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Fantasymundo entrevista a Rodolfo Martínez por El Adepto de la Reina y Drímar


Eidián   29/05/2010
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     Me gusta crear historias que sean interesantes y fabular mundos que resulten atractivos, pero en última instancia lo que de verdad me interesa son los personajes. Sentirlos reales, auténticos, implicarme con ellos.
Portada de El adepto de la Reina, de Rodolfo MartínezEl asturiano Rodolfo Martínez publicó su primer cuento en 1987, en el fanzine Maser, y desde entonces no ha dejado de escribir artículos, relatos y novelas, amén de varias incursiones como antólogo. Asimismo es un asiduo colaborador del Salón Internacional del Cómic del Principado de Asturias, la HispaCon (Congreso Nacional de Ciencia Ficción y Fantasía) y la Semana Negra de Gijón. Finalista de diversos premios (UPC con "Los celos de Dios" y "El alfabeto del carpintero", premios Café Gijón y Asturias Joven de Narrativa, Ignotus al mejor artículo...), ha obtenido el Premio Asturias a la mejor novela con "La sabiduría de los muertos" (1995), el Ignotus por "La sonrisa del gato" (1996) y "Tierra de nadie: Jormungand" (1997). En 2004 publicó "Territorio de pesadumbre", "Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos" y "El sueño del rey rojo".

El autor publicó a finales del 2009, bajo su sello Sportula, la novela "El adepto de la Reina" (disponible en FantasyTienda), en la que mezcla distintos géneros y épocas para crear una historia de intriga y espionaje. En abril de este año salió a la venta, en la misma editorial, "El carpintero y la lluvia" (también disponible en FantasyTienda), primera novela de su conocido Ciclo de Drímar. En Fantasymundo charlamos con este autor asturiano sobre sus pasados, presentes y próximos proyectos.


Fantasymundo: Ante todo, gracias por la oportunidad de hacerte esta entrevista (espero que no te moleste el tuteo) y, lo segundo, pedirte personalmente perdón por no conocer bien tu obra. Una vez leídos tus libros ganas me dan de pegarme una paliza. ¡Y me creo una crítica de literatura fantástica! ¿Crees que es para matarme, para pagarme un seminario o para decir: “es lo más normal”?

"Pero sin duda fue 'Star Wars' lo que acabó de decidirme. Yo quería hacer algo así. Y armado con eso, con un bolígrafo, una libreta y una inconsciencia total, sin tener ni la menor idea de dónde me estaba metiendo, empecé a escribir con doce años".

Rodolfo Martínez: El tuteo no sólo no me molesta, sino que lo prefiero. Generalmente, cuando alguien me trata de usted tenga la sensación de que está enfadado conmigo o me va a dar malas noticias. Como espero que esto no sea ninguno de los dos casos, mejor nos ceñimos al tuteo.

En cuanto a la paliza, uf, mejor lo dejamos, que es muy cansado ¿no? Además, en todo caso ya es un poco tarde para eso: al fin y al cabo, ya has leído algo mío y hasta parece que te ha gustado. Por algún extraño motivo eso suele predisponerme a favor de las personas, no sé muy bien por qué.

Fantasymundo: Bueno, pues empecemos por el principio: ¿que tal: “Y en el principio estaba Drimar…”?

Rodolfo Martínez: En realidad, habría que decir, “en el principio estaba Star Wars”. O “La guerra de las galaxias”, que era como la llamábamos en aquellos lejanos días de 1977 cuando nos quedábamos boquiabiertos en el cine alucinados ante lo que veíamos en la pantalla.

Fue la película de Lucas el chispazo inmediato que me llevó escribir. No el primero ni el único, porque me recuerdo a mí mismo con poco más de ocho o nueve años, yendo a clase e inventándome mentalmente nuevos episodios de mis series de televisión favoritas o nuevas aventuras de los personajes de los tebeos de superhéroes que leía.

Pero sin duda fue “Star Wars” lo que acabó de decidirme. Yo quería hacer algo así. Y armado con eso, con un bolígrafo, una libreta y una inconsciencia total, sin tener ni la menor idea de dónde me estaba metiendo, empecé a escribir con doce años.

Y aquí estamos. Sea donde sea.

Pero sí, podríamos decir que Drímar fue lo primero que empecé a escribir realmente “en serio”, tratando de crear un escenario ficticio coherente y amplio donde pudiera ambientar cualquier cosa que se me ocurriese.

