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Clásicos del Cine: Milagro en Milán, de Vittorio de Sica


Eidián   20/05/2012
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     Es un cuento moderno, porque al aviso contra imprudentes que nos remite a los cuentos clásicos añade una esperanza, por pequeña que sea, en favor del hombre.
Póster de Milagro en Milán, de Vittorio De SicaTítulo: Milagro en Milán.
Título original: Miracolo a Milano.
Género: Comedia, Drama (Neorrealismo).
Nacionalidad: Italia
Duración: 92 minutos.
Estreno: 1951.
Director: Vittorio de Sica.
Guión: Cesare Zavattini, Vittorio De Sica, Suso Cecchi D'Amico, Mario Chiari, Adolfo Franci.
Banda Sonora: Alessandro Cicognini.
Clasificación por edades: Todos los públicos.
Reparto: Emma Gramatica, Francesco Golisano, Paolo Stoppa, Guglielmo Barnabò, Brunella Bovo, Alba Arnova, Anna Carena,...


“Érase una vez…”

A los seres humanos se nos da muy bien inventar historias y suele suceder que, cuanto más triste es nuestra situación, más historias inventamos. No se dónde leí o escuché que los cuentos de antaño eran creados para educar a los niños, para habituarlos a la crueldad del mundo en el que habrían de sobrevivir. Así pues, los cuentos de nuestros ascendientes están llenos de guerras, muertes violentas, canibalismo, fratricidios, asesinatos, plagas, enfermedades y un largo etcétera de las más “agradables” experiencias humanas.

Tan sólo cuando el hombre se llenó la cabeza con tonterías como la igualdad, la fraternidad universal, el progreso de los pueblos y chorradas semejantes los cuentos dejaron de reflejar la monstruosidad humana para apelar a lo mejor que hay en nuestros congéneres. Que se lo digan al señor J.R.R. Tolkien con sus elfos “todobondad” frente a sus antepasados fríos y calculadores que aparecen en las sagas nórdicas. En cuanto al resto de los cuentos de hoy en día…

Vamos a hacer una cosa.

Déjenme que les entretenga con una historia de buenos y malos, de honrados y traidores, de milagros y realidades que ocurrió en un lugar tan lejano y tan cercano como para coger un avión y llegar allí en dos horas o no llegar jamás.

Pues bien, érase una vez dos personas de gran corazón, allá por los años 50 del siglo pasado, que intentaron hacer de su trabajo un arma de futuro, como decía el poeta, y que se unieron con el loable propósito de hacer ver a la humanidad la miseria que ellos contemplaban todos los días en las calles, una miseria tan física como moral que ahogaba todo sueño y toda bondad. Estas personas eran el director de cine Vittorio De Sica, (también fue un magnífico actor pero de eso hablaremos otro día), hombre de cinco nombres, y el escritor-guionista Cesare Zavattini, hombre de inesperada boina vasca. Ignoro como se conocieron ambos pero está claro que el evento fue provechoso ya que, en colaboración, crearon una serie de películas realzadas por esa perra casi siempre ingrata que llaman posteridad, Sciucià o, en español, "El limpiabotas", "Umberto D", o la que los críticos en masa consideran su obra maestra, "Ladrón de bicicletas". Todas estas películas fueron adscritas a una corriente de cine verista hasta el desgarro porque los hombres somos unos fanáticos de los “ismos” y si no ponemos etiquetas a las cosas notamos que nos falta algo.

Vittorio De Sica

El caso es que Europa acababa de sobrevivir a una guerra mundial e Italia era una de las vencidas en el conflicto con lo cual la gente malvivía subsistiendo a duras penas. Era la época de las mondas de patatas cocidas que recuerda mi madre de la Castilla profunda de los años 40, cuando España estaba tan derrotada como la Italia post-Mussolini sólo que aquí continuaban alzando banderas al viento aunque las piernas flaqueasen por el hambre. Italia olvidaba trapos del pasado pero eso de no tener ni un mendrugo para comer ponía muy difíciles las cosas y los ricos que seguían siendo ricos más los recién llegados a río revuelto hacían que la pobreza de los que nada tenían fuese aún más sangrante.

