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Clásicos del Cine: Ran, de Akira Kurosawa


Eidián   22/11/2011
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     Una mirada fastuosa sobre lo peor del ser humano, para mirarnos a nosotros mismos, aprender y ser capaces tal vez, solo tal vez, de encontrar la ilusión que Kurosawa no pudo hallar en la vida.
Póster de Ran, de Akira KurosawaEs cierto que existen las películas imprescindibles… como los libros de lectura indispensable o las pinturas de inexcusable visión y, sin embargo, pocas veces nos ponemos de acuerdo en cuales son esas películas, esos libros o esos cuadros. A veces coincidimos, también es cierto, y entonces la gente avispada crea esas listas de “obras que tienes que conocer antes de morir, chico, porque, si no, es que no has vivido” y nos largan los cien títulos que debes leer, las mil películas que tienes que ver y los diez mil cuadros que tienes que perseguir obligatoriamente por los museos. Y no lo eches en saco roto porque, leches, hazme caso que sé de lo que hablo.

Pienso que voy a desistir en el intento de elaborar ese tipo de listas. Me faltan cualidades y ganas. Es más, pienso que si largase a alguien mis cien libros, películas o cuadros “buenos que te cagas, lorito” estaría dando permiso tácito para que se me abochornase por creída o, peor aún, a que cogiesen la lista y me sugirieran el orificio del cuerpo por el cual esperasen que me la introdujera.

Salvados estos pensamientos insanos, si que es cierto que siempre gusta comentar las obras que, por las razones que sean, nos conmueven e incluso nos forman como personas. Y es mucho más agradecido cuando encuentras gente que, como tú, admira esos pedacitos de arte que andan sueltos por el mundo. Por todo ello voy a comentar, que no criticar, una película que, como dice nuestro buen Mithrand en el título del hilo, es un clásico imprescindible: "Ran" (1985), de Akira Kurosawa.

"Ran" es una obra clásica, tanto por sus raíces como por sus resultados. Inspirada de forma clara en “El rey Lear” de Shakespeare, su director, el insigne Kurosawa, la dota de un arraigo en el Japón medieval que, lejos de convertirla en una película localista, demuestra hasta que punto la historia del cisne de Avon (William para los conocidos) es universal. Para el que no conozca el relato o simplemente pase del teatro isabelino, recordar que la historia original nos narra la abdicación de un rey en sus tres hijas, dos de las cuales halagan la acción del viejo rey en espera de sacar el mayor beneficio posible y la tercera afea la conducta de sus hermanas siendo honesta en el trato con su padre. El rey, engañado por la actitud de las mayores, destierra a la menor y queda a merced de las hipócritas que le despojan de todo, razón por la cual el padre enloquece mientras las hijas, sus maridos y algún otro que pasaba por allí, se disputan como cuervos el botín de su reino.

Ran, de Akira Kurosawa

Tanto "Ran" como "El rey Lear" tratan de la lealtad, la locura y la traición pero, además, mientras Lear incide en la vejez, el bien de los estados por encima de los individuos y el sufrimiento inmerecido, Kurosawa ofrece una visión desoladora y sin esperanza sobre la condición de los hombres entre los cuales ningún noble sentimiento puede aspirar a ser recompensado. En la obra del japonés la violencia y el poder se reconocen como enfermedades que destruyen cuanto tocan, donde la inocencia es siempre sacrificada por intereses mezquinos y la salvación es imposible.

Desde el inicio de la película, en la escena de la caza del jabalí, Kurosawa deja patentes sus intenciones al relacionar de forma metafórica la escena de violencia sobre los animales acosados con lo que después habrá de venir en la cinta. Esa secuencia nos presenta al protagonista de la cinta, Monseñor Hidetora, jefe del clan Ichimonji, en la cúspide de su poder. Es un hombre que ha hecho de la violencia su medio de vida y que la ha utilizado de forma sistemática para lograr sus ambiciones. Ahora, con setenta años, es dueño de un vasto territorio que gobierna gracias al control de tres castillos, dos de los cuales arrebató a sus auténticos dueños por la fuerza de las armas. Viendo que su declinar físico y mental le acecha, Hidetora decide repartir sus tierras entre sus tres hijos reservándose el título y los derechos de patriarca del clan.

