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Cuidador de Estrellas
Adrián Escudero   13/11/2006 ( 10173 lecturas) Escribir Comentario
     Hay quienes programan y controlan la gestación y fin de los planetas, lunas y asteroides, renovando o extinguiendo especies y recursos, adecuando hábitats y escribiendo la historia invisible de la inteligencia cósmica.
A la Redención.
En especial, al Profeta de Nazareth, que me dio su Vida...



I – Antigua Alianza

Ahora, duelen las rocas. El horizonte en calma.

Sexto día y la victoria clama tras la nube malhechora de insectos que abreva como ganado sobre la sangre derramada. Y un abrupto silencio tremola a su lado, confundiéndolo..


Elías era un hombre (¡Dios!, ni más ni menos). Y el día de la Guerra era hoy extrañamente dulce –miel de la mañana- y luminoso.

Brillante.

Manjar de condenado el leve roce de la brisa en tierra palestina; un susurro aventando apenas el recuerdo de Canaán y el silbido de las espadas caldeas, macedonias y romanas, y el tronar de las huellas bizantinas, árabes y turcas heredadas por Jordania.

Gruñe en sus oídos el estruendo de la tierra rota a desdentadas de misil, y una quietud tardía y cansada, como él, late firme en sus sienes y lo deposita inerte sobre la aridez del paisaje.

Elías –profeta y soldado- marcha mientras observa cómo ese Sol furioso brillando en lo alto, descarga también su energía insolente contra el estiércol de arena y huesos de aquella tierra sucia, disputada y mezquina, agobiada como él, cuyas historias agreden sus recuerdos...

La brisa lo conforta apenas; pero la compasión hacia el paisaje amarillo y vejado se transmuta en dolor. Un gemido aúlla desde el perfil agujereado de su cuerpo macilento, intoxicado por el zumo agrio y espeso que discurre por la carne forrada de gris para el combate.

Entonces, se detiene. El horizonte, todavía, en calma.

Toma conciencia de su extremo agobio y caminar sin rumbo cuando gira, con lenta –vaga- prisa, la cabeza hacia atrás, deseando -como Lot- convertirse en estatua de sal y acabar con todo de una buena vez...

Sus propias huellas, pesadas y umbrías, le aceptan la mirada distrayéndolo, por un breve instante, del sofocante aquelarre –ritual- que arde como enceguecido en la enorme quietud del Desierto.
El Desierto: territorio endemoniado bajo la forma de un macho cabrío en impropio descanso de furia y arrebatos, antes de la próxima tormenta que desatará sobre la arena...

Sin embargo, es sólo eso: un instante. La zona del desastre y el principio de la huida le fracturan la mente atribulada por los cruentos episodios vividos. Finalmente, con un grito horrorizado bosquejado en la nada amarilla, se asila en los parajes de aquel silencio extraño...

Necesita pensar.

Vuelve a cerciorarse. Sí, el horizonte –sigue- en calma.

“Elías, ¿duermes?”, pregunta alguien.

“No. Sabes que no lo hago desde que acepté el puesto. Y hace de esto como un tiempo sin medida...”, responde.

“Sí; cuando mis pies, mis brazos y todo mi cuerpo se consuman, mi cabeza dormirá. También lo sabes”, aclara.

“¿Y tu miedo...?”, inquiere alguien.

“Creciendo. Soy honesto. Sufro mucho”, contesta. Y agrega. “Pero sin locura. En paz. Como una semilla que debe morir para dar fruto. Y del bueno. Aunque no pueda distinguir los límites entre lo que he sido, puedo llegar a ser o seré. En realidad, creo que este vaivén del infinito que me aturde en esencia y me sorprende -muy a mi pesar-, lo intenta, trata de explicarme quién o qué Soy, o Seré. Pero no dormiré; todavía no, te lo aseguro. Hace rato he aprendido que la prudencia divina se sustenta en el amor; la humana, en cambio, en la cautela, prima del temor o del terror”.

