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| José Luis Valcarce 30/11/2010 |
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Resulta que al final el gran drama de Rusia no fue Rasputin, quien pese a sus innumerables faltas no acumuló pecados suficientes como para cargar con las culpas de Rusia. |
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Nevsky prospects: literatura rusa en traducción, uno de los proyectos editoriales que más me ha gustado en los últimos tiempos y que amenaza con volverse absolutamente imprescindible en nuestro panorama cultural, nos trae el relato del asesinato de Rasputin, narrado por su ejecutor, el príncipe Feliks Yusúpov. En una cuidada edición con prólogo narrativo de Patricia Esteban Erlés y un postfacio de Luis Antonio de Villena como broche final, asistimos al declive de la Rusia imperial y al final de una era ya cadáver y en busca de enterrador a través de un episodio ilustrativo de la coyuntura de la Rusia pre-revolucionaria.
Grigori Yefímovich Rasputin es uno de esos personajes oscuros y denostados en los que parece que a las propias sombras del sujeto se une una leyenda llena de la maledicencia de algunos y la ignorancia de otros. Su proximidad a la familia imperial rusa lo hizo objeto de envidias, comentarios y odios feroces, que él mismo alimentó en muchas ocasiones ya fuera voluntariamente o con su propia y extraña naturaleza.
Rasputin era un cuatrero, un embaucador, un borracho, frecuentaba a los gitanos, participaba en orgías... pero lo más grave es que es un mujik (campesino). El mujik es sucio, ignorante, perverso, corrupto... ¿Cómo puede tener la desfachatez de pavonearse ante un príncipe?
Esa leyenda negra en torno al monje ha calado y es lugar común caracterizarlo como una persona nociva, lunática, brutal, primaria... Yo mismo tenía y, en parte tengo, una mala imagen de Rasputin. Creía firmemente que dicha imagen era correcta, sobre todo porque las lecturas sobre la Rusia revolucionaria y sobre el desmoronamiento del régimen zarista me indujeron a ello. Pensaba que mi mapa mental estaba bien trazado y que tenía al elenco de personajes bien caracterizado. ¡Craso error!
Una de las grandes virtudes de "El final de Rasputín" (disponible en FantasyTienda) es la de mostrar, sin que quepa lugar a ambigüedades, la visión de Feliks Yusúpov de la Rusia zarista y de Rasputin. Así, al final del libro hay algo evidente: el asesino no era menos fanático que su víctima.
En el relato es imposible no sentir lo mismo que con otras memorias -pues memoria es aunque sea de un tiempo y lugar muy acotado- o con la comida de los aviones: un regusto artificial. Feliks Yusúpov narra cosas que son ciertas pero no lo cuenta todo. Semeja que, por motivos que pudieran ser diversos, cuenta una verdad parcial y distorsiona algunas cosas.
Lo primero que sorprende es que el propio autor, miembro de una clase decadente, históricamente caduca y condenada a desaparecer, intente presentarse como un patriota preocupado por el porvenir de Rusia que entra en tratos con Rasputin con la finalidad de eliminarlo para salvar a la patria. Semejante preocupación choca con la propia lectura ya que resulta claro que tiene una visión idealizada del sistema imperial y desconoce muchísimos aspectos de lo que estaba realmente sucediendo en la Rusia de 1916.

No cabe duda de que el príncipe estaba verdaderamente convencido de que su microcosmos era Rusia en su extensión y de que su cosmovisión era la realidad, una realidad perfecta e inalterable. Su idealización del zarismo se va destilando a lo largo de las páginas, con una inquebrantable creencia de que todo lo erróneo que pudieran hacer el zar o la zarina se debía a la nefasta influencia de Rasputin, cuya ascendencia sobre la Corte era innegable. Para Yusúpov no existe ningún error en el zarismo, la guerra contra Alemania y Austria es perfectamente justificable, el pueblo ama al zar y todo sería maravilloso si Rasputin no estuviera por medio. Hay una idealización obscena que no resiste el más mínimo análisis y una fetichización incluso graciosa de las figuras de Nikolai II y su esposa Alexandra Fiodorovna. Las referencias al autócrata o a su esposa en mayúscula “El Soberano”, “Él” o “Ella” muestran una adoración y reverencia más propia de Bizancio que de un país que se suponía que estaba entrando en el siglo XX.
Lo cierto es que en el libro se ven magníficamente las contradicciones de Rusia, el país cuyas élites hablaban en francés casi con más facilidad que en ruso pero que mantenía estructuras casi feudales (por mucho que Yusúpov presente como gran logro la supuesta emancipación de los siervos). Una Rusia plagada de príncipes, condes, duques, etc. viviendo en un mundo irreal y decadente. Un San Petersburgo de las élites que agoniza sin saberlo en medio de fiestas, habladurías y corruptelas, mientras a su alrededor, aunque no lo diga el libro, a la gran masa del pueblo ruso se le agotaban la paciencia y el amor al zar ahogados en la sangre de las trincheras y las privaciones de la guerra.
