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El holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después, de Paul Preston


 Ciencias Sociales
Fco. Martínez Hidalgo   02/09/2011
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     Dibuja un retrato sobre nosotros mismos, sobre cómo construimos ideológicamente el ejercicio de la fuerza y la violencia contra los demás.
Portada de El holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después, de Paul PrestonEl hispanista británico Paul Preston (Liverpool, 1946) afronta en ‘El holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después’ (Debate, 2011, disponible en FantasyTienda) uno de sus trabajos de investigación más difíciles. Pues la crudeza y crueldad de la superficie y del fondo de un tema como el de este ensayo: el trasfondo sociopolítico de la radical división de España, las técnicas de terror y asesinato empleadas durante la Guerra Civil por ambos bandos, y las nubosas consecuencias de aquellos hechos en el corto y medio plazos; es difícil de digerir para cualquiera. El autor nos lo anuncia ya, desde su experiencia, en los Agradecimientos: “La crueldad de su contenido ha hecho que fuera muy doloroso de escribir”. Pero el lector percibe también, con el paso de las páginas, la injusta amargura y el gran dolor tras cada bala.

Preston continúa aquí la línea de investigación marcada a fuego en casi todas sus otras obras, dedicadas principalmente al conflicto o con un pié puesto en él, como demuestran por ejemplo las últimas publicadas en nuestro país: ‘Franco, Caudillo de España’ (Debolsillo, 2004), la edición actualizada de ‘La Guerra Civil Española’ (Debate, 2006) o ‘Idealistas bajos las balas. Corresponsales extranjeros en la guerra de España’ (Debate, 2007). Y de cuyo trabajo de investigación tenemos aquí un resultado inmenso, en cantidad y calidad.

Un texto del que extraer lecciones para recordar, con la esperanza de no volver a repetir jamás aquellos monstruosos errores.

Lo interesante y novedoso de esta obra es su enfoque. ‘El holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después’ (Debate, 2011) es uno de los pocos libros donde el lector interesado podrá encontrar un estudio de cómo se programaba y ejercía la violencia en la Guerra Civil, analizada desde un gran angular, y con un acento especial tanto en sus raíces anteriores como en sus consecuencias posteriores.

El golpe de estado que, en 1936, iniciaron las tropas destacadas en África contra el gobierno democrático español, no fue un hecho aislado o desconectado en la historia de España. Como Paul Preston explica en la primera parte del ensayo, “Los orígenes del odio y la violencia”, la profunda división del país comenzó a gestarse en un s. XIX del que las fuerzas de cambio sociopolítico y socioeconómico fueron excluidas en todas sus fases: desde el reinado absolutista de Fernando VII con sus medidas antiliberales, hasta los gobiernos de matemática alternancia trienal entre liberales y conservadores al final del siglo.

Sociológicamente, esta situación suponía un caldo de cultivo perfecto para los rencores que más tarde se desatarían. En el rural, los señores de la tierra desarrollaban una imagen infrahumana de sus trabajadores, condenándolos a unas condiciones de vida paupérrimas de hambre y miseria. Mientras en la España urbana que comenzaba a nacer, las todavía incipientes fuerzas industriales ejercían, como fue común en todas las economías en desarrollo de este período, una exigencia laboral de condiciones durísimas y difícilmente aceptables durante mucho tiempo. El peso de la España terrateniente y el lento desarrollo de la España industrial crearon descontentos en ambos ámbitos. De esta forma, y en contrapartida, crecía también la influencia de los colectivos comunistas, socialistas y anarquistas, organizados en sindicatos o partidos.

Niños juegan a fusilar durante la Guerra Civil Española

La inestabilidad de la monarquía a comienzos del s. XX –causa de la dictadura de Primo de Rivera, y el ascenso tras las elecciones democráticas de 1931 de una IIª República de corte progresista –con la victoria del Frente Popular, aumentó las tensiones en lugar de diluirlas. La derecha tradicionalista y conservadora percibía aquel gobierno como la corrupción de su proyecto político para el país. Mientras que los liberales y la burguesía sentían la beligerancia del anarcosindicalismo o del comunismo como una amenaza directa.

De esta forma, el gobierno de la república vio como, en 1933, la fundación la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) –instrumento político de unión entre tradicionalistas y liberales- por un lado, y los problemas entre las fuerzas más extremas y más moderadas de su gobierno por otro, creaba un doble frente que difícilmente gestionaría en los años siguientes. El gobierno de la República afrontaba su cohesión interna y el enemigo externo al mismo tiempo. Además, la ofensiva de la derecha a partir de 1934 tenía una fuerte carga religiosa: el socialismo se identificaba con una alianza entre la masonería y el judaísmo contra el catolicismo, el demonio atacaba a Dios y había que combatirlo.

