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       Artículo de literatura

Cuentos completos 1 y 2, de Julio Cortázar


Eidián   20/01/2011
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     Aunque este sea un pobre homenaje a un escritor único, dejo aquí plasmada mi admiración sin fisuras a Julio Cortázar, a quien siempre deberé un sueño pacífico bajo una flor.
Portada de Cuentos completos 1 (Julio Cortázar)Llevo dándole vueltas al asunto varias semanas y aún no estoy segura de cómo afrontarlo. Dos libros y tan pocas ideas para calibrarlo con honradez. Ya me gustaría a mí ser Mario Vargas Llosa, el gran prologuista que se han buscado los editores, para poder cantar las alabanzas de este escritor como se merece; subirle al pedestal, del que seguro él se hubiese bajado a patadas, y mostrarle sin rudezas y con el afecto justo, sin caer en melindrosidades y ternurismos fáciles, pero expresando el respeto e incluso el amor que su obra merece.

Como digo, aún no se cómo hacerlo.

¿Debo hablar de sus libros o sólo de este libro? Aunque, en realidad, ¿se puede hablar de un único libro? Me imagino que no. Lo que tengo entre las manos (más allá del teclado del ordenador, se entiende) es una recopilación de cuentos publicada por la editorial Alfaguara en dos volúmenes ("Cuentos completos 1 (Julio Cortázar)" y "Cuentos completos 2 (Julio Cortázar)", Alfaguara, 2010, ambos disponibles en FantasyTienda) y que contiene todas las obras del autor en este formato, desde sus primeras publicaciones hasta la última compilación, “Deshoras”. Más de mil páginas de letra límpida, pulcra y aseada, que atesoran una de las mayores riquezas que desfilarán ante mis ojos. Que le den a Borges, con todos mis respetos, a su orgullo y los libros que leyó. Prefiero los míos que nunca serán míos. ¿Se entiende?

Me quedo con este autor porque, entre el sueño y la vigilia, él captó como nadie la necesidad de la fantasía, su unión inextricable con la vida, para poder comprender una realidad casi siempre cruel y, quizás, poder combatirla para que no nos ahogue, para que no nos venza.

Fue una sorpresa, grata, siempre, leer los primeros cuentos del escritor y hallarme ante un autor fantástico y fantástico, entiéndase temáticamente y literariamente, maravilloso ya en la palabra y el engranaje, con brujas no desveladas, hijos de vampiros, manos que crecen y llamadas imposibles. Sabía que siempre había latido en todas sus creaciones un pulso onírico, casi alucinado o alucinógeno a veces, sello que en otros autores latinoamericanos a veces me repatea pero bien, pero no en él, nada de eso. No se mostraba en el andino como sueño transfuga a la hora del te sino como fantasía pura y dura llegando a la fábula primigenia. Al hilo de este ovillo, dice Llosa, y yo no tengo más remedio que darle la razón, que uno de los mejores cuentos del argentino es “El ídolo de las Cícladas”, donde la fantasía se vuelve pura mitología y primitivismo, como si asistiésemos a una representación de “La consagración de la Primavera” de Stravinsky con menos violines y más hachas.

Cuando cito a Llosa me siento tremendamente envidiosa, más que por la excepcional calidad literaria del peruano, tanto para levantar novelas como artículos y críticas nunca simples, por el hecho de que conociese al escritor casi desde sus primeras publicaciones y que le uniese a él una buena amistad que se iría enfriando tras el divorcio del argentino y su seguro desvío sin retorno hacia la izquierda política, llámese en Hispanoamérica sandinismo, revolución cubana o similares.

Julio CortázarPara Llosa a partir de ahí Cortázar fue cuesta abajo y sin frenos o, por lo menos, dejó de gustarle tanto como escritor ya que evita citar ninguno de sus cuentos desde “Todos los fuegos el fuego” (1966) que, para mí, contiene piezas imprescindibles como “La autopista del sur”, revelación de la humanidad en un atasco imposible, “Reunión”, cántico despojado de toda gloria propagandística a los hombres que levantaron la Revolución Cubana, y “La señorita Cora”, dónde el reconocimiento en el ajeno llega a altas cotas de piedad y tristeza en la relación entre un muchacho hospitalizado y su enfermera. Por otra parte y sin embargo, aunque “Todos los fuegos el fuego”, cuento que da título al libro, es una obra perfectamente estructurada en varias épocas increíblemente ensambladas, que revela un dominio de la palabra único, me deja más bien fría, no me llega por la denuncia implícita que le resta eficacia al texto.

La verdad es que tras este arrebato cuasi revolucionario en la temática, porque ya en la palabra lo llevaba a cuestas muchos años, el escritor no volverá a ser tan explicito al citar lugares e ideas en sus cuentos, pese a lo que pueda opinar Vargas Llosa. El libro “Todos los fuegos el fuego” muestra la maestría del argentino a la hora de ensamblar narradores, palabras, tiempos verbales, juegos textuales, y sería bastante injusto reducirlo a un panfleto político sobre todo teniendo en cuenta la evolución del escritor hasta ese momento. ¿Es que acaso no se debe calificar también de obra maestra su trabajo anterior “Historias de Cronopios y Famas” (1962)? ... Dejando a un lado “Rayuela” (1963), claro, que ese es plato aparte y de los fuertes. Ya he dicho antes, en otro comentario, otro hilo y otro lugar, como adoro el libro de los bichos indibujables y como lo considero apto para todas las edades, recomendable para levantar el ánimo y para tomarse antes de ir a la cama en dosis abundantes. Es juguetón siempre, ácido cuando se lo propone, mordaz sólo en la justa medida, tierno a veces y fantástico siempre. Ese cronopio que se duerme bajo la flor…