Para el lector que conoce lo que pasaba en Rusia en 1916 y sus consecuencias en 1917 (revolución de febrero, golpe de estado de Kornilov, revolución de octubre...) es evidente que el príncipe Yusúpov vivía en la Luna y que matar a Rasputin no solucionaría nada, puesto que el propio relato demuestra que el pobre monje lunático, y un tanto primario, a lo sumo era un síntoma pero no la enfermedad.
Rasputin aparece desde un primer momento descrito como el principal responsable, por no decir el único, de los males de Rusia. Ciertamente, como refleja Yusúpov, Rasputin hacía y deshacía a su antojo gracias a su influencia en la familia imperial, llegando a nombrar ministros y a acumular una enorme clientela. Sorprende que personas a las que cabría suponer medianamente formadas tales como los propios zares, miembros de la alta nobleza, políticos influyentes, etc. ya no sólo mantuviesen trato con Rasputin, sino que incluso tuviesen una fe ciega en el personaje. Pero a las adhesiones inquebrantables se contraponían las más profundas animadversiones y del relato podemos deducir que era un hombre que no dejaba a nadie indiferente: o se le odiaba o se le amaba.
Es destacable el esfuerzo de Yusúpov por denostar a Rasputin con calificaciones extremadamente peyorativas pretendiendo poco menos que privarlo de dignidad humana. Es descrito como si fuera un animal peligroso, una bestia abyecta, un ser diabólico y brutal. Con esa intención, incluso insinúa escandalizado que Rasputin le ha informado de sus proezas sexuales con algunas damas de alta cuna, lo que no debiera escandalizar a alguien como Feliks Yusúpov, ya que tal y como indica en el postfacio Luis Antonio de Villena, no era precisamente un santo.
Por mucho que lo intente disfrazar, la verdadera razón de la animadversión de Feliks Yusúpov -supongo que también de otros muchos nobles- es un odio de clase que emerge a lo largo del libro. Rasputin era un cuatrero, un embaucador, un borracho, frecuentaba a los gitanos, participaba en orgías... pero lo más grave es que es un mujik (campesino). El mujik es sucio, ignorante, perverso, corrupto... ¿Cómo puede tener la desfachatez de pavonearse ante un príncipe? ¿Cómo es posible que se codee con la zarina y nombre ministros? El hecho de que Rasputin hubiera llegado tan alto siendo alguien de tan baja cuna trastocaba el orden natural. Si los excesos los hubiera cometido un príncipe imperial probablemente casi nadie hubiera levantado la voz y seguramente tampoco se habrían tomado la molestia de asesinarlo.
Otro de los motivos que refuerzan la opinión de Yusúpov es la postura del monje respecto a la guerra y a los judíos. Según refiere, Rasputin afirmaba que muy pronto acabaría la guerra y que los alemanes eran hermanos y también hablaba en términos similares de los judíos. Personalmente me ha resultado sorprendente leer que Rasputin tenía una postura tan proclive a la paz y a la tolerancia, sobre todo la tolerancia hacia los judíos, quienes no gozaron nunca de una posición fácil en Rusia. Evidentemente Yusúpov ve en la postura de Rasputin una razón más para eliminarlo, insinuando además que el monje era un agente alemán (veánse las surrealistas referencias de Rasputin a los “verdes”).
Lo cierto es que el autor muestra en el libro un convencimiento rayano en la fe de que el asesinato de Rasputin sería el catalizador que llevaría a un cambio radical en la situación de Rusia. Su desaparición permitiría que toda la nación se pusiera bajo el mando del zar y aunando esfuerzos Rusia ganaría la guerra y, como en el cuento de la lechera, todos los eslavos quedarían unificados bajo su égida, se ganaría Constantinopla a los turcos y, finalmente, Rusia eterna y feliz resurgiría. Para su desgracia, tal y como indica hacia el final del libro, además de Rasputin estaban los revolucionarios, por lo que el gesto patriótico que Yusúpov y sus compañeros llevaron a cabo no fue suficiente.
Tras 83 años desde su publicación en París nos puede hacer gracia la visión de Yusúpov y resultarnos un personaje fuera de lugar, pero no olvidemos que muchos de sus coetáneos opinaban en términos similares. Resulta que al final el gran drama de Rusia no fue Rasputin, quien pese a sus innumerables faltas no acumuló pecados suficientes como para cargar con las culpas de Rusia. Lo que resulta más impactante es que quienes querían salvarla pensaron que la solución al problema pasaba por matar a un hombre y que luego todo volvería al cauce natural de la historia. No vieron que el paciente objeto de sus desvelos estaba ya muerto y que los zares y sus palacios eran restos del pasado caminando hacia el basurero de la Historia.
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