Es en ese ambiente de miseria y desesperación donde se sitúan las obras de De Sica y Zavattini que reflejan de forma realista, sin ambages ni dramatismos románticos, la tragedia de la gente anónima del pueblo italiano, su hundimiento físico y moral. Ambos conocían bien el asunto, ambos habían tratado de defender la cordura y la humanidad desde la pantalla o desde las páginas de sus escritos. De Sica realizó incluso protagonizó uno de esos episodios olvidados en bien de otros por los guionistas de “jolliwud”: durante casi un año, del verano de 1943 al verano de 1944, dio refugio en uno de sus rodajes a 300 judíos en la basílica de San Pablo Extramuros de Roma, alargando hasta lo imposible la filmación para que los aliados entrasen en la ciudad y aquellas personas quedasen libres. Ya se sabe, Liam Neeson queda mejor de alemán concienciado.

Milagro en Milán, de Vittorio De Sica

En fin, con tanto reflejo de la realidad pasa una cosa, que, al final, todo es tan trascendental y tan horriblemente certero que la vida pasa a ser un infierno sin redención. Ante tal conclusión parece que solo hay dos salidas, o te rindes o te defiendes y, bueno, la alegría también es un escudo y un arma que no debería ser relegada (eso lo sabía bien el caballero uruguayo Mario Benedetti). Posiblemente esto es lo que debieron de pensar De Sica y Zavattini después de parir a dúo "Ladrón de bibicletas", tan tremenda, tan desesperada y tan real que los USA no tuvieron más remedio que darle un Oscar de la Academia. Pero la vida también es otra cosa y la realidad muchas veces solo se merece que la demos una patada en el culo y salgamos corriendo, no para huir, sino para encontrar un lugar mejor al que llegar. Ese lugar fue para nuestros amigos italianos "Milagro en Milán".

El guión, escrito por Zavattini y De Sica, con cierta ayuda reconocida, se basaba en una historia del escritor milanés anterior a la guerra, una historia que fue creciendo hasta convertirse en una novela corta a la que tituló "Totó el bueno". La historia pasó por mil trances (incluido un intentó fallido ante-guerra de trasladarla a la pantalla con el título "Demos a todos un caballito de madera") y Zavattini hizo todo lo posible para que incluso los niños pudiesen reconocerla como una historia propia para ellos.

Fracasase o triunfase en el intento, las páginas de Totó el bueno demuestran que Zavattini poseía un alma entrañable, cargada de fantasía, coraje y humor que le hubiese gustado sacar a pasear menos a menudo. El volumen apareció el año de 1943, en la editorial Bompiani con una faja de papel que decía: “Libro para niños que pueden leer también los adultos”. En el momento de su presentación se dijo: “El hombre Zavattini y el hombre de Zavattini son hombres que, no obstante la experiencia de la vida, conservan la frescura de imaginación, la capacidad de maravilla y la ignorancia de las conversaciones que tienen los niños. Van más allá de la prudencia, se lanzan a la aventura y terminan desentrañando la vida y el mundo como juguetes para ver qué es lo que hay dentro y los niños que rompen sus propios juguetes se quedan desilusionados y lloran. En el fondo, en el juego de Zavattini hay siempre dolor y tragedia; pero dolor y tragedia se transforman en humorismo...” Parece mentira que años después, cuando la corriente fílmica a la que dedicó sus mejores años cayera en el descrédito y casi en el olvido, le achacasen que “hacía realismo porque le faltaba fantasía”, a un hombre que escribió un montón de guiones de ciencia ficción para comics con títulos tan sugerentes como Saturno contra la tierra… Como suelo decir, en fin.

Milagro en Milán, de Vittorio De Sica

La película de De Sica respira el espíritu de Zavattini por los cuatro costados. El largometraje bebe del humorismo que destilan las mejores obras escritas por el milanés donde se refleja su gran “sentido de piedad por la vida y por las vicisitudes de cada día, por los sufrimientos de los pobres, por las ilusiones y los desengaños de los humildes y, a la vez, como una evasión de esta ternura que siempre está dispuesta a conmoverse. Su risa es seria (a lo Charlot), así como su imaginación, que alarga los cuerpos al darles sombras, reduce a sombras los cuerpos, tal y como va dirigida a fijarse en la realidad más recóndita de las zonas secretas de la conciencia, entre los recuerdos casi de antes de nacer, en los sueños y evasiones, para después traernos a colación mensajes antiquísimos […]” Lo dice la Enciclopedia italiana.

