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       Artículo de literatura

Mi doble


 Terror / Suspense
Manuel Fernando Estévez Goytre   28/03/2012
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     Estábamos tan cerca… y sin embargo, ¡qué extraño!, no lo encontré nunca en el rellano de las escaleras, en el ascensor o en la calle.
No la merecía. Me agobiaba, me mataba, lamía mis intestinos carcomidos con lengua de lija y agujereaba mi hígado con pico de águila. Me envenenaba el alma. Sus garras de felino rebotado arañaban mi piel, dejando en ella unas heridas sangrantes que no lograban cicatrizar por más sal que les arrojaba, y pulverizaban la placidez que había conocido en épocas pasadas. No podía soportarlo. ¿Qué hacer? No lo sabía, pero mi espíritu de conservación me indicaba que definitivamente tendría que librarme de ella.

Llevaba tres años enquistado en la agonía, a merced de una racha de mala suerte que ensombrecía descaradamente mis sentimientos, los fustigaba, y hacía que el infortunio y el desasosiego más implacables me siguieran como compañeros de viaje los siete días de la semana. A todas partes. Invadían mi intimidad mañana, tarde y noche. ¡Fieles servidores que tenía que aguantar! Recuerdo como si una sombra perversa y completamente perniciosa me desobedeciese constantemente y, aparte de no separarse de mi cuerpo más que cuando se fundía con la oscuridad de mi dormitorio, me privara de la libertad que todo individuo necesita, obrase con mala intención y después me culpara, como único presente en el momento y el lugar elegidos, de los dispendios, destrozos o agresiones que se sucedían a mi alrededor.

¿Por qué a mí, una persona que se esforzaba en su trabajo, cumplía su horario y satisfacía con creces sus objetivos semanales? ¿Por qué a mí, un tipo afable y atento con el prójimo? Aún hoy, ¡pobre de mí!, no sabría resolver esa cuestión. No estaba preparado para ello. No solamente el jefe se mostraba indispuesto y enojado conmigo, eran también mis familiares, mis amigos, todos mis vecinos y conocidos los que cambiaron el concepto que se habían formado sobre mi persona, excelente en días de gloria, por otro nefasto cuya causa no llegaba a comprender con claridad. Habría puesto la mano en el fuego, aun sin conocer la razón que me inducía a hacerlo, porque el colgante que me había regalado mi chica, Marlenne, hacía cuatro veranos, y que para más detalle llevaba grabado su nombre, tenía mucho que ver en la sucesión de calamidades que se empeñaban en colaborar con toda su energía en malear mi vida y meterme en el saco de los más odiados del barrio. Sin embargo, sabía que aquel castigo tenía un período de caducidad previamente establecido y esperaba con ansiedad su breve desenlace.

Siempre se ha rumoreado que, por increíble que nos parezca, todos tenemos un doble que podría residir en mundos totalmente distintos, tal vez opuestos, al nuestro. En otras épocas, planetas, dimensiones o, incluso, universos paralelos. ¡Ahí es nada! No sé si por suerte o por desgracia, más bien me decantaría por lo segundo, el mío me había tocado bien cerca. Cada mañana, cuando el sol se desperezaba y me hacía acariciar mis últimos sueños con unos dedos que perdían sensibilidad a medida que mi mente se refrescaba, intentaba controlarlo. ¡Mi viva imagen! Los mismos rasgos marcados, la misma barba de cuatro días, cuando la tenía, los mismos ojos saltones y, cómo no, las mismas expresiones, cansinas algunas veces, voraces otras, pero siempre repetitivas a esas benditas horas. Tenía hasta los mismos tics que yo, las mismas costumbres y los mismos horarios. Todo igual. ¡Virgen Santísima… qué pesadilla! ¿Estaría aún dormido cuando lo veía? Algunas veces me pasaba un tiempo sin cruzármelo, horas enteras quizá, días incluso.

