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| Fco. Martínez Hidalgo 31/05/2010 |
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La novela nos invita a la reflexión crítica sobre las diferencias entre los luchadores por la libertad y los terroristas, los combatientes contra la opresión zarista y los malévolos sembradores de miedo y caos. |
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¿Quién es Boris Savinkov (1879-1925)? Como podemos leer en la excelente introducción de James Womack pocas certezas tenemos, aún hoy, sobre su persona y personalidad, obra y motivos. Si algo quisiéramos saber, siendo conscientes de la poca seguridad de cada pieza que encontrásemos –y pudiésemos llegar a encajar, deberíamos recurrir a las pocas huellas que sus decisiones y experiencias nos fueron dejando.
Boris Savinkov fue un consumado luchador antizarista y simpatizante izquierdista, cabeza pensante y/o colaborador en varios de los actos de terrorismo que salpicaron el reinado de Alejandro II y su hijo (y futuro Zar) Nicolás, llegó a formar parte del Partido Socialdemócrata Ruso y a ser un personaje de relevo durante el gobierno provisional de Kerenski y, aunque en un principio la Revolución Rusa parecía un proyecto político capaz de colmar sus expectativas e inquietudes, la imposición del modelo bolchevique lo llevó a posicionarse en la Guerra Civil con el bando de los blancos –al que ayudaría en funciones de mando.
El fenómeno terrorista de la época se lleva lejos del maniqueísmo interpretativo al que tan acostumbrados nos tienen los mass media, simplificándolo y sintetizándolo dentro de la lógica clásica amigo/enemigo, y situando al terrorista en una suerte de limbo moral, íntimo y social, en el que todo vale con tal de conseguir el único objetivo vital.
La victoria final de los bolcheviques y el bando rojo puso para a Savinkov en serias dificultades pero, siendo como era una reconocida figura de lucha antiimperialista, logró evitar seguir la estela de todos los ejecutados por traición en aquellos años, si bien acabaría suicidándose al tirarse de una de las ventanas de la prisión moscovita de Lubianka en 1925.
Aunque estos saltos y vaivenes tengan, vistos en conjunto, una coherencia frágil y una explicación poco fundamentada, o puede que precisamente por esto mismo, cobran especial valor las obras que Savinkov escribió y publicó en vida.
‘El caballo amarillo’ (disponible en FantasyTienda, publicada por Impedimenta en 2009, con traducción de James y Marian Womack), escrita por Savinkov durante su exilio parisino de 1908 –donde granjearía amistad con Picasso o Appolinaire, y publicada en Rusia en 1909 (no parece casual que Impedimenta se decidiese por esta obra en el primer centenario de su publicación), es el diario del terrorista George O’Brien y narra la preparación del atentado contra el gobernador general de Moscú, el sobrino del Zar y Gran Duque Sergei Alexandrovich –hechos en los que participó directamente Savinkov en 1905.
George O’Brien es, entonces, un trasunto -más o menos fiel- del propio autor que, aunque sea fantasmagóricamente a través de las páginas de esta novela, nos ayuda a intuir algo más de la personalidad de un Savinkov místico y escurridizo. El fenómeno terrorista de la época se lleva lejos del maniqueísmo interpretativo al que tan acostumbrados nos tienen los mass media, simplificándolo y sintetizándolo dentro de la lógica clásica amigo/enemigo, y situando al terrorista en una suerte de limbo moral, íntimo y social, en el que todo vale con tal de conseguir el único objetivo vital: la destrucción del otro como extensión y supervivencia de un yo amenazado por lo ajeno y su influencia.
O’Brien es el portavoz de un terrorismo nihilista y desapegado de cualquier sentimiento o razón ajena a la lucha. Aunque la reflexión sobre los motivos y posibilidades hace continuo acto de presencia, en ningún caso existen justificaciones o causas válidas más allá. La lucha en sí, como acto puro de destrucción, es una forma de supervivencia vital, la única que tiene el personaje de O’Brien de seguir dando sentido a todo lo que le rodea.
‘El caballo amarillo’ es una novela intensa e inmisericorde, directa y honesta, e incluso en ciertas partes amoralmente indigesta. Savinkov no escatima sinceridad para con sus propios claroscuros. Y nos invita a la reflexión crítica, tan poco común pero necesaria, sobre las diferencias entre los luchadores por la libertad y los terroristas, los combatientes contra la opresión zarista y los malévolos sembradores de miedo y caos, en definitiva, la dialéctica política desarrollada desde los actores aspirantes y propietarios del poder social.
En tiempos como los presentes, tan dados a la fe ciega construida a base de titular o imagen de impacto, Savinkov nos obliga a la reflexión fragmentaria del postmodernismo relativista, donde nada es (necesariamente) lo que parece. ‘El caballo amarillo’ nos pondrá los pelos de punta, nos sorprenderá y nos espantará, pero también nos abrirá los ojos sobre lo complejo que es comprender las cosas desde la perspectiva del miope, sin esforzarse en –por lo menos- ojear al otro.
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