Las semillas de la guerra estaban plantadas mucho antes de su comienzo. Y durante la guerra no tendrían una forma muy distinta a aquella: el ejército sublevado atacaba coordinadamente, mientras que el ejército de la república tenía graves problemas de coordinación entre los distintos grupos que lo formaban.

Combatientes en la Guerra Civil Española

Este hecho no sólo tenía su reflejo en la batalla, sino también en las formas y el grado de violencia que cada bando ejercía contra sus enemigos, fueran militares o civiles. La mayor unidad y la existencia de un proyecto patriótico (nacionalista español) compartido por los miembros del bando rebelde, dieron lugar a una forma de represión más monolítica y contundente. Una dureza agravada por la experiencia bélica de las fuerzas africanas, centro de la revuelta, a comienzos de siglo. Y que ejecutaban de forma implacable los generales Queipo del Llano y Mola, con purgas sistemáticas en Andalucía, Navarra, Galicia y las dos Castillas (este es el hilo argumental de la segunda parte, “Consecuencias del golpe de estado I: violencia institucionalizada en la zona rebelde").

Las fuerzas republicanas mostraban su división incluso a la hora de valorar el grado de violencia y represión a ejercer. La Federación Anarquista Ibérica (FAI) había sido uno de los actores políticos más beligerantes contra el tradicionalismo conservador durante el gobierno democrático y, en coherencia con esto, trasladó esta misma actitud a los campos de batalla durante la Guerra Civil. Sin embargo, el gobierno republicano sí consiguió ejercer –sobre todo durante 1936- alguna influencia y control con el paso de los meses, atemperando la violencia y el terror (argumento de la tercera parte, “Consecuencias del golpe de estado II: violencia espontánea en la zona republicana”).

Consecuencia de este control, cuya causa era una diferencia de valores respecto a los sublevados, Preston dibuja un mapa comparativo muy interesante. Dentro del bando republicano, existe una diferencia notable entre los primeros meses y los últimos del conflicto. Entre ambos bandos, existía una diferencia ideológica respecto al uso y el objetivo de la violencia: institucionalizada y orientada a la aniquilación de los rivales en el bando sublevado, espontánea y orientada a la derrota del enemigo interior en el bando republicano (argumento de la quinta parte: “Dos conceptos de la guerra”).

Línea de batalla en la Guerra Civil Española

La victoria del bando sublevado trasladó su idea de la violencia a la represión sociopolítica desde el gobierno del estado, ya a partir de 1939 y, con especial contundencia, durante toda la década de 1940 (sexta parte: “La inversión en terror”).

La única excepción es la especial inquina, virulencia y violencia desplegada por ambas partes en Madrid. A día de hoy, aún son relevantes las discusiones históricas sobre los hechos acaecidos y el papel de los distintos protagonistas durante la batalla de Paracuellos del Jarama. Paul Preston es coherente a su propia perspectiva, que podemos conocer mejor su obra ‘La Guerra Civil Española’ (Debate, 2006), e inscribe las matanzas de Paracuellos como la consecuencia de una “Columna de la Muerte” rebelde que, con crueldad inusitada y pasmosa indiferencia, recorrió Extremadura, las Castillas y Madrid en campañas de “limpieza”. Con una conciencia tan clara de su objetivo que, incluso, los sublevados sacrificaron oportunidades para ganar nuevos territorios a las defensas republicanas, en aras de este trabajo en los territorios conquistados (cuarta parte: “Madrid sitiado: la amenaza dentro y fuera").

Franco y Hitler en Hendaya

El holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después’ (Debate, 2011) no dejará indiferente a nadie. Por su rigor analítico, amplitud de perspectiva y seria documentación, este libro se erige como el trabajo histórico más valioso sobre las semillas, raíces y ramificaciones de la violencia desatada en la España de la primera mitad del s. XX.

Pero, además, dibuja también un retrato sobre nosotros mismos, sobre cómo construimos ideológicamente el ejercicio de la fuerza y la violencia contra los demás, llegando incluso a justificar su uso contra nuestros semejantes en base a fantasmas o miedos. Un texto del que extraer lecciones para recordar, con la esperanza de no volver a repetir jamás aquellos monstruosos errores.

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