Pero, desde luego, no era lo más habitual. La regla general era verlo de buena mañana con los labios caídos por un lado e intentando encontrar una razón para continuar el día por el otro; o por la noche al acostarse, más contento que unas pascuas, porque vivíamos uno junto al otro en unas viviendas cuya diferencia más notable la marcaba la iluminación. Nos separaban unas paredes de ladrillo, muy delgadas, como en la mayor parte de los pisos que se construyen hoy día. No sé quién, supongo que sería obra del propietario o del antiguo inquilino, había instalado una pantalla de televisión en la que podía vigilar sus movimientos. Era consciente de que se trataba de una violación de su intimidad, sí, de una obscenidad si nos ponemos en lo peor, pero la idea me resultaba atractiva y casi me acostumbré a observarlo. Sólo cuando vi ese monitor moderno y ultrasensible me di cuenta de que aquel tipo desaliñado y ojeroso era mi doble.

Mi doble, por Jenny Saville

No sé en qué invertiría el resto de su tiempo, pero normalmente utilizábamos el baño a la misma hora. La pantalla, mi chivata personal, así me lo indicaba. Se lavaba la boca con las mismas ganas que yo, es decir, ningunas. Hacía sus necesidades con igual cadencia e incluso calzaba mis mismas zapatillas y vestíamos la misma ropa. Con lo que siempre me ha fastidiado que copien mi indumentaria... ¿La compraría también en la misma tienda? ¡Qué obsesión! ¿Acaso carecía de personalidad y le costaba decidirse por las prendas que adquiría? Se apoderaba de mi gusto a la hora de comprar las toallas, porque…, él también debería tener un monitor que le ofreciera imágenes de mi casa para controlarme, igual que yo a él. Tal vez, como a mí, le resultase divertido hacerlo. Hasta nuestras salidas de fiesta coincidían, porque cuando me levantaba con resaca lo encontraba en idénticas condiciones a las mías. No era tonto y me daba cuenta enseguida. Si me encontraba fastidiado por la fiebre o algún constipado desagradable e inoportuno, él también lo padecía. Engordábamos o adelgazábamos siempre en la misma época. Claro, por algo era mi doble… ¡Ay, mi doble! Comprendo. Y qué cerquita lo tenía. Hasta nuestras amantes se parecían…, ¿teníamos el mismo paladar en cuanto a mujeres se refiere?, y la mosca cojonera que revoloteaba por mi casa era la misma que desangraba sus insoportables zumbidos por la suya. Estábamos tan cerca… y sin embargo, ¡qué extraño!, no lo encontré nunca en el rellano de las escaleras, en el ascensor o en la calle. ¡Qué cosas! Siempre en casa.

El caso es que cuando no se entregaba a la pantalla, ni me acordaba de él. Pasaba las horas en mi trabajo, mirando la tele o leyendo un libro en casa y me alejaba de su recuerdo. Gracias a Dios. Sin embargo, a veces me aburría y acudía a contemplar lo que hacía. Seguía sus pasos hasta donde me permitía el monitor. ¿O él me seguía a mí? ¿Me querrá imitar? ¿Se estará mofando de mí? No es de recibo, ¡no señor!, que haga constantemente lo mismo que yo. Es antinatural. Una ley que se cae por su propio peso. Una cosa es que nuestro parecido físico raye lo surrealista y otra bien distinta que tengamos los mismos movimientos y las mismas necesidades. Las mismas formas de disfrutar. Aunque algunas personas se pasan la vida buscando a su doble sin encontrarlo, la mayoría ni lo intentan, simplemente les da igual. Pero a mí, ¡Dios, qué castigo!, me había tocado junto a mi casa. ¿Habré hecho algo malo en otra vida para que me asignen un vigía de semejantes características? ¿O lo habrá enviado la Providencia para que, al verme reflejado en él, me dé cuenta de mis propios errores? No lo sé, pero había veces que me sentía agobiado y controlado. Vigilado.