Es cierto que muchos momentos del film recuerdan al Charlot de "El chico", "La quimera del oro" o "Tiempos modernos", como el vagabundo de los globos que sale volando por estar famélico y al que hacen bajar poniéndole piedras en los bolsillos y dándole de comer; el hombre colgado en la fachada de un edificio que da el parte meteorológico, mostrando el desprecio de los capitalistas por sus empleados; el niño atado con una cuerda a modo de timbre interno, pues cuando alguien llama en el exterior, tirando de una manilla sujeta a su cuerda, le levantan del suelo y grita; etc. Pero, a pesar de sus fuentes evidentes y sus resultados muy satisfactorios como cuento educativo, parece que la película nunca ha acabado de ser apreciada del todo correctamente.

Contemos sin orgullo y sin duda que el tándem de genios italianos creó una obra maestra que, por su juego con la realidad y la fantasía, fue bastante incomprendida por los críticos de su época y aún hoy en día se la considera algo menor dentro de la obra de ambos creadores. Que quieren que les diga, yo pienso que "Ladrón de bibicletas" es una pieza magistral pero me deprime, me deprime… Creo que la he visto entera una vez y no se si volveré a llegar al final en alguna otra ocasión. Sin embargo "Milagro en Milán" es una de las primeras películas que recuerdo haber visto en mi infancia y siempre que la vuelvo a ver siento que se me ensancha el corazón.

Milagro en Milán, de Vittorio De Sica

Es lo bueno de los cuentos que tienen buenos y malos, honrados y traidores, realidades y milagros. Y por mucho que los críticos digan que algunas secuencias son ridículas por su tufo infantil (¡esos tíos nunca han jugado a eso de “yo quiero un millón, y yo un millón de millones, y yo infinito…y yo infinito más uno”!) a mí es ese tufo el que hace que la adore. Incluso sus efectos especiales que son terriblemente ingenuos (ay, esos cables que sostienen las escobas en la escena final) le dan un aire entrañable que la engrandece más que la perjudica ¡Qué estamos ante un cuento y los buenos cuentos no pueden acabar mal! ¡Leches!

Por contar algo del argumento diré que este se centra en las peripecias de Totó, un joven huérfano que es encontrado (entre coles) y criado por una risueña abuelita que, desgraciadamente, fallece a los pocos años (la escena de los médicos tomándole el pulso es mundial). Solo de nuevo, el muchacho es enviado a un orfanato del que sale tan inocente como entró. Verle como va deseando a todo el mundo los buenos días entre la indiferencia y el desprecio define perfectamente al chaval y al mundo donde espera integrarse. Víctima de un robo, no se le ocurre nada mejor que ayudar al ladrón y marcharse a su casa, perdón, a su chabola. Su llegada a la zona de los indigentes marca un nuevo principio para todos ellos y, guiados por el entusiasmo de Totó, consiguen montar un barrio nuevo de chabolas. Pero como este cuento es una mezcla de realidad y fantasía, al levantar el barrio tropiezan con un yacimiento de petróleo que los ricos crápulas desean y por el cual no dudarán el expulsarles. Entonces surge un espíritu, una paloma, una legión de sueños por cumplir… y unos policías que cantan ópera como verdaderos profesionales. Hay que señalar que los detalles “cristianos” que aparecen en la obra como los ángeles (seres de cabeza cuadrada y respetuosos con la ley hasta elabsurdo) y la paloma reflejan más una tradición asumida que una verdadera devoción (por favor, si estoy casi segura de que De Sica y Zavattini eran comunistas).

Milagro en Milán, de Vittorio De SicaPor resultar algo pedante, y a juego con la dicotomía de la película entre realidad y fantasía, continuaré comentando un poco las cuestiones técnicas y de guión. En primer lugar diré que me resulta extraño que en las críticas que se hacen a esta obra pocas veces se cite (yo no lo he visto pero a lo mejor algún sesudo historiador del cine lo ha hecho) la apertura del film con el cuadro de Peter Brueghel "Los proverbios flamencos", obra del siglo XVI que también se ha titulado" El mundo al revés" o" La locura del mundo", y que se suele considerar como un estudio de la estupidez humana al plasmar numerosos refranes de la época donde la sabiduría popular se encargaba de poner en solfa los vicios del momento (por cierto que he averiguado que una película iraní de 2011, “Bodas efímeras”, que trata de los intentos de una pareja por casarse bajo el régimen iraní, tiene como una de sus bases la presencia de este cuadro lo cual habla claramente de sus pretensiones). Esta apertura que invita a la reflexión sobre lo que vendrá a continuación debería bastar para demostrar que De Sica y Zavattini pretendían conseguir una meditación seria de su obra pese al aire de fábula amable que toda la película destila.

