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       Artículo de literatura

Los hijos de las tinieblas (El Ciclo de la Luna Roja 2), de José Antonio Cotrina


Eidián   29/06/2010
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     El sortilegio que el mundo de Cotrina ha lanzado sobre nosotros nos sumerge de una forma muy clara: habla de nuestras vidas sin mencionarlas jamás.
Portada de Los hijos de las tinieblas (El Ciclo de la Luna Roja 2), de José Antonio Cotrina-Todo es diferente ahora. Todo. Lo noto en los huesos.
-Siempre es diferente. La luna cambia al mundo.
-Pero nunca son la misma luna ni el mismo mundo.


Todo es diferente. Siempre lo es porque siempre es cada día y cada día es único e irrepetible. Lo dijo un filósofo griego hace muchos siglos, milenios atrás: “Nadie puede bañarse dos veces en el mismo agua”. Pero el agua siempre fluye y por ello todo es igual y todo es distinto. Graógraman, el león grandioso y desdichado que creó Michael Ende para “La Historia Interminable”, lo expresaba de manera más enigmática y quizás más sencilla: “Eso ocurre cada día…siempre es distinto”.

También es otra esta novela que tengo entre las manos aunque pertenezca a una saga ya conocida, “El ciclo de la Luna Roja”, pues es el segundo volumen de una aventura que comenzó con el libro “La cosecha de Samhein”, aunque ella se titule "Los hijos de las tinieblas" (Alfaguara, 2010, disponible en FantasyTienda). No hay nada más dichoso para el corazón que retornar por senderos que fueron hollados con alegría una vez y yo he recorrido dichosa el sendero que ha renovado el autor de la novela, José Antonio Cotrina. Sin embargo el corazón es una víscera extraña que, pese a lo opinado por los científicos, está hecha de algo más que músculo y sangre: también se forja con contradicción y dolor y ambas cosas he sentido leyendo esta nueva novela del ciclo… junto a un deseo insano de abalanzarme sobre el cierre de la trilogía en cuanto sea publicado, lo admito. ¿Cómo no va a ser así si devoré la novela en dos días, con una noche entre atroz y mágica en que no podía cerrar el libro por más que lo intentaba?

Las aventuras y desventuras de Hector, Maddie, Bruno y los demás son el juego perfecto que Cotrina despliega ante nuestros ojos con maestría genial para que nos dejemos embaucar y sucumbamos ante los encantos de lo oscuro, de lo monstruoso e incluso cruel.

Reconozco que Cotrina lo tiene fácil conmigo (expresión equivoca pero que se adapta perfectamente a las circunstancias) pues ya me había convencido plenamente con el libro anterior, menos oscuro, menos cruel pero igualmente fascinante. No se puede leer el segundo sin llevar de bagaje el primero. “La cosecha de Samhein” era precisa para desembocar en estos hijos de las tinieblas pues era necesaria una presentación de los personajes que daban cuerpo a la historia, saber de dónde vienen, aventurar hacia dónde se dirigen en una historia que se hace más densa a cada paso que damos, más terrible y más precisa. Es increíble como Cotrina maneja los recursos del lenguaje, con que elegancia realiza sus descripciones hurtándonos detalles vitales que más tarde nos llevarán a lugares insospechados, empleando dobles sentidos, aprovechando recovecos de la historia no empleados anteriormente…

El autor sabe perfectamente adónde quiere ir y, lo que es más inquietante, adónde quiere llevarnos. El lector es en sus manos un espectador que se ve arrastrado por la vorágine de la historia con apenas ligeros descansos, inocentes, románticos, que muchas veces son seguidos de estallidos repentinos de violencia. Mucho más que en la primera parte, en este libro Rocavarancolia se nos muestra como una asesina implacable y feroz, que no se contenta con destruir la vida que le ofrendan si no que quiere arrancar mucho más a aquellos que se atreven a medrar en sus entrañas, su propio espíritu. No se explica de otra forma la evolución de algunos personajes, como se resisten a ello, como se abandonan a esa experiencia o como, desesperadamente, intentan recuperar aquello que se les arrebató.