“Entonces, come y bebe. ¡Levántate! Aún tienes mucho por hacer!”.

Y el duende espumoso, inaugurando un rito que después repetiría con Isaías y con la Encarnación misma en sus cuarenta días y noches de prueba en la estepa hebrea, dejándole pan y agua para fortalecerlo, se alejó del lugar...

Isaías, a su modo, envidia al Sol.

Su fuego no es el fuego de la Guerra. Semeja más bien al fuego del Espíritu Viviente que lo mantiene alerta.

Así piensa mientras el aire enrojecido de Ramat trata inútilmente de escapar por la hambrienta nariz. Debajo, una boca gruesa y maloliente mezcla disgustos con incesantes oraciones...

Y éstas parecen triunfar sobre aquéllos, cuando, desde un mar muerto, vuelve a sembrar turbulencia el paso delgado de una brisa con aliento de sal.

Y el profeta y soldado escucha, y siente, estremecido, el manso roce de su aliento untando con promesas de sanación el costillar derecho hendido de raíz. Fea herida. Fea y corrompida.

Y nuevamente experimentar la soledad de los que señalan a otros el camino. Claro que, ahora desea unirse al vuelo firme de aquel viento absurdo y alcanzar al sol para estallar con él, y volverse... ¿finalmente?, luz.


II – Nueva alianza

“Abba”, murmura en la fracción de segundo que lo acaba de separar de su pascua de vida a muerte-Vida.

No sólo el sudor cuelga de la cruz que lo retiene enclavado. También hay agua y sangre; mucha sangre manándole por el cuerpo desfigurado a latigazos romanos. Y el aire enrojecido de Ramat se libera y zumba en sus oídos, confunde su mente y le impide pensar. Como antes, cuando todavía era un hombre más en la tierra de los vivientes...

Ahora, no es el sol quien lo espera; sino la oscura y furiosa implosión del Averno, y todas aquellas manos que se estiran hacia él, buscando escapar del pozo sin fondo donde, el Ángel Caído, ruge de desesperación, pues teme quedarse –¿finalmente?- solo.

Elías, escondido en Jesús, llamado el Cristo, será siempre un sabio Cuidador de Estrellas o Doctor de Mundos. A imagen y semejanza del Dueño de Mundos.

¿Por qué? Porque tiene una especial habilidad para ello. Un don inexplicable. Un carisma selecto que lo distingue para dicho oficio singular.

El Dueño de Mundos así lo ha dispuesto. Como ha dispuesto que todos los cuidadores habiten, al retirarse, las extensas praderas de Mundo Sereno.

Hay además quienes custodian entes y fumarolas. Espectrales criaturas centinelas de la Sala de las Memorias donde las almas de lo Humano, probadas en lo Creado, autojuzgan la calidad de su existencia, para perpetuarse o no en el Misterio de los Cielos o calcinarse -¿finalmente?- en las llamas del Averno.

Y hay quienes programan y controlan la gestación y fin de los planetas, lunas y asteroides, renovando o extinguiendo especies y recursos, adecuando hábitats y escribiendo la historia invisible de la inteligencia cósmica, sin desmedro (como parte de un Misterio inefable) de la libertad donada al infundir “vida” a las cosas y seres inteligentes que los habitan.

Tarea importante. Más aún la de Elías: es que, sin estrellas, toda la materia no sería, sino, nada más que Nada.

Pero Elías no sólo cuidaba de su propia Estrella. Como Doctor, también era el encargado de velar, en general, por Mundo Sereno (una suerte de pastoreo de almas purgadas y santificadas). Y de Mundo Génesis, en particular (una especie de pastoreo de almas encarnadas conforme al singular sueño creacional de...).

Elías, vuelto Jesucristo o mano derecha fiel del Dueño de Mundos -a Quien su izquierda le había traicionado, rebelándose contra sus leyes y desatando aquella Guerra infernal-, tenía en Mundo Sereno al Mundo que lo acogía y sublimaba, y desde donde velaba por todos los Mundos Creados. Especialmente, por Mundo Génesis: el más débil fruto del amor inaudito de Yosoy.