La escena en que Monseñor anuncia públicamente sus intenciones es clave tanto en el devenir de la película como en su origen. Kurosawa vio literalmente la base del film en esta secuencia que se asienta en una leyenda japonesa, la del daimyo Motonari y sus tres hijos a los que pidió que permaneciesen juntos como un haz de flechas, incapaz de ser quebrado. La pregunta que Kurosawa se hizo fue, ¿qué hubiese pasado si uno de los hijos se hubiese negado a seguir a sus hermanos, si hubiese quebrado el haz de flechas? La traición y la deslealtad son pues el origen de la película y Kurosawa no se apercibió de la similitud de su historia con “El rey Lear” hasta que su idea hubo de ser traducida a un guión. Aunque Kurosawa no percibiese conscientemente el parecido puede que este si existiese desde el pincipio ya que el director era un buen conocedor de la obra shakespeariana como demuestra "Trono de sangre" (1957), basada directamente en el “Macbeth” de Shakespeare.

Ran, de Akira Kurosawa

Cuando el guión llegó a su forma definitiva, después de muchas y trágicas vicisitudes, la visión que Kurosawa tenía del mundo había variado de forma fundamental respecto a sus primeros trabajos. El director escribió el guión poco después de rodar "Dersu Uzala", en 1975, y lo dejó dormir durante casi siete años. Después de su éxito de 1980 con "Kagemusha", el productor francés Serge Silberman se avino a producir la película que se convirtió así en una producción franco-japonesa; fue un verdadero alivio para Kurosawa ya que llevaba casi 20 años teniendo dificultades para financiar sus películas.

Desde mediados de los años 60 del siglo pasado, el director japonés se encontró con que su trabajo se consideraba pasado de moda y fue despedido por la 20th Century Fox de la dirección de la superproducción "TORA!TORA!TORA!" en 1968 tanto por su carácter como por encontrarle inadecuado para la dirección. Después, sintiéndose desplazado por el triunfo de la televisión en Japón, buscó asociarse con otros directores en una empresa que resultó un fracaso total. Para 1970 se le creía acabado. En 1971, con problemas de salud y sin dinero para sus películas, intentó suicidarse. Cuando llega la década de 1980 se encuentra casi ciego y pierde a su segunda esposa durante el rodaje de "Ran". El dolor arrastrado por Kurosawa a lo largo de estas dos décadas, el abandono del público y de las productoras, se plasma en la película de tal forma que el mismo director llegó a decir que Hidetora era un trasunto de sí mismo, que su dolor era el suyo.

Ran, de Akira Kurosawa

Hidetora, con su pasado lleno de crueldad y violencia, es un personaje mucho más complejo que el Lear de Shakespeare, al que la vejez vuelve tonto aunque agudo. Hidetora, que no alberga ninguna inocencia ya, piensa, sin embargo, que a pesar de su pasado (un pasado tremendo del que carece el personaje inglés), tiene derecho a un retiro tranquilo bajo la supervisión respetuosa de sus hijos. Como Saburo, su hijo menor le dice con franqueza, esperar semejante trato, que él jamás dispensó a nadie, es, más que iluso, ridículo. El halago de sus dos hijos mayores, sin embargo, hace que Hidetora se ciegue y destierre al menor.