Una noche cualquiera de un día cualquiera invité a Marlenne a cenar en un restaurante argentino. Buen vino y magníficos asados, excelente ambiente y mejor música. ¿Una copa?, ¿por qué no?, deliciosa… ¿Otra?, está bien… El calor del alcohol nos desinhibió y nos curtió de una capa de sensibilidad y deseo que poco después nos llevaría a bailar un tango. Genial. Pero bebimos más de la cuenta. A la salida, alguien que llevaba la lascivia creciendo en su rostro le soltó un piropo punzante y doloroso a mi chica. Una desfachatez por su parte. Una indecencia. La falta de respeto me hizo perder los papeles y discutí con aquel tipo, que aún saboreaba la impudicia en sus labios. Sus palabras me acuchillaron el alma. Me enfadé mucho y mis nervios, barnizados de combustible, se incendiaron en un pis pas. No llegué a las manos con él porque el portero de la sala relajó el ambiente y bifurcó nuestros caminos en sentidos opuestos, pero faltó poco para que le soltara un puñetazo y le partiera la nariz como a un boxeador vencido. Volví a casa de malhumor, mi novia intentando serenarme con una cohorte de susurros sin precedente en nuestra relación. Subimos, cerramos la puerta y nos servimos una copa. La última –dijo ella, tan comedida como siempre, mientras repartía su ropa por el sofá y se afanaba en desabrochar los botones de mi camisa-. Me besó, la besé, y una cálida caricia llevó a un apretado abrazo que culminó en una sesión de amor sobre las sábanas blancas de mi cama. Cuando hubimos rematado la faena empecé a sentirme indispuesto.

Claro, la bebida… Me disculpé ante la muchacha y me fui. Salí al pasillo. Al final, la puerta del baño abierta. La luz, no alcanzo a comprender el motivo, permanecía encendida. Seguí caminando hacia el excusado y lo vi. Mi doble se acercaba a mí con tanta calma como yo a él. Nos miramos sagaces y, como gatos ariscos y escurridizos, recelamos el uno del otro. Los dos hacíamos, como siempre, los mismos gestos. De una manera casi mecánica. Dios mío…, ¿tan parecidos somos? Encendí la luz del corredor y él hizo lo propio en su casa. Al mismo tiempo. Me permití conjeturar por primera vez en mi vida que la cámara de vídeo grababa mis imágenes para ofrecérmelas en el monitor a través de un circuito cerrado. ¿Será ésa la explicación, seré espectador de mis propias actuaciones y aún no lo sé? Es posible que así sea. Los cuatro focos que alumbraban el pasillo fileteaban mi sombra en un claroscuro que variaba según tamaño y distancia. Entré al baño y comencé a orinar. Mientras lo hacía, giré mi cabeza grasienta a la izquierda y me di cuenta de que mi doble hacía lo mismo. ¡Desvergonzado! Me observaba. Lo observaba. Me lavé las manos y me sequé con la toalla.

Hasta entonces no me había dado cuenta, seguramente porque el colgante lo utilizaba solamente para ocasiones especiales y lo primero que hacía al llegar era colocarlo en mi mesita de noche, pero cuando tenía a Marlenne entre mis brazos no me lo quitaba hasta que ella me dejaba en casa para irse a la suya. La amaba y era una especie de homenaje que quería brindarle. Muy gratificante para mí. Mi doble apretó la mandíbula y su labio superior se contrajo al ver bailar el trofeo de mi novia en mi cuello. Su mirada se acortó y se concentró en la mía, escueta y trémula, sus puños apretados y su mentón mojado por la baba que caía por la comisura de sus labios gruesos y amoratados.

Cerré los ojos, respiré profundamente y me di cuenta de que lo seguía en sus movimientos. Una bocanada de aire me quemó por dentro y sentí la hiel desfigurar mi estómago. Ulcerarlo. Llevó su brazo hacia atrás, cogió impulso y dio un tremendo puñetazo a la pantalla, que como un relámpago se hizo añicos, estalló en decenas de piezas de un puzzle que pulverizaba mi propia figura. Sentí un dolor agudo en la mano. Miré mi puño y lo encontré ensangrentado, como el suyo, y su imagen se desvanecía a medida que los trozos de vidrio caían al suelo. Me volví a lavar las manos y coloqué una tirita en mi herida. Cuando quise observar lo que quedaba de pantalla, vi un retazo de aquel tipo pegajoso. Unos de sus ojos no dejaba de observar el mío. El derecho. Despegué el último trozo de cristal de la madera y me fui. Siete años de mala suerte me esperaban a la salida del baño.

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