Nació como un escenario fantástico, onírico, pero no tardó en derivar hacia la ciencia ficción y, para cuando di por terminada mi relación con él tenía cerca de cuatro mil años de historia galáctica, dos o tres novelas, varias novelas cortas y un buen puñado de cuentos ambientados en Drímar.

Así que sí, fue el principio, en cierto modo.

Fantasymundo: Visto que hace siglos (no aludo para nada a tu edad, ¿eh?) que se publicaron tus relatos sobre Drímar es normal que desees volver a terrenos conocidos y elijas ese mundo transitado para reeditar en Sportula, tu recién estrenado sello editorial del que luego hablaremos. Pero, ¿por qué esos relatos concretos?

Rodolfo Martínez: En realidad, una vez que decidí que Drímar, como ciclo narrativo, estaba completo, se había terminado, no tardó en ocurrírseme la idea de que sería buena cosa una especie de edición “ómnibus”, varios volúmenes que recogieran todo aquello ---o al menos lo que aún me parecía que merecía la pena--- que había escrito entre mediados de los ochenta y finales de los noventa y que había sido publicado un poco a salto de mata, por aquí y por allá.

Rodolfo Martínez, autor asturiano

Lo que no me imaginaba es que, con el tiempo, acabaría siendo yo mismo el que se encargase de esa edición. Pero de eso ya hablaremos más adelante, supongo.

¿Por qué esos relatos concretos? Bueno, la respuesta es sencilla: de todo el material que escribí en su momento sobre Drímar elegí para estos cuatro volúmenes que estoy sacando con Sportula aquello que me pareció que aún se mantenía en pie. Que funcionaba, que podía leerlo sin avergonzarme y creía que podía interesar a los lectores.

Cuando acabe la publicación de todo el ciclo (para 2012, si todo va bien, a ver si por eso va a ser que el mundo se acaba ese año, mira tú) espero que los lectores estén de acuerdo conmigo y encuentren interesantes estos libros.


Fantasymundo: Leí hace poco (hace unos días, para que mentir) una entrevista en la que asegurabas que Drimar como ciudad sería Gijón y como región Asturias. ¿Te ves capaz de ponerte a lo Clarín con una Gijón-Drimar a lo Vetusta-Oviedo y regalarnos una crítica dura de la realidad de tu ciudad?

Rodolfo Martínez: Uf, más bien no. No suelo hacer crítica social en lo que escribo. Al menos, no de forma deliberada. Evidentemente, a poco que estés implicado en el mundo en el que vives, tus ideas y opiniones sobre él, la forma en que te afecta lo que pasa a tu alrededor, acaba pasando a lo que escribes, de un modo u otro. Deformado, disfrazado, a veces caricaturizado, pero está ahí. Escribimos sobre lo que nos rodea. Siempre. Incluso aunque no creamos estar haciéndolo, incluso aunque no queramos hacerlo. Eso es inevitable.

Pero la disección social directa y premeditada… eso no es lo mío. Cuando escribo, mi motivación principal no es advertir sobre esto, avisar sobre lo otro o poner a caldo lo de más allá. Escribo porque he dado con una historia que me interesa: un ambiente, unos personajes, una peripecia que, de algún modo, me atrapa y no me deja tranquilo hasta que no le doy forma y la cuento. Por el camino van saliendo cosas con las que no contabas, vas poniendo elementos de ti mismo en lo que haces sin siquiera ser consciente de ello, muchas veces. Pero la motivación clara, directa, es mucho más primaria: escribo aquello que me gustaría leer.

Fantasymundo: Tanto tus relatos como tus novelas, sobre todo estas últimas, tienen un sello propio, el sello del mestizaje, en donde cabe de todo: desde fantasía a ci-fi, thriller clásico y relato de espías, ciberpunk y el Sherlock Holmes que recuerda eso de que si hemos desechado todo lo imposible lo que queda, por improbable que parezca, es la verdad…¿Verdad? (Ésta pregunta, por si me he puesto retorcida, es para que te explayes filosóficamente sobre tu trabajo y su relación con la actualidad).

Rodolfo Martínez: Es un poco lo que te decía antes. Nunca trato con la realidad de un modo directo: no pretendo reflejarla en lo que escribo.

Pero al mismo tiempo, pretendo que lo que escribo sea real. O, más exactamente, que lo parezca. Para que lo que te cuento te resulte interesante tienes que creértelo y para eso, como autor, tengo que hacer que parezca plausible, al menos mientras lo estás leyendo.

