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       Artículo de literatura
Vercoquin y el plancton, de Boris Vian
Fco. Martínez Hidalgo   01/03/2011
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     El Vian más inquieto, más creativo, más plural y poliédrico, se nos muestra en una novela que se adentra en la tanto de la sociedad de su tiempo, como de su misma vida y la de los que le rodean.
Portada de Vercoquin y el plancton, de Boris VianPor fin, la novela de debut de Boris Vian (1920-1959) ha visto la luz en España. Impedimenta publicó en 2010 ‘Vercoquin y el plancton’ (disponible en FantasyTienda), escrita en 1943 y publicada originalmente en 1946, frenada por la ocupación y la destrucción de Francia durante la IIª Guerra Mundial. En ella, como suerte de obra iniciática, y con un marcado carácter personal, el lector accede sin tapujos a toda la potencia de un Vian efervescente: poeta, dramaturgo, músico de jazz y compositor, escritor de novelas y cuentos… desarrolla aquí su heterogéneo catálogo de inquietudes con un uso múltiple (y perfecto encaje) de códigos y lenguajes creativos.

Vercoquin y el plancton’ es tan personal que posee una muy fuerte base biográfica: critica furibundamente a la organización donde Vian trabajaba por aquel entonces, la Asociación Francesa de Normalización (AFNOR), oculta tras el Consorcio Nacional de Unificación (CNU); nos presenta al personaje del Mayor, inspirado en su amigo personal de la infancia Jacques Loustalot; y él mismo se esconde -sin mucho disimulo, todo hay que decirlo- tras el Bison Ravi autor del “Preludio” (jueguen con las letras, a ver si les sale el nombre de algún conocido) o tras la voz de Antioche Tambretambre: organizador, director y alma de las más intensas fiestas, además de inseparable e inasequible amigo y defensor del Mayor, aún a pesar de sus extravagancias y extrañas costumbres o comportamientos.

El sentido de la vida no es la búsqueda de sentido, ni siquiera la construcción de significados mientras participamos en organizaciones sociales o culturales, sino la total y absoluta consciencia de su absurdo.

El tono humorístico, absurdo e irónico, hilarante y despiadado, no debe engañarnos. Tampoco debemos permitir que nos confunda el ritmo desenfrenado al que se suceden los acontecimientos, con diálogos rapidísimos y referencias de apenas un suspiro. Ni la trama, con hilos argumentales que aparecen y desaparecen sin orden ni concierto. Esta novela esconde tras todo esto, tras una ligereza casi instintiva e irreflexiva, una pretendidamente contundente e inmisericorde crítica social.

La CNU es una ratonera burocrática, un sistema de homologación cuya función es la de homogeneizar todo lo diverso, lo distinto, lo diferente. En el centro de todo este proceso está una personalidad como la de Léon-Charles Micqueut: Sub-Ingeniero, únicamente se refiere a las personas con un aséptico y universal “usted” –nunca llama a nadie por su nombre; amante de la corrección lingüística y estilística, apuntala cada palabra hasta en lo más extremo de su significado; inasequible enemigo de la espontaneidad o la imprevisión, se jacta de ser el creador de una Comisión General para un tema tan efervescente como las surprise-party… Vian lo convirte en la personificación de un sistema de reglas elevado a la enésima potencia, hasta el absurdo, ridiculizándolo sin piedad.

Boris Vian

Un agujero negro de aburrimiento y uniformidad al que, a través de una circunstancia tan corriente como el enamoramiento entre el Mayor y la sobrina de Micqueut, Zizanie, se no concede la oportunidad de comprobar cómo todo lo que llega hasta la CNU acaba transformado en una Comisión General y, más tarde, en un ‘Nothon’: un manual o reglamento capaz de dictar procedimientos y requisitos a través de los cuales ‘unificar’ el diseño de los objetos o la práctica de las costumbres más peregrinas. Porque, ¿existen posibilidades de que el amor, que también ha entrado en la CNU a través del Mayor y de Tambretambre, necesite permisos y rutinas… de alguien como Micqueut y, por extensión, de una organización como ésta?, ¿se puede exigir a la pasión, para ser correspondida, de autorizaciones funcionariales, comisiones generales, o manuales reguladores?

Fromental Vercoquin impone su propia respuesta, en cuanto rival del mayor en sus pretensiones de amor con Zizanie, derrumbando con su caos y su impulsividad toda regularidad o certeza en la disputa entre pasiones. El amor cortes del Mayor (de amante respetuoso con formas y costumbres) compite con el amor tramposo del todo-vale de Vercoquin. Las normas dejan de tener valor, la certeza de lo esperado pierde vigencia. Únicamente queda la lucha sin cuartel dentro del desconcierto.

Este es un combate de extremos en cuanto a la posición ante la vida. Por un lado, la previsibilidad, el control absoluto, la certeza plena, la creencia de que todo tiene un orden establecido y un objetivo perfecto, situado a su vez dentro de un plan perfecto en su concepción y ejecución; con el único error posible de las personas responsables de ponerlo en marcha. Por el otro lado, la incerteza y el devenir, la existencia como el plancton, dejándose arrastrar por las mareas, sirviendo de material prima al destino inaprehensible, sin preguntas ni respuestas, sin mapas ni puntos cardinales, viviendo la vida al albur del cielo estrellado.

El sentido de la vida no es la búsqueda de sentido, ni siquiera la construcción de significados mientras participamos en organizaciones sociales o culturales, sino la total y absoluta consciencia de su absurdo. La vida no es una búsqueda, sino una experiencia pura, radical y emocional.

Este es el camino que llevaría a Boris Vian a participar, pocos años después, en la fundación del Colegio de Patafísica (1948) y a presidir su “Subcomisión de las Soluciones Imaginarias”. El absurdo inspirador de Alfred Jarry (1873-1907) hace acto de presencia en esta novela iniciática, de debut, de riesgo, de asomarse al precipicio. El Vian más inquieto, más creativo, más plural y poliédrico, se nos muestra en una novela que se adentra en la tanto de la sociedad de su tiempo, como de su misma vida y la de los que le rodean. Situando lo serio dentro del humor, y tomando el humor en serio. En definitiva, un Boris Vian majestuoso y en estado puro.

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