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Crash, dirigida por Paul Haggis |
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Crash se hace corta, muy corta, es una experiencia que no sólo entretiene, sino que nos hace pensar sobre el racismo en el plano personal. |
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Crash es un relato atípico sobre la vida de personas muy dispares que durante el transcurso de las horas que abarca la narración (no llega a los dos días completos) llegan a relacionarse entre ellas de una forma u otra. Siempre desde una perspectiva oscura y descorazonadora, este cuento es una aproximación muy realista a una sociedad de clases más o mucho más racista; no toma partido en ningún momento, sólo expone la vida de individuos que pueden ser más o menos indeseables, pero que son humanos, con sus mejores virtudes y peores defectos. Así, un policía tan racista que su compañero no puede estar con él, es un hijo ejemplar y un policía que cuando llega el momento arriesga su vida por cumplir su deber con los ciudadanos, sean del color que sean. El espectador puede odiar un personaje, sentir pena o identificarse con él, o cambiar de idea según avanza la proyección, pero no se quedará indiferente y saldrá pensando del cine, algo cada vez menos común.
Para introducirnos en su visión de las cosas, su director Paul Haggis ha elegido una fotografía que en un principio me resultó agobiante: el universo mostrado por la cámara no va más allá de los personajes que en ese momento son protagonistas, limitando toda clase de adorno o fondo salvo los elementos imprescindibles para la narración, como los coches (casi personajes propios). Estos encuadres tan claustrofóbicos quizá fueron la principal razón de que a los cinco minutos de proyección estuviera hipnotizado, sumido de lleno en cada momento y personaje, en cada retazo de sus aventuras. Un resultado más que notable que permite abordar sin pérdida de tiempo las personalidades excelentemente construidas y trasladarnos sin florituras al micromundo que son sus vidas.
Los actores no tienen tiempo de destacar, pues sus papeles están muy repartidos por el metraje, pero cada uno de ellos realiza una labor impecable. Incluso las estrellas que no me han llamado nunca la atención, como Sandra Bullock, pronto son otro personaje más y no un rostro conocido.
Haggis es también un maestro escribiendo, y enlaza este puzzle de caracteres e historias sin resquicios por donde se pueda escapar un minuto de metraje que pueda ser aprovechado o una frase que sirva para perfeccionar aún más unos personajes que nos llegan con una riqueza inaudita a pesar de su número y breves, en algunos casos esporádicas, apariciones. Ya sea un adinerado fiscal blanco, un negro ladrón de coches o un israelí paranoico con la posibilidad de ser atracado, este admirable guionista y ahora también director expone con absoluta claridad cada personalidad, abordando sus vidas como si siempre hubieran estado ahí y sólo estuviera grabando (de ahí que algunos críticos se refieran a este filme como un pseudo-documental). Haggis también trata sin tapujos un tema tan delicado como es el racismo, y lo hace sin juzgar, sin defenderlo, sin calumniarlo o exagerarlo para buscar efectismo.
El final de la película es quizá el único punto negativo destacable. El relato tarde o temprano tendría que acabar, pero debería haber tenido un cierre más o menos notable de las tramas; o el caso contrario, un final abierto que mostrara varios caminos, varias posibilidades, y que dejara parte del espectador aún dentro de las historias cuando hubiera salido del cine. Pero Haggis no ha conseguido darle ninguno de esos dos toques opuestos: el filme termina sin más, de forma un tanto sosa. Pero no crean que esta pequeña queja desvirtúa apenas el resultado general. Crash se hace corta, muy corta, y una experiencia que no sólo entretiene, sino que nos hace cavilar sobre los tipos de personas que hay, la forma en que entendemos el racismo y quienes son racistas... Probablemente la mejor película del año, aunque dudo de que gane el Oscar.
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