La peripecia de sus protagonistas pende de un hilo y nuestra atención les sigue con un deleite entre culpable y ansioso a través de los tejados, en luchas imposibles, en el desierto mortal, en las riberas plagadas de restos de naufragios, en jardines de abandonada belleza, pues cada paso que dan nos lleva a querer saber más a la vez intuimos la inevitabilidad del desastre.

José Antonio CotrinaLos personajes evolucionan y desembocan en regiones que nunca hubiésemos sospechado para ellos, regiones oscuras, sombrías, dónde es difícil discernir qué es lo correcto y qué no lo es. Me permito citar aquí, y alguna otra vez más, a Cotrina (espero que a él no le importe):

-Es la vida […]. Es así. No hay que darle más vueltas. En muchas situaciones no hay malos, ni buenos, ni vencedores, ni vencidos. El mundo, la mayor parte del tiempo, es gris.

Puede ser pero a mí no me lo pareció mientras transitaba por las calles de Rocavarancolia con los chicos supervivientes de “La cosecha de Samhein”. Les había visto llegar en el libro anterior, les había visto luchar… les había visto morir y, ni aún así, me pareció que su mundo se tornase gris: para ellos tenía el color rojo y ominoso de la luna por llegar, el negro de la muerte y la desesperanza pero no el gris. Quizás el gris es, a fin de cuentas, el color de nuestro propio mundo y no el de ellos. No es, desde luego, el color de Rocavarancolia, ni aún en sus horas de decadencia y extinción.

Yo no se que me pasa con esta ciudad que ha creado Cotrina que me absorbe aún más profundamente que las andanzas de los muchachos que el escritor ha arrastrado de forma engañosa hasta allí. En el primer libro los chicos eran víctimas pero aquí… aquí se convierten en parte de la ciudad y nosotros con ellos. La oscuridad que les envuelve, que les ciega, que amenaza con destruirles, es también nuestra propia oscuridad, la que recorre nuestros pensamientos mientras elegimos nuestros favoritos o nuestros corderos de sacrificio tal y como hacen los habitantes de la ciudad. ¿Qué son para nosotros los protagonistas del libro, al fin y al cabo, sino los guías que han de conducirnos hasta la llegada de la Luna Roja? ¿Acaso no experimentaremos con ellos la convulsión que la gran luna provocará?

El abismo que existe en el corazón de Rocavarancolia nos arrastra hacia su fondo y no deseamos salir de él porque presentimos que es un abismo que puede hallarse en nuestro corazón.

¿Por qué debería ser de otro modo?

Las aventuras y desventuras de Hector, Maddie, Bruno y los demás son el juego perfecto que Cotrina despliega ante nuestros ojos con maestría genial para que nos dejemos embaucar y sucumbamos ante los encantos de lo oscuro, de lo monstruoso e incluso cruel. Porque es fascinación lo que sentimos al ver a Adrián y Darío en su particular lucha, deslumbramiento al percibir la batalla planteada por el Comeojos y sus insospechados aliados, maravilla ante las voces de los muertos que hablan sin ser escuchados… El escritor no duda en exhibir una crueldad mucho más terrible que la ya entrevista en las últimas páginas del libro anterior para que seamos forjados a plomo antes de sucumbir ante la majestuosidad del fenómeno rojo que destrozará vidas y nos hará irreconocibles para siempre. ¿No somos, al fin y al cabo, sólo una visión incompleta de lo que hemos deseado ser? ¿No ha latido en casi todos los corazones, al menos una vez en la vida, la pulsión de ser otro, de ser distinto, más rico, más alto, más feliz…?

Portada de La cosecha de Samhein, de José Antonio CotrinaPero, ah, ¿quién está dispuesto a pagar el precio?

Me pregunto si, frente a lo inevitable, haría yo lo mismo que los muchachos, luchar hasta el último instante a sabiendas de lo que pasará… y luego, ante la derrota, aceptarlo.

