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La Hora Fría, de Elio Quiroga |
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Es de admirar que una obra tan valiente y con tan pocos medios haya logrado tal calidad. Por fin se ha abierto una nueva puerta en el cine español. |
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Ocho personas viven aisladas en unas instalaciones ruinosas. Su mundo se limita a un pasillo con algunas habitaciones vacías (antes estuvieron llenas) y un par de zonas comunes. Están siempre alerta, no tienen contacto con el exterior, y su vida se limita a seguir unos horarios estrictos y una rutina encaminada a educar a los dos niños que conviven con los adultos y a que el resto mantenga la mente ocupada para no enloquecer de terror. El aire libre hace mucho que quedó sobre ellos en la superficie y no saben cuando podrán volver.
Lo único que saben del cierto de fuera de su burbuja vital es que en el exterior pululan los “Extraños”, una especie de seres sin mente, víctimas de una guerra química, enfermos cuyo contacto condena a una muerte segura. Y para complicar más las cosas, también existen los “Invisibles”, seres terroríficos que a veces vagan por la casa, y que se les puede detectar porque su presencia provoca que la temperatura descienda a bajo cero. Cuando aparecen, normalmente por la noche, llega La Hora Fría.
Este es el marco donde malviven los protagonistas. María (Silke, Tierra, Hola, ¿estás sola?, Tuno Negro) es la líder del grupo. Lleva lo mejor que puede su carga aunque pocas veces tiene que demostrar su autoridad, pues las decisiones suelen tomarse en grupo. Ama a Pablo (Julio Perillán, Frágil, Moscow Zero), la persona más vital y alegre del grupo, y por ello Pedro (Jorge Casalduero, Don Quijote, Tiempos de Azúcar, La Ciudad sin Límites) siempre está descontento en su presencia, pues él y María antes habían sido pareja. También está Mateo (Sergio Villanueva, La Celestina, Tranvía a la Malvarrosa), el que tal vez haya aceptado con más naturalidad la situación en que viven, habituado a las tareas cotidianas y Lucas (Pablo Scola, The Shooter, Carmen). La otra mujer del grupo es Magda (Carola Manzanares, Amor Propio, Lucrecia): es la científica del lugar y la que ha aceptado con una mezcla de orgullo y miedo que los niños la llamen “mamá”. Por último, alejado de todos, vive Judas (Pepo Oliva, Todo por la pasta, Cachito, La Pistola de mi Hermano), que prefirió vivir aislado de la comunidad a pesar de que los niños le adoran y le hacen visitas diarias. Es él quién a veces les explica cosas sobre el mundo exterior (cosa que desaprueba el resto de adultos) y sobre la Gran Guerra que condenó a la Humanidad, y el que ha regalado una cámara de vídeo a Jesús (Omar Muñoz, Ausentes, Héctor, El Bola). A través de él y sus grabaciones se vertebra la historia. Jesús adora a Ana (Nadia de Santiago, Alatriste, Vida y Color), pero ella “ya es una mujer” en boca de sus palabras, por lo que comparten sus correrías por las instalaciones y punto.
La monótona vida de este grupo se ve alterada por un grave problema: las provisiones y las medicinas se están acabando, y tienen que salir al Almacén a buscar más, a pesar de la amenaza de los Extraños y los Invisibles. En esa salida se desencadena al fin el germen de la discordia que se estaba fraguando entre ellos, y a partir de entonces su situación se vuelve más desesperada, al tener todos la terrible sospecha de dos opciones que penden del futuro: ser invadidos por los zombies y verse obligados a huir sin saber si quedarán más zonas seguras o que algún día se agote el generador y se vean condenados sin remisión a la muerte.
Elio Quiroga nos sumerge en un mundo cerrado y opresivo muy poco común del cine español. Rodada con poquísimos medios (según la afirmación del propio director, con el presupuesto de Alatriste se podrían rodar 31 Horas Frías), crea un ambiente en que los personajes son importantísimos, pues al desarrollarse toda la película en un solo decorado, todo el peso de la narración recae sobre ellos. Están muy bien construidos, con un bagaje anterior que se advierte a cada momento, a pesar de que el desencadenante de la caída en espiral del grupo es tal vez demasiado brusco e inexplicable. La atmósfera en la que se mueve la acción está muy bien conseguida y los efectos visuales y sonoros (el vaho y la congelación que vienen con los Invisibles y toda la traca final) merecen resaltarse. Tal vez uno de los mayores problemas de esta película es el tratamiento de las amenazas: la interior se focaliza demasiado en un personaje, pues casi en toda la película no hay enfrentamientos entre los integrantes del grupo y pilla un poco por sorpresa la reacción desmesurada comentada con anterioridad. En el caso de la amenaza exterior ocurre algo que no ayuda al atractivo de la película, aunque sea necesario para el guión creado: no hacen falta dos tipos de monstruos. Tenemos a los zombis (a los que todos tenemos muy presentes en nuestro imaginario común) y a los causantes de La Hora Fría, más enigmáticos por ser intangibles y desconocidos. Al tener que repartir el horror entre dos tipos de entidades amenazadoras, las dos pierden la fuerza necesaria para recrear la sensación de miedo en el film.
La película funciona bien en su conjunto, mientras seguimos los avatares de los, tal vez, últimos supervivientes del género humano, pero a veces cojea cuando se llega a algún punto culminante. Por otra parte el director y los técnicos han creado una magnífica atmósfera (austera y profunda en sus contenidos) que es digna de ser visitada hasta llegar al sorprendente final. Es de admirar que una obra tan valiente y con tan pocos medios haya logrado tal calidad, por lo que Elio Quiroga merece ser felicitado y juzgado en los cines. Por fin se ha abierto una nueva puerta en el cine español. Cuidado, que viene La Hora Fría.
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