Los hijos de Monseñor se revelan a partir de ese momento como seres de una gran crueldad, mucho mayor que la de sus homólogas femeninas inglesas, que no dudan en arrinconar, expulsar y combatir a su padre para obligarle a realizar sepuku, el suicidio tradicional samurai. Los servidores de sus hijos, instigados por ellos, le traicionan, dejando entrar al señor de Ichimonji en el tercer castillo con su séquito para luego introducir a sus fuerzas y exterminar a todos. Es esta una escena de una violencia extrema, con una fuerza extraordinaria, con sus colores casi puros en armaduras, en banderas, en el fuego, en la sangre que todo lo inunda…

Pero, pese al empeño de sus hijos, Hidetora sobrevive. La transformación del anciano durante la batalla es aterradora. De ser orgulloso e independiente, pese a estar herido y confuso por la actitud de sus hijos, se vuelve viejo, débil y senil. Abandonado por todos, traicionado por aquellos en quienes más confiaba, viendo morir a todos cuantos le habían seguido y negándosele, como si de un castigo divino se tratase, el consuelo de la muerte, llega a la locura de forma irremediable. La secuencia en la que abandona en castillo en llamas, entre el temor y el terror casi supersticioso de los guerreros de sus hijos, es cinematográficamente impecable tanto por el movimiento de masas y cámaras, como por el montaje, por el trabajo del actor que da vida a Hidetora, por la fotografía exaltada y por el silencio que acompaña la escena como la mejor banda sonora posible.

Ran, de Akira Kurosawa

Tanto Tatsuya Nakadai, que interpreta a Hidetora Ichimonji, como Mieko Harada, que recrea a la Señora Kaede, su nuera, se muestran magistrales a la hora de dar vida a sus personajes dotándolos de un aura y una tragedia universal. Mucha de esa aura de su labor interpretativa se basa en el teatro tradicional japonés que yo, personalmente, encuentro bastante aburrido, la verdad, pero he de admitir que los silencios expresivos y las explosiones de movimiento les van que ni pintados a estos personajes.

Todo es expresivo en la película, todo tiene una significación más allá de la puesta en escena y la épica de la trama. La caracterización de los personajes contribuyen a crear una especie de paradigma universal de la traición, la destrucción y la locura de los hombres. Todos los personajes son definidos con trazos claros y contundentes desde su aparición tal como sucede con los hijos del señir Ichimonji: Taro, el hijo mayor de Hidetora, es el ambicioso sumiso, dominado por una esposa vengativa y cruel; Jiro, el hijo mediano, es el envidioso dominado por sus pasiones y Saburo es el hijo fiel que prefiere la verdad a la adulación y está dispuesto a sufrir por ello.

Sin embargo, el personaje mejor dibujado, aparte del propio Hidetora, es, como antes he dicho, su nuera Kaede, un ser que sólo vive de y para su odio y sus ansias de venganza,una mujer que no duda en utilizar todos los medios a su alcance para lograr su propósito (la escena en que somete la lujuria de Jiro a sus deseos, simbolizada en la polilla que atrapa y mata, es estructural y visualmente modélica). Pero Kaede no es un monstruo. Tal y como nos cuenta la misma Kaede en una de sus primeras apariciones, definiendo su carácter de forma impecable, tan solo es el producto de la crueldad de Hidetora que tomó el castillo de su padre, sacrificó a su familia y la casó con su hijo mayor para asegurar su conquista.

El poder, la violencia, la crueldad lo devoran todo y la inocencia, representada en los personajes de Sué, esposa de Jiro, y su hermano Tsurumaru, los únicos supervivientes de la destrucción de otro castillo que Hidetora quemó hasta sus cimientos, es pisoteada sin piedad. Nada puede salvarlos, ni la devoción religiosa de Sué, ni la ceguera de Tsurumaru a quien Hidetora hizo arrancar los ojos cuando era un niño. La indefensión de los inocentes en este mundo queda plasmada de forma magistral en la escena en que Sué, después de huir de la ira de Kaede, que le acaba de arrebatar al marido, lleva a su hermano ante las ruinas de su antiguo castillo. Sué, sin darse cuenta, dice a Tsurumaru: “Ahí está nuestro castillo o, al menos, lo que queda de él” y Tsurumaru, impotente, grita dando vueltas: “¿Dónde?¿Dónde?

