquí estamos. El que fuera difícil no impidió que adoptáramos este sistema, puesto que las mejoras superaban con mucho los posibles inconvenientes.

Lo mismo debería pasar con la democracia directa: dar más voz a la ciudadanía, permitir que el poder no esté solo en manos de unos pocos, debería ser un objetivo para nosotros (igual que lo fue el pasar de la tiranía a la democracia representativa).

Por otro lado, el cambio a democracia directa sería mucho más sencillo que lo que fue pasar de tiranía a democracia. El censo ya está hecho, ya tenemos estructurados los Colegios Electorales,… Si elegimos hacerlo a través de Internet, ya tenemos incluso los mecanismos de identificación electrónicos (DNI-e, por ejemplo).

Además, ¡ni siquiera sería necesario hacer grandes cambios legislativos! Uno podría pensar que este salto democrático implicaría una compleja reforma de la Constitución Española. Pues no es así. ¡Nuestra Carta Magna ya recoge la democracia directa!

En efecto, el artículo 23 (que señala uno de los llamados “derechos fundamentales”, esto es, los derechos más importantes de nuestro sistema) dice que en España se reconoce el derecho “a participar en los asuntos públicos directamente”.

En otras palabras: la democracia directa es, en nuestro país, ¡un derecho fundamental!

Pasar de democracia representativa a directa será mucho más sencillo de lo que parece. Y no hay que olvidar que países como Suiza llevan aplicándola desde finales del siglo XIX. Es decir, que implantaron este sistema incluso cuando ni siquiera existían ordenadores y todavía hoy lo utilizan. Así que tan difícil no será.

¿Hasta dónde llegan nuestros votos hoy día?


4.- La democracia directa no es segura.

Votar a través de Internet causa recelos. ¿Cómo podemos saber que nuestro voto será registrado debidamente? ¿Cómo podemos estar seguros de que nuestro voto será secreto, si tienen que verificar nuestra identidad para votar?

En realidad, existen tecnologías que permiten validar a un usuario sin conocer el sentido de su voto. Y de hecho, ya se ha experimentado con sistemas de votación electrónica en países que van desde Canadá hasta Estonia, pasando por Suiza, Francia, la India o los Estados Unidos.

El hecho de que pueda haber riesgo de fraude no debe echarnos atrás, igual que no nos desmerecen las elecciones para democracia representativa por el hecho de que aun hoy en día existan compras de votos, manipulaciones en los censos o retoques de papeletas. O por el hecho de que incluso tengamos una palabra específica para designar este fraude -“pucherazo”- cosa que demuestra lo frecuente que llegó a ser.

No, lo que se ha hecho ha sido crear mecanismos para luchar contra estas manipulaciones y mejorar el sistema día a día. Igual que podría hacerse con las votaciones por Internet.

De todos modos, no todas las votaciones de democracia directa deben ser necesariamente a través de la Red. En Suiza, por ejemplo, lo normal en su siglo y medio de democracia directa ha sido votar en referéndums hechos mediante el tradicional papel. Así que no hay nada que temer en cuestión de seguridad.


En resumidas cuentas, muchas de las críticas que se hace a la democracia directa son también aplicables a la democracia representativa. Y sin embargo, nadie dice que ésta sea inviable, sino que la aplicamos sin problemas. Lo mismo puede hacerse con la democracia directa, si es que tenemos la voluntad de hacer el cambio.

Además, la democracia directa ampliaría los equilibrios y controles a la hora de hacer las leyes, haría que más gente pudiera expresar sus opiniones, en cualquier momento y no solo cada cuatro años. Es decir, se trata de un sistema que da más derechos y no se los quita a nadie. ¿Por qué deberíamos negarnos a ello?



@fabianplaza

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