|
Las Vírgenes Sabias, de Leonard Woolf
|
|
| Fco. Martínez Hidalgo 08/03/2011 |
|
|
|
|
|
La virginidad y la virtud, en una crítica soterrada de la sociedad victoriana, se disocian. Lo insubstancial de lo vacío, rivaliza con la plenitud y riqueza de lo bueno. |
|
Tras todo roman à clef se esconde una sátira en potencia. Y Leonard Woolf (Inglaterra, 1880-1969) eligió precisamente esta técnica para enfrentarse a la cruda realidad familiar y social que lo rodeaba.
Sin piedad y sin tapujos, directamente a la yugular, a través de un tono (que no un lenguaje) corrosivo y displicente, provocó con ‘Las vírgenes sabias’ (Impedimenta, 2009, disponible en FantasyTienda) las más airadas reacciones. Desde su madre hasta su mujer, pasando por sus hermanas y su círculo social más próximo… a nadie satisfizo la imagen que de él-o-ella se daba. Menos mal pues, de haber tenido algo de piedad, la novela habría perdido mucho -por no decir todo- su sentido.
La vida que Leonard Woolf retrató en la novela transciende las estrechas barreras familiares, e incluso supera las fronteras del imaginado barrio periférico de Richstead –dónde se ambienta, hasta alcanzar al conjunto de la sociedad británica de comienzos de siglo. Durante una lectura organizada en varios niveles, sus dramas personales le sirven de terapia, y los personajes de su familia ejercen de figurantes, en un intento por expiar una frustración intelectual y emocional que parece corroerle por dentro.
Mientras Harry reivindica una sociedad, asiste estupefacto y desesperado a la imposición de su negativo. Leonard Woolf hizo de ‘Las vírgenes sabias’ su terapia contra un entorno que lo agobió y lo atosigó durante casi toda su vida, causándole grandes insatisfacciones e intensos momentos aciagos.
Woolf ataca severamente a una sociedad decadente, pero cuyos rescoldos y aciagas consecuencias se registran magistralmente en esta novela. El costumbrismo, el formalismo y el ritualismo se aplicaban no sólo a la vida social, sino a la interpretación de la vida en sociedad. El cinismo afloraba a partir de la adopción (o no) de un canon de vida ajeno a toda diferencia o inquietud, estandarizante y opresor, alienante y excluidor. Leonard, o Harry en el argumento ‘Las vírgenes sabias’, percibe con total claridad estos esquemas rutinizantes, al tiempo que padece con suma impiedad sus más estrictos rigores, y los sufre en todas sus esferas: dentro de su propia familia, de su círculo de amistades o de sus nuevos vecinos.
¿Cuál podría ser la reacción esperada de una personalidad que forma parte de una situación tan compleja y frustrante como ésta? Una de ellas es la displicencia, el malestar o la indignación; como Harry Davis. Otra posibilidad es la denuncia, la sátira o, por qué no, escribir una novela; como Leonard Woolf.
Ambas líneas se encuentran aquí, convergen en el desarrollo y la intencionalidad de la novela, y es por ello que cualquier indignación con el trato a personajes o la resolución de situaciones será una visión parcial de una novela ambiciosa, compleja y retadora. Nos movemos como ‘Alicia en el país de las maravillas’, ante un espejo de dos lados, con un simbolismo y representatividad mucho más allá de la evidencia.
En el nivel familiar, el ritualismo al que hacíamos mención se aplica con hipocresía e ignorancia, la forma desplaza al contenido, las costumbres y los ritos vacían de significado a cualquier ambición o habilidad personal. Las relaciones amorosas, las relaciones familiares, las relaciones sociales, las de amistad… cualquier muestra de intimidad con otra persona está inmediatamente mediatizada por una expresión de sintonía con lo que se espera de uno.