Así que cuando escribo un cuento o una novela, lo pongo todo, tomo todos los elementos que creo que harán que la historia parezca más auténtica y trato de armarlos del modo más adecuado.

Mi mayor interés (y esto ha ido creciendo con el paso del tiempo) son los personajes. Me gusta crear historias que sean interesantes y fabular mundos que resulten atractivos, pero en última instancia lo que de verdad me interesa son los personajes. Sentirlos reales, auténticos, implicarme con ellos.

Así que podríamos decir (y supongo que eso es una consecuencia inevitable de mi individualismo) que más que las sociedades me interesan los individuos que las componen, y cómo se relacionan, y de qué manera están atrapados por sus propios errores. En fin, todas esas cosas.


Fantasymundo: Reconozco que, desde que la he tenido en las manos, es precisamente esta mezcla de géneros (junto con tu envidiable agilidad de pluma, lo admito) lo que más me ha atraído de tu obra. ¿No crees que refugiarse en lo canónico, en cualquier tipo de género, es renunciar a la riqueza de la escritura?

Rodolfo Martínez: Siempre recuerdo una frase de William Gibson en la que concebía la cultura de finales del siglo XX como un gran supermercado. Entras con tu carrito y vas tomando de aquí y de allá lo que te interesa y armando con esos elementos dispares algo que, si eres bueno o tienes suerte, parecerá que estaba destinado desde el principio a estar junto.

Eso es lo que intentado casi desde que empecé a escribir. Al principio de un modo inconsciente. Y en los últimos años, a medida que volvía la vista atrás y reflexionaba sobre lo que había escrito, de una forma más deliberada.

Sí, me encanta el mestizaje. Adoro tomar dos personajes o dos escenarios que parecen imposibles de combinar y fusionarlos creando algo que funcione narrativamente y atrape el interés del lector.

Fantasymundo: Ahora llega el momento de decir que soy admiradora de Sherlock Holmes desde que tenía doce años y que me quedo con ganas de leer tus novelas sobre el personaje. Lo cierto es que muchos ya lo han tratado tras Conan Doyle y, a mí entender, algunas versiones son lamentables. Así que, ¿por qué elegiste al buen Sherlock y qué has aportado tú al habitante de Baker Street que lo diferencie de otros intentos?

"Mezclar cosas que, a priori, parecen imposibles de mezclar. Sí, confieso que me encanta".

Rodolfo Martínez: Bueno, tú misma has respondido a tu pregunta. El personaje de Sherlock Holmes es uno de mis iconos personales desde la infancia, desde que lo descubrí a través de la serie que Peter Cushing hizo para la BBC a finales de los años sesenta. No sé cuándo se pasó por España, pero no pudo ser mucho más tarde.

La serie me llevó a los libros de Arthur Conan Doyle. Y, como nos pasa a todos los aficionados, cuando acabé con el material original, quise más. Como no lo había (o al menos, no llegaba aquí) tuve que escribirlo yo mismo, y en la adolescencia escribí una serie de relatos protagonizados por un hipotético descendiente de Sherlock Holmes que vivía en España en un futuro cercano. Sí, mestizaje otra vez: Holmes y ciencia ficción.

Con el tiempo, descubrí la existencia de los pastiches holmesianos. De hecho, fue uno de ellos, “Adiós, Sherlock Holmes”, de Robert Lee Hall, el que en cierto modo me enseñó cómo debía ser un buen pastiche: tienes que ser fiel al original, no debes traicionar al personaje ni en sus actitudes ni en sus motivaciones, porque entonces, ¿para qué narices lo estás usando? Y al mismo tienes que hacer con él cosas nuevas, llevarlo por caminos por los que a su creador original no se le ocurrió transitar, porque, de no hacerlo así, para seguir haciendo más de lo mismo, mejor lo dejas.

Y eso es lo que he intentado en mis cuatro novelas holmesianas. Partiendo de una con un tono claramente canónico (narración en primera persona de Watson, ambiente victoriano, un misterio clásico, aunque con ciertos elementos sobrenaturales) he ido alejándolo cada vez más del canon, intentando con él mezclas cada vez más imposibles y, al mismo tiempo, he tratado de no traicionarlo en el proceso.

Algunos lectores opinan que he tenido éxito. Otros no.

Fantasymundo: Y, hecho que aún no se si perdonar o agradecer, abordaste la figura del odioso y asquerosamente atrayente James Bond en “El adepto de la reina”, aparecida en Sportula hace unos meses, debido a… (no me digas por admiración a Sean Connery porque eso no lo perdono. Grrrrrrrrr.)