-Seréis vida nueva y frenesí, locura y destrucción […]. Y tiempo después, seréis nosotros: huesos, polvo y podredumbre. Seréis silencio, luego nada. Después, quizá, leyenda.

La madurez que adquieren los niños del primer libro es admirable, renunciando a sentimientos que nosotros damos por elementales pues Rocavarancolia es un lugar inmisericorde que no perdona la debilidad. Esto es tan evidente que vemos como hasta los mismos habitantes de la ciudad que se atreven a experimentar sentimientos como la empatía o la amistad son aniquilados por la realidad que les rodea. En este sentido el personaje de Mistral, el cambiante, se convierte ante nuestros ojos en un ser tan dolorosamente humano que no puede haber nadie a quien no conmueva su elección y su destino. Porque, mal que nos pese, los monstruos que pueblan Rocavarancolia nos hablan de nosotros mismos, de nuestras dobleces, de nuestros recovecos, de nuestras ambiciones, de nuestros más oscuros deseos.

-No somos monstruos –contestó la araña […]--. Somos hermosos –dijo--. Somos maravillas. Como lo es todo en este mundo que nos rodea, como lo es esa luna que se aproxima. ¿Monstruos? No. No somos monstruos. Somos milagros.


Sí, Rocavarancolia es el lugar de las más insospechadas maravillas y, por primera vez desde que llegamos a este lugar terrible y fascinante, podemos imaginarlo como un lugar de belleza soñada. Se nos describe de forma detallada la génesis de la ciudad, los personajes que intervinieron en ella, su maligna y terrible evolución, sus escasos lugares de dicha…Todo es posible en un lugar donde los milagros existen a cada paso, casi siempre llenos de mortal acechanza. Pero no por ello dejan de ser milagros, algo fuera de este mundo de donde hemos desterrado la magia y el encantamiento. Dónde sólo queda el gris…

Es por ello que el sortilegio que el mundo de Cotrina ha lanzado sobre nosotros nos sumerge de una forma tan clara: habla de nuestras vidas sin mencionarlas jamás. Habla de nuestros sueños, malos y buenos, sin juzgarlos, tan sólo mostrándonos las consecuencias de los mismos (todo tiene un precio…); diserta sobre la ambición del poder y sus consecuencias a través de esos dos hermanos que reclaman la tierra de malignas maravillas que forjaron; nos dice que todo cuanto amamos puede ser sólo una ilusión que destrozaremos con nuestras propias manos. De una manera ágil, amena, intrigantete, deslumbrante, el autor hace de este libro mucho más que una obra-nudo: tiene su propio principio, su propio desarrollo y su propio desenlace que nos conduce en derechura al tercer y ansiado libro que cierra el ciclo de la luna. Dónde todas las maravillas serán reveladas, dónde todos los monstruos serán redimidos… o aniquilados.

Para dar cuerpo a este desenlace que es puerta de paso hacia otra verdad mayor Cotrina utiliza la magia y la fantasía, la inocencia rota y la niñez quebrada, la oscuridad y la crueldad… pero también la luz y la esperanza, la esperanza que también es la Luna Roja y Rocavarancolia, esa ciudad maldita que cada vez conocemos mejor y a la que, mal que nos pese, aprendemos a amar. Y vendrá el día, ¡ah! terrible día, en que tendremos que abandonarla para siempre. Aunque puede que no sea así… Puede que la palabra sea algo más perdurable que un simple final escrito y que Rocavarancolia perdure para siempre como tantos lugares soñados y nunca olvidados. Quién sabe, oh Fantasía, quién sabe…

-¿Eres real?[…]¿De verdad eres real?
-No.[…]Ninguno lo somos, ¿no lo sabías? Sólo somos espejismos en una ciudad encantada. Si cierras los ojos muy fuerte, todos desapareceremos.
-Entonces no volveré a cerrar los ojos jamás.

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