Algo muy simular acontece en la esfera social. La adaptación a lo que a uno le rodea se convierte en el estándar, en la expectativa aplicada con infinita crueldad a todos los que toman parte en ella, o estás o no estás, o formas parte o quedas fuera. El patetismo de tal criterio formal pone de los nervios a una personalidad como la de Harry. Inquieto intelectualmente, con acceso a algunas de las lecturas más estimulantes de su época, interesado en lo que acontece más allá de los tabloides o periódicos, no comparte ni lo que pasa en el contexto que le rodea ni, peor aún, la razón por la que tales cosas pasan. Su lucha es la de un pez fuera del agua, un descontento agónico, casi asfixiante, del que le es imposible escapar.
En Camilla, trasunto de Virginia Woolf, encuentra su válvula de escape. Su pasión, su amor y admiración hacia ella le suponen una liberación, un momento de olvido en la rabia y la frustración que le envuelven. Sin embargo, la fragilidad de un amor incipiente, en un carácter disoluto y dubitativo como el de Camilla, conlleva no pocos riesgos, incluido el de no ser correspondido. La única vía de escape para él es un túnel de salida incierta, y la vida reserva no pocas sorpresas para los osados capaces de aventurarse hacia su interior.
Y una de esas sorpresas es Gwen, una de las hijas de los Garland, vecinos de Harry y su familia. Un espíritu candoroso, inocente, sumiso, vencido por las normas de su entorno… pero también susceptible (y en cierto sentido ansioso) por acceder a otras perspectivas, a otras realidades, a otras interpretaciones. Harry Davis es su mentor, su oráculo a otras formas de interpretar el mundo, introduciéndola poco a poco, de forma más o menos difícil, con momentos de catarsis y estupor, en la dolorosa visión que se otea desde su atalaya.
La creación de ‘Las vírgenes sabias’ estuvo para Woolf lleno de una profunda amargura. No sólo por las reacciones que, era consciente, iba a generar si no, sobre todo, por su aparente necesidad de llevar el drama hasta el final, de agotar las posibilidades de reconciliación de Harry hasta casi humillarlo, reduciendo su intento a un acto desesperado pero cabal, lleno de furia pero también de resignación, tan propio de aquella vida a la que tanto decía rechazar.
La virginidad y la virtud, en una crítica soterrada de la sociedad victoriana, se disocian. Lo insubstancial de lo vacío, rivaliza con la plenitud y riqueza de lo bueno. Y mientras Harry reivindica una sociedad, asiste estupefacto y desesperado a la imposición de su negativo. Leonard Woolf hizo de ‘Las vírgenes sabias’ su terapia contra un entorno que lo agobió y lo atosigó durante casi toda su vida, causándole grandes insatisfacciones e intensos momentos aciagos. Desde la política intentó, uniéndose a la causa laborista, hacerle frente. Pero jamás conseguiría una hermosa metáfora, con la contundencia e inteligencia de esta novela mayúscula.
|
|
|
Página 1 de 1
|
|
|
 |
|
|
Versión imprimible
·
Recomendar a un amigo |
|
|
|
|
|
|
|
| Noticias relacionadas |
A la venta La señora Dalloway, Relatos completos y Una habitación propia, de Virginia Woolf |
Las olas, de Virginia Woolf, en Edhasa |
Los solteros, de Muriel Spark, en Impedimenta |
Booktráiler de El cristiano mágico, de Terry Southern |
Westwood, otra novela british de Stella Gibbons, en Impedimenta |
| Articulos Relacionados |
Reina Lucía, de E.F. Benson |
Daisuke, de Natsume Sōseki |
Un rey sin diversión, de Jean Giono |
La juguetería errante, de Edmund Crispin |
La bailarina, de Ōgai Mori |
|
|
 |
|
NO se permite la reproducción íntegra. Para reproducciones parciales: NOTAS LEGALES
|
|
|
|
 |
 |
 |
 |
 |
|
|
| |
|
|
|
 |
|
|