¿Y cuándo llegó Elías a ser un sabio Cuidador de Estrellas?

Cuando, en el Alfa que preanunciaba el Omega, el Dueño de Mundos confió a su Verbo el destino de Doctor de la Estrella que daba vida a Mundo Sereno. Estrella unigénita y primordial, a quien Él llamó Aliento de Palabra; para luego destinarlo al rescate de Mundo Génesis, signado por una muerte inexorable a manos de... sino...

Sí, había un cariño grande de su Padre por ese Mundo de seres espirituales encarnados...
Arropado en carne como uno más de sus habitantes, supo porqué. Y también los amó; los amó tanto que...

“Pero aún no dormiré”, dijo, aunque -de su boca- las sílabas balbuceadas, fueran: “Todo se ha cumplido”, empezando -¿finalmente?- a morir...

¿Y Quién pudo explicar lo que le sucedió al Tiempo después de la Epopeya?

Su dormición duró como tres vueltas de Mundo Génesis sobre sí mismo; hasta que, un ruido, en lo Alto, como una esquirla desprendida del cementerio amarillo de piedras y huesos que lo rodeaba, y que, de pronto, cobraba vida en torno a él, le hizo levantar la cabeza y salir del sepulcro donde estaba sepultado...

El Sol, estrella inmensa, pareció anular su gesto de sorpresa, pero no evitó que comprendiera la causa del estallido sobreviniente al clamor luminoso que despedía –como otro Sol- su Cuerpo Nuevo –ya- glorificado...

Sí, un pequeño cohete se estrellaba a lo lejos, buscando el objetivo...

Por allá, vomitando sobre las ruinas futuras de Israel y el Líbano, y condensado en hilos electrónicos, respuestas computadas, energía nuclear y orgullosa dinámica, un misil diminuto destrozaba sin piedad los símbolos del necio pensamiento y quehacer humano, al modo de hoz cosechadora esgrimida por un Ángel Exterminador...

O el Fin de los Tiempos del Tiempo.


III - Sacrificio

Aún enhiesta, su Cruz resistió suspendida como Patíbulo donde el Amor levantado en Alto, concluiría atrayendo como magneto espiritual, a todo error o pecado cometido por los Creados, permitiendo a Mundo Génesis volver a comenzar.

“No lloren por mí, hijas de Jerusalén. Lloren más bien por ustedes y por sus hijos”, recuerda haberles advertido, sabiendo que muchos serían los llamados y pocos los elegidos...

Bendita (¿maldita?) libertad de los Creados. Sí, claro que memora aquel mágico instante en que guardó su cabeza hirviente de espinas entre dos rodillas despellejadas, como cuando descubrió y atrapó y comió su primera lagartija errante durante la Cuaresma, aturdido por el despecho del Ángel Caído, puesto a tentarlo a renunciar al soberano oficio de Cuidador de Estrellas; a la misión para la que hasta había tenido que nacer a Mundo Génesis, semejándose en todo -menos en lo malo- a aquellos a los que su Padre amara y amaba, inexplicablemente...

Dios celoso por ellos. Ángel celoso de Dios por ellos.

Pero, “¿qué es el hombre para que tanto te acuerdes de él?”, preguntaría en salmo la Humanidad entera, en gesto real y antecesor a la prudencia con que Yosoy trataba a los hombres desde su libertad...

Lo supo al nacer de mujer virgen.

Desde Belén observó a la Estrella Primordial de cuyo cuidado había sido, por el momento, relevado, y comprendió su nueva realidad...

Fue un vagido que sólo el Arcángel y sus huestes, y el Caído y sus huestes, sabrían descifrar. Y vio la Espada del Amor clavada en el pecho de aquella mujer niña, y no dudó en arrancársela y blandirla hasta el Fin de los Tiempos. Celoso por ellos.

La batalla comenzaba.

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