Vale, debo reconocer que, como dice el señor del Nobel, hay grandes relatos antes de llegar a “Reunión” como “Las babas del diablo”, “Las ménades” o “Torito” entre otros que él cita (de entre todos estos me quedo con “Las ménades” que me divierte un montón cada vez que pienso en las señoronas que asisten a la ópera intentando devorar a los músicos y “Bestiario”, pérdida de la inocencia dónde los tigres son mucho más de lo que parecen). Y siempre el elemento ficticio salpicando páginas e ideas. Pero también hay otros cuentos que el peruano soslaya y que a mi mismidad le parecen únicos como el brevísimo y cuasi perfecto relato negro “Continuidad en los parques” dónde el juego que tanto fascina a Llosa en los relatos del argentino es como una suerte de habitaciones comunicadas que nos conducen siempre a la puerta de entrada…o de salida; “Circe”, dónde el título mitológico sólo encuentra explicación tras la narración del protagonista en su relación con su peculiar amada; la claustrofóbica “Ómnibus” de ruta ominosa a la que ayudan las flores y la percepción de no estar dónde se debe, obteniendo tintes buñuelianos muy perturbadores; “Casa tomada”, dónde nada sabemos excepto que la realidad jamás es lo que parece…y “Final del juego”, tan triste, imaginativa y hermosamente romántica.

Ay.

Portada de Cuentos completos 2 (Julio Cortázar)Me parece que no estoy haciendo ninguna justicia a esta obra. Releo lo escrito y encuentro ideas deslavazadas, referencias continuas a un autor multipremiado y apenas una pizca de originalidad al reseñar a un genio como el que estoy citando. Llosa por lo menos nombra sus experiencias junto al escritor y saca a colación sus libros “libros”, por así decirlo, como “Rayuela”, “62/modelo para armar” o el “Libro de Manuel”. Que quieren que les diga, de lo que no se sabe mejor no hablar y yo a ese novelista no le conozco: he intentado tres veces leer “Rayuela” pero es que no me sale, lo siento, igual me pasa con “Si una noche de invierno un viajero” de Calvino y acabo con dolor de cabeza y ganas de tirar el libro o el cerebro al inodoro.

A mi el argentino me gusta en las distancias cortas, que los libros que te dicen “ahora mira por dónde vas, salta aquí, vete allá, que si te pierdes no te encuentras y en el camino sólo se hallan los que tienen pies” me hacen pensar que nací unipoda y sin materia gris en el cráneo. Quizás tenga que dejar alguna década más de por medio como me sucedió con “El Quijote” que escondí debajo del colchón cuando iba al instituto y acabé por completo el verano pasado después de reírme un rato con el ingenioso hidalgo. Tal vez, a fin de cuentas, la experiencia sí sea un grado para afrontar ciertas lecturas.

Aún así…

Pienso que éste escritor es una lectura imprescindible para todas o en todas las edades: a todos dice algo y para todos tiene un juego, una frase, una palabra perfecta. Puede ser que, como a mí me ocurre se prefiera esa fantasía casi virgen de sus primeras historias, la inocencia que aún va rasgando las páginas con notas de esperanza, al progresivo desencanto y la escalada irónica que destila, por ejemplo, “Un tal Lucas” de 1979, libro de relatos ultracortos con el tal Lucas como protagonista insigne, que proyecta un halo de amargura sobre los viejitos Cronopios.

Aún así…

Tal vez, es cierto, los cuentos de sus últimos años, incluidos en “Octaedro”, “Alguien que anda por ahí”, “Queremos tanto a Glenda” o “Deshoras”, no me gusten tanto como los de sus inicios, pese a la sinceridad latente, sarcasmo, crudeza e ironía que cruza “Los pasos en las huellas”, realidad y perversidad de un escritor de éxito; pese a la impecable e implacable belleza de un relato como el que da nombre al tercer libro citado, donde la Glenda nombrada es fagocitada por sus fans en aras de la perfección. La realidad se muestra ya tan insobornable en todos ellos…como en “Pesadillas”, donde el coma de la protagonista es contrapunto del mundo hostil y violento que la acecha más allá del sueño.

Y, pese a todo, pese a la inocencia perdida y la realidad que nos acompaña como un asesino, de entre todos los cuentos de este autor yo me quedo, o más bien me contemplo en uno de esta última etapa, “Ahí pero dónde, como”, incluido en “Octaedro” de 1974, dónde el escritor se sincera y desnuda, en párrafos y frases quebradas, que se atropellan e intercalan sin descanso, al evocar el recuerdo y fantasma de un amigo al que no puede o no sabe dejar ir, vencido por la realidad, porque no le ayudó, porque no le salvó.

Me quedo con este autor porque, entre el sueño y la vigilia, él captó como nadie la necesidad de la fantasía, su unión inextricable con la vida, para poder comprender una realidad casi siempre cruel y, quizás, poder combatirla para que no nos ahogue, para que no nos venza, utilizando todas las armas posibles: el juego, la ironía, diferentes tiempos vitales y verbales en una misma frase, distintas narraciones fluyendo por un mismo cauce…

Aunque este sea un pobre homenaje a un escritor único, dejo aquí plasmada mi admiración sin fisuras a Julio Cortázar, a quien siempre deberé un sueño pacífico bajo una flor.

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