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Brasil, país de futuro, de Stefan Zweig


 Ciencias Sociales
Fco. Martínez Hidalgo   04/09/2012
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     El paso del tiempo se contempla mejor cuando es a través de la pluma de un narrador tan fino como fue Stefan Zweig. Disfrútenlo.
Portada de Brasil, país de futuro, de Stefan ZweigEl género de viaje salta muy de vez en cuando, y cada vez con menor frecuencia, a la primera línea de la comunicación divulgativa. Las nuevas tecnologías han universalizado tanto la posibilidad de documentar los distintos rincones del planeta, que la gracia de leer sobre ellos se ha ido diluyendo poco a poco, como un azucarillo en el café. Imaginemos si no por un segundo las actuales posibilidades de herramientas como Google Earth o Google Maps, de herramientas de geolocalización de fotografías como Panoramio, o de geolocalización de vídeos… ¿Para qué leer sobre un lugar que, prácticamente, podemos ver o sentir o muy pronto también oler, casi como si estuviésemos allí?

Aun así, el género de viaje tiene una dimensión exclusiva que todas las fotografías o vídeos del mundo jamás podrán igualar: la de documento histórico relativo a un momento y a un lugar. La de ser un relato, más o menos preciso pero relato al fin y al cabo, sobre cómo eran las cosas en aquel tiempo y aquel espacio parte, por circunstancias de la vida que ahora mismo no vienen a cuento, de la memoria histórica colectiva de unas gentes o de un pueblo o de una sociedad o de una nación. Memoria vívida al servicio del conocimiento propio y ajeno.

Con este mismo espíritu de intrépido saber, como nos cuenta Volker Michels en la “Introducción: diversidad étnica frente a simpleza racista” de ‘Brasil. País de futuro’ (Capitán Swing, 2012, disponible en FantasyTienda), Stefan Zweig (Austria 1881 – Brasil 1942) afronta un viaje por aquellas tierras en la década de 1930 con importantísimas consecuencias para él. Sin ir más lejos, sólo un año después de la publicación original de este libro, en 1942, se quitaría la vida junto a su esposa en la ciudad brasileña de Petrópolis, para ser enterrado pocos días después en Río de Janeiro tras una ceremonia celebrada con honores de jefe de estado. Una década la de 1930 decisiva, por tanto, en el desenlace de su vida.

Una observación amplia y exhaustiva que hizo en su día de ‘Brasil. País de futuro’ (Capitán Swing, 2012) un libro de éxito, y que ahora que el tiempo lo ha transformado en un documento de historia social, no hace más que acrecentar todavía más su calidad, su popularidad y su necesidad.

Sin embargo, como todas las historias de desenlace dramático, tiene su origen bastante anterior. Zweig vive en carne propia la experiencia de la Iª Guerra Mundial, la Gran Guerra, quizás la experiencia más monstruosa de la que la humanidad guarde memoria. Entonces desarrolla un fuerte compromiso con la no violencia. Lo acomodado y acaudalado de su familia le permitió desde joven una gran movilidad, haciendo del viaje y del conocimiento de otras realidades distintas a la suya el principal motor para la tolerancia y el pacifismo propio de su carácter. En su pasaporte estaban destinos tan pintorescos para la época como la India, Estados Unidos o la Unión Soviética.

Su trabajo para distintos periódicos afinó sus capacidades para la observación. Además, cultivó amistades propias de la alta cultura europea que le influyeron decisivamente en sus capacidades creativas: Thomas Mann, Albert Einstein, Auguste Rodin o Rainer Maria Rilke fueron algunas de ellas. Por supuesto, se impregnó también del decadentismo del período de entreguerras, cuyo máximo reflejo fueron los dos volúmenes de ‘La decadencia de Occidente’ que Oswald Spengler publicó entre 1918 y 1922. En la intelectualidad europea, y Zweig fue uno de sus más fieles reflejos, abundaba la opinión sobre un fin de ciclo definitivo e irreversible, dónde las nuevas ideologías de masas acabarían ocupando el lugar de los valores tradicionales de la burguesía europea: elitista, individualista y aristocrática.

La fascinación de Zweig por Brasil se conecta con todo este contexto continental. Si un viejo mundo parecía morirse rápida e irreversiblemente a un lado del Atlántico, en el otro lado un nuevo mundo de esperanza parecía estar surgiendo a gran velocidad. La historia de aquel país mostraba un alto nivel de desarrollo desde que, la desorganización interna de España y Portugal, habían facilitado el éxito de los movimientos internos de liberación. En aproximadamente un siglo habían pasado de ser fuente económica para el aprovechamiento ajeno, a construir élites autóctonas incipientes y a dinamizar una economía propia.

Stefan Zweig

El libro de Zweig recoge, precisamente, este período y este proceso de dinamización, de búsqueda de una identidad, de autodeterminación frente a los intereses coloniales de los anteriores ocupantes o pseudocoloniales de los países capitalistas que, en pleno proceso de revolución industrial, buscaban nuevas y más baratas fuentes de materias primas. Brasil estaba justo en ese momento de equilibrio donde se decidía cada día el destino de toda una sociedad, situada permanentemente entre el riesgo de volver a ser una muesca en la agenda de recursos de otro país y la oportunidad de convertirse en una sociedad desarrollada de forma independiente para poder determinar así su propia agenda de necesidades.

La vena periodística de nuestro autor se desenvuelve a lo largo del texto en numerosas y distintas perspectivas: desde las dificultades para el surgimiento de un sistema literario o una cultura general propia, pasando por las penurias de los trabajadores en las industrias algodonera o azucarera, o el nacimiento y crecimiento desordenado o caótico de Río de Janeiro – alma y corazón del país. Una observación amplia y exhaustiva que hizo en su día de ‘Brasil. País de futuro’ (Capitán Swing, 2012) un libro de éxito, y que ahora que el tiempo lo ha transformado en un documento de historia social, no hace más que acrecentar todavía más su calidad, su popularidad y su necesidad.

Este libro merece la pena ser leído con ojos curiosos y escrutadores. El paso del tiempo se contempla mejor cuando es a través de la pluma de un narrador tan fino como fue Stefan Zweig. Disfrútenlo.

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