Ran, de Akira Kurosawa

Llegados a este punto es lógico hablar del nihilismo que impregna toda la película ya que queda claro que para Kurosawa la vida carece de sentido. El hombre, más que abandonado por los dioses, se ha abandonado a sí mismo en un desierto de crimen y terror. Los dioses, si es que existen, han sido expulsados por la Humanidad de sus vidas y se muestran impotentes ante su maldad. La muerte llega sin sentido, por crueldad o por azar (la muerte de Saburo lo demuestra) y no representa ni descanso ni alivio. La bondad no salva ni ofrece esperanza alguna. Estamos solos ante el abismo que aguarda para devorarnos, como Tsurumaru ante el precipicio, al final de la película.

Esta pesimista concepción de la existencia fue ganando fuerza a lo largo de la obra fílmica de Kurosawa ya que en sus primeras películas tras la Segunda Guerra Mundial, ante una visión crítica de su tiempo, el director prefiere ensalzar a los hombres de a pie que luchan de forma callada pero constante contra las presiones de los poderosos (recomiendo "Vivir" (1952), en donde un hombre desahuciado revisa su vida, la encuentra vacía y sin sentido, y decide empeñar sus últimas energías en la conservación de un parque) sin embargo la vejez le encuentra desencantado con el hombre y el mundo. Tan solo tras el recuerdo de su infancia en la hermosísima "Los sueños" (1990) parece que Kurosawa se reconcilió en cierta manera con la Humanidad.

Akira Kurosawa

Kurosawa creó su propio estilo fílmico basado en un uso especial de la cámara y el objetivo. Destacó siempre los elementos de la naturaleza que utilizaba como reflejo de las acciones humanas (las nubes espesas que acompañan la locura de Hidetora le alejan del paraiso que él cree vislumbrar en ellas) y fue perfeccionista hasta la exageración. En "Ran" vistió su historia con un vestuario majestuoso que mereció el oscar de Hollywood, con una fotografía impresionante, con unos paisajes tan meticulosamente buscados en Japón como los de "El Señor de los Anillos" en Nueva Zelanda. Llegó incluso a levantar un castillo en las laderas del monte Fuji, castillo que no dudó en quemar en la secuencia de la locura de Hidetora.

No es de extrañar que RAN se convirtiese en la película más cara rodada en Japón hasta ese momento. Incluso llegó a usar música sinfónica, influenciada por Mahler, en muchas de las escenas relevantes de la película, algo verdaderamente extraño en sus filmes en donde la música tradicional japonesa, como mucho, no tiene demasiada relevancia. "Ran" es única en este sentido, como en otros muchos, y la música llega a ser clave en algunos momentos de la trama como cuando Hidetora, ya loco, llega con sus criados a la casa en la que se refugia Tsurumaru y este toca para él haciendo que el viejo señor recuerde aterrado sus crímenes.

Ran, de Akira Kurosawa

Podría decirse aún mucho más de la película, sobre la simbología de los colores (el azul para el hijo fiel, el rojo para el esclavizado por la lujuria, el amarillo para el sometido a su mujer…), el soberbio montaje, la transformación del personaje del bufón en la película (interpretado por un conocido travestí japonés), etc., pero es mejor que la reseña acabe aquí pues, a pesar de todo lo dicho, es imposible describir "Ran" en toda su grandeza fílmica y necesita ser visionada en toda la gloria de sus imprescindibles ciento sesenta minutos para comprender todo lo que Kurosawa quiso transmitirnos.

Una mirada fastuosa sobre lo peor del ser humano, para mirarnos a nosotros mismos, aprender y ser capaces tal vez, solo tal vez, de encontrar la ilusión que Kurosawa no pudo hallar en la vida.

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