Los fotogramas nos exhiben una historia de contrastes exagerados, propios de un cuento, pero que muestran una sociedad dura e inmisericorde con los más débiles (el momento en que los indigentes se agolpan para calentarse bajo los rayos de sol pone un nudo en la garganta a cualquiera), imágenes crudas que se hilan con otras llenas de humor o fantasía (los momentos en que los pobres se enfrentan a los policías con la paloma en la mano son únicos).

Aún así, "Milagro en Milán", por la técnica con la que se construye, continúa el camino abierto por Ladrón de bibicletas y sus predecesoras: hay poquísimas escenas de interiores y, cuando las hay, se utilizan sobre todo para dejar patentes las diferencias sociales entre los personajes como evidencia la escena desarrollada en la empresa. Casi todo son exteriores, creando una ciudad de tonos fríos muy adecuada para ambientar la maldad del mundo en el que los personajes se mueven. Y, encima, es invierno. Hace un frío que pela y muchas veces incluso nosotros lo sentimos a través de la pantalla.

El mundo es gris, antipático, falto de alegría y de bondad. Totó es la esperanza, la generosidad, lo opuesto a esta humanidad cruel que amenaza con engullirnos a todos. El convierte a los indigentes (gente humilde que De Sica convierte en verdaderos actores) en una comunidad, en una familia, con unos propósitos sencillos y cercanos. Lean la cancioncilla que le cantan al empresario: “Nos basta una cabaña para poder vivir/ y un pedazo de tierra donde poder morir./ Dadnos unos zapatos, calcetines y pan;/ con esto en el mañana podremos esperar”. El desfile inaugural que montan para ir a vivir a las barracas me recuerda tan poderosamente al Berlanga de "Bienvenido Mister Marshall", con esa gente rústica y sencilla que marcha alegremente por las calles al son de una canción, que no se yo si el señor de Valencia no se inspiraría en los italianos.

Milagro en Milán, de Vittorio De Sica

Por esta familia (en la que no falta mala hierba, todo hay que decirlo) Totó lucha y les da cuanto está en su mano; los deseos de los vagabundos son tan sencillos unos, tan evidentes otros, tan faltos de malicia casi todos que nos hacen reír. Destacar tal vez a la pareja interracial, abocados a la desgracia por ser incapaces de comprender que lo más deseado no es siempre lo que se quiere de verdad. Porque, a pesar de la fantasía y los buenos sentimientos, en el fondo el cuento de De Sica y Zavattini tiene, como los viejos cuentos de antaño, la sana intención de prepararnos para vivir en este mundo terrible donde no hay cabida para la bondad, donde los ricos triunfan y los pobres se hunden, donde la realidad se impone lo queramos o no. Y aún así…

El primer pensamiento de guionista y director fue hacer que sus personajes terminasen la película volando (literalmente) hacía tierras en principio más felices pero en las que siempre les esperaba un cartel de “Propiedad privada”, algo así como el “No trespassing” de "Ciudadano Kane" a lo italiano, con lo cual quedaba demostrado queso posible felicidad no tenía cabida en este mundo. Ignoro la razón por la que cambiaron de idea pero decidieron imprimir una mayor ilusión a la conclusión y dejaron a sus protagonistas partiendo hacia un hipotético lugar de alegría. Creo que este final, que muchos consideran ridículo, es el justo y preciso para dar por terminada la fábula pues un término triste hubiera sido propio de la realidad únicamente, un final sin apelaciones, y los autores querían hacer reflexionar pero no llevarnos a la desesperanza de "Ladrón de bibicletas". Al fin y al cabo, esta es una historia que también fue escrita para niños y los niños (y los que aún tenemos alma de niños) por principio no esperan finales tristes. Aunque siempre los haya.

Por eso "Milagro en Milán" es un cuento moderno, porque al aviso contra imprudentes que nos remite a los cuentos clásicos añade una esperanza, por pequeña que sea, en favor del hombre. Al fin y al cabo, en su unión y su lucha en favor de la comunidad, nos parecen decir De Sica y Zavattini, es en el único lugar donde reside esa esperanza. Había que redondear entonces y ser consecuentes, por eso se nos da un resquicio de ilusión y los protagonistas parten, saquen pañuelos,

“…hacia un lugar donde los buenos días
quieran decir verdaderamente buenos días”.


Gracias maestros.

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