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| Fco. Martínez Hidalgo 01/09/2010 |
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En este ensayo, el autor nos propone una forma realista de pensar en el ideal al tiempo que actuamos coherentemente en su persecución o, por lo menos, en la parte que nos es posible alcanzar en cada momento. |
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Este ensayo de Hugh Heclo (Marion, Ohio, 1943), titulado "Pensar institucionalmente" (Paidós, colección: Estado y Sociedad 173, disponible en FantasyTienda), nos invita a reflexionar sobre nosotros mismos: sobre nuestra forma de organización social y las decisiones o consensos (conscientes algunos, inconscientes en su mayoría) que constituimos para nuestro gobierno. Desde la primera página denuncia los importantes límites de la tan románticamente exaltada imagen del individuo radicalmente libre, ajeno ante las restricciones, ignorante ante los límites y las alternativas, capaz de cualquier cosa y sin considerar responsabilidades o consecuencias sobre sus decisiones.
A esta imagen contrapone el resultado desconcertante de una personalidad sin referencias ni puntos fijos, la presión psicológica de una búsqueda totalmente falta de certezas, perdida entre una inaprehensible miríada de posibilidades y sin criterios para su evaluación. Donde todo es posible en igual manera, cualquier resultado es válido; cuando cualquier cosa importa lo mismo, lo mejor y lo peor dejan de existir para dar paso a la indiferencia.
Hugh Heclo desarrolla un ensayo de estilo dinámico y propuesta edificante que echa luz sobre el oscuro y poco claro concepto de institución; nos desvela las muchas confusiones que habitualmente tenemos en su concepción.
Las instituciones se presentan como entidades imperfectas, en cuanto son un producto de las interacciones humanas, cuyo objetivo primordial es el de fijar los valores fundamentales establecidos por un grupo cualquiera, y proyectarlos hacia el objetivo colectivo de su buen gobierno. Esta idea asume inherentemente la desconfianza que en todas las sociedades se muestra hacia las instituciones en cualquiera de sus formas (formal o informal), sus ámbitos (gubernamental o no), o los sectores sociales de los que forma parte (político, económico, deportivo…), como el resultado inevitable de las imperfecciones de quiénes las diseñan y las hacen funcionar –nosotros mismos.
Pero también pone en valor su imprescindible rol funcional dentro de los sistemas sociales, en cuanto reflejan y orientan las actitudes de los miembros de los grupos hacia los ideales positivos (democracia, responsabilidad, transparencia, bienestar, progreso…) que representan el horizonte o meta final de su constitución. Las instituciones nos recuerdan cuán buenos queremos -y podemos- ser, e intentan devolvernos al camino que podría acercarnos más a llegar a conseguirlo.
Contemporáneamente, el incesante goteo de errores (leves o graves, da igual) cometidos desde ellas nos han llevado a “pensar en” las instituciones, observándolas como agentes exógenos e interfirientes respecto a nuestra cotidianeidad, impidiéndonos “pensar desde” las instituciones, adoptando una actitud vigilante para con los ideales que en ellas conservamos, y defendiendo así su integridad de los abusos cometidos por las personas que las ocupan. Esta “forma particular de pensar” es evidente que no puede ocupar el primer plano en una sociedad compleja y dinámica, con problemas diarios de extrema relevancia y complejidad, por eso Heclo la singulariza como una “inclinación” que se manifestaría en las ocasiones en las que entramos a valorar nuestro papel en cuanto miembros de ese grupo o ese sistema social.
Pongamos un ejemplo de esto: una encuesta reciente mostraba que el 43% de los consultados justificaban el fraude fiscal amparándose en el contexto socioeconómico de crisis. Hacer lo que sea por conseguir ingresos en un momento de escasa demanda de trabajo implicaba, y legitimaba, la posibilidad de engañar a Hacienda. ¿Cuál es la perspectiva que este 43% de personas da a entender respecto a qué creen que es y para qué sirve la Hacienda pública?, ¿parece que están viendo en ella un mecanismo de obtención de fondos para la puesta en marcha de políticas paliativas del desempleo y de reactivación económica –una institución que representa los valores del pleno empleo y el bienestar social, o por el contrario parecen ver un mecanismo recaudatorio ajeno a su situación que simplemente les resta parte de sus ingresos?
Heclo denuncia este “pensar en” las instituciones (desde una perspectiva exógena y ajena a nosotros) como parte del problema por el que, inconscientemente, estamos contribuyendo a la deformación de sus ideales y al deterioro de su funcionamiento. En su lugar, propone la recuperación del “pensar desde” las instituciones como la forma en que podremos reforzar (empowerment) nuestra ciudadanía, devolver al primer plano nuestros ideales más positivos, y facilitar la recuperación de las virtudes y actitudes que contribuyen a un funcionamiento mejor (si bien siempre imperfecto, como somos de hecho los humanos) de nuestra forma de gobierno y nuestra forma de relación con los demás.
Llegados a este punto podría parecer que nos quedamos en una simple enunciación teórica, idealista y optimista, de un futuro improbable –los pesimistas dirán, con certeza, imposible. Sin embargo, Heclo responde a partir del quinto capítulo al reto de descender al ring de lo que está pasando, y afrontar directamente los problemas de unas instituciones (a veces) ocupadas por la ineficacia, la desorganización, el oscurantismo y, por qué no decirlo, la ineptitud y la negligencia –Alejandro Nieto sería un complemento muy adecuado para los lectores más interesados en esta parte del libro.
“Actuar institucionalmente”, establecer una coherencia entre la partitura y la interpretación, es la única forma de conseguir que la música institucional llegue a sonar como queremos que suene. En este punto se convierte en decisivo el comprender que cualquier institución social (la familia, la escuela, una empresa…) se asienta en la confianza de sus miembros en que los demás actúen como se espera que lo hagan: las expectativas de que la institución funcione y consiga sus objetivos se asientan en la coordinación entre todos sus miembros. El acto institucional, o el ‘actuar pensado institucionalmente’, no sólo evidencia esta coordinación entre partitura e interpretación o entre expectativa y comportamiento, sino que hace todo lo posible por perseguirla y lo imposible por evitar su malvada contravención.
Ante las posibles tentaciones de desvíos o usos perversos en los que cualquier persona puede incurrir, el “pensar institucionalmente”, incorporando los valores y principios que inspira la institución junto con su función social a nuestra perspectiva de evaluación, supone la asunción de la transparencia, la rendición de cuentas, la responsabilidad… y un conjunto de actitudes positivas que contribuirían a mejorar tanto el actual rumbo de desgobierno (guiño aquí a Don Alejandro), como las condiciones de nuestra convivencia en democracia.
Hugh Heclo desarrolla un ensayo de estilo dinámico y propuesta edificante que echa luz sobre el oscuro y poco claro concepto de institución; nos desvela las muchas confusiones que habitualmente tenemos en su concepción; distingue perfectamente el grado de humanidad que posee su funcionamiento y el grado de mitificación e idealización que imprimimos en su creación; y nos propone una forma realista de pensar en el ideal al tiempo que actuamos coherentemente en su persecución o, por lo menos, en la parte que nos es posible alcanzar en cada momento.
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