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Card intenta construir un clímax, una suerte de atmósfera inquietante, que jamás llega a concretarse. |
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Orson Scott Card es uno de los escritores especializados más conocidos por propios y extraños. Su ingente producción, siempre relacionada con letras y palabras, ha gozado desde sus orígenes del respeto del público y de la crítica. Ha cultivado los tres grandes géneros fantásticos -la Ciencia Ficción con especial contumacia- y en ellos ha logrado resultados globalmente aceptables.
“El cuerpo de la casa” (disponible en FantasyTienda), novela que nos llega ahora por cortesía de Alamut (el segundo encuentro, tras “Esperanza del venado”, entre el de Richland y Luis García Prado) es, presuntamente, la gran propuesta terrorífica de su bibliografía. Y decimos presuntamente porque el libro levanta dudas razonables conforme va avanzando, si no en su forma, desde luego sí en su fondo.
Card no está buscando escribir una obra que meta el miedo el cuerpo: utiliza el terror como cortina de humo, como pretexto, para intentar una suerte de adoctrinamiento religioso con más moralina que moraleja.
El primer y largo vistazo, que se corresponde con nuestro mayoritario paseo por las estancias de la mansión Bellamy, nos lleva a creernos que estamos ante una rara y originalísima novela de casa encantada, en la que el estadounidense ha subvertido con inteligencia varias de las líneas maestras que son características de este tipo de obras. Durante un tiempo nada desdeñable, nos deleitamos con la habilidad de Card a la hora de presentar una ficción terrorífica más insinuada, casi accidental, con un peso exiguo de lo paranormal, que omnipresente. El prólogo mismo que abre el libro se encarga de ponernos ante una tesitura ambigua respecto de la malignidad de la casa.
Pero luego, según van pasando los acontecimientos, y ya no es posible seguir dejándonos embaucar por los cantos de sirena de, por ejemplo, unos personajes bastante interesantes y firmes, nos damos cuenta de que realmente Card estaba intentando construir un clímax, una suerte de atmósfera inquietante, que jamás llega a concretarse. Lo único que logra, al poner el foco sobre las relaciones humanas, es que la trama poltergesit nos