Rodolfo Martínez: Bueno, Connery no me disgusta como actor, cuando se toma su trabajo en serio. Y su Bond, el Bond de sus primeras películas es, en cierto modo el que más me gusta: un asesino implacable, carente de escrúpulos y dispuesto a llevarse por delante a quien haga falta con tal de cumplir su misión. Sin remordimientos, sin culpas y sin pestañear. Un auténtico matarife, un psicópata.

La interpretación que ha hecho Daniel Craig en las últimas dos películas del personaje va un poco por ahí (cuando Craig se pone en plan implacable y te mira con esos fríisimos ojos azules da auténtico miedo) pero al mismo tiempo intenta recuperar algo del Bond original, el de Fleming, un personaje mucho más humano y mucho menos prepotente que el Bond que ha pasado al imaginario popular a través del cine. El Bond de Fleming es falible, tiene los pies de barro y no siempre tiene éxito. Es, en realidad, un superviviente. Cansado de hacer lo que hace, pero que sigue adelante porque no sabe hacer otra cosa.

Mi James Bond, el que conocí en mi infancia, era el de Connery, especialmente el de “Desde Rusia con amor”, la primera película de Bond que vi. Moore nunca me convenció, aunque me caía simpático: era casi como ver a Arturo Fernández hacer de James Bond. Timothy Dalton fue una gran decepción: en fotos, tenía la planta adecuada para el personaje, pero su Bond es desangelado, falto de gracia y aburrido. Lazenby no me gusta demasiado como Bond, pero curiosamente su película es una de mis favoritas de la serie. Y me gustaba mucho Pierce Brosnan: tenía un poco de la dureza de Connery y del humor de Moore, pero algo no acababa de cuajar en sus películas. En cuanto a Daniel Craig, confieso que me encanta: esa extraña mezcla de fragilidad y brutalidad que le ha aportado al personaje la encuentro muy interesante.

Vamos, después de lo dicho, no te sorprenderá si añado que el personaje es también uno de mis iconos personales.

¿Por qué?

En parte por todo lo que tiene de fantasía masturbatoria masculina, así de claro. El Bond cinematográfico, sobre todo, es el protomacho desencadenado, que todo lo hace bien, todo le sale bien, está cómodo en cualquier ambiente y sabe decir la palabra adecuada en el momento exacto, mata a sus enemigos sin despeinarse y sin remordimientos, se trajina toda hembra trajinable y se libra de ellas a tiempo para llegar a la próxima misión, donde encontrará otras.

Es, en cierto modo, una fantasía adolescente. Lo cual dice mucho de nosotros como especie y como cultura. Porque hablamos de un personaje que, ya sea a través de la literatura o del cine lleva gozando del favor del público (y no sólo del masculino) durante más de sesenta años.

Pero yendo a lo que íbamos, que ya me estoy enrollando demasiado, ¿por qué decidí usar el arquetipo jamesbondiano en “El adepto de la Reina”? Bueno, precisamente por todo lo que acabo de decir. Es un icono, un arquetipo, un cliché, y me apetecía buscarle un poco las vueltas, jugar con él, diseñar un personaje que, en cierto modo fuera su versión realista. ¿Cómo sería un tipo como Bond si existiese en el mundo real? Un psicópata, está claro. Y quería exactamente eso: no quería justificarlo ni volverlo simpático. No me interesaba que al lector le cayese bien. Quería que comprendiera al personaje, por supuesto, que lo sintiera real, pero sin traicionar lo que es.


¿Y qué es? Un monstruo, podríamos decir.

Así que tomé un personaje que, a primera vista, debería ser el “malo”, el antagonista y decidí convertirlo en protagonista. Decidí hacer una novela donde el personaje principal fuera un individuo odioso, un maldito monstruo, en realidad, y tratar de conseguir que, pese a eso, la novela gustase, la historia funcionase y, cuando hubieras leído la última página tu primer pensamiento fuera “¿para cuándo la próxima?”.

Y, no conforme con eso, decidí sacarlo de su escenario habitual, situarlo en un mundo de fantasía, un universo más cercano a las espadas y brujería que al tecnificado mundo de la Guerra Fría del siglo XX. Así que aproveché para tomar algunas de mis épocas y lugares favoritos, meterlo todo en mi coctelera mental y agitarlo bien a ver qué salía.

Mestizaje, de nuevo. Mezclar cosas que, a priori, parecen imposibles de mezclar. Sí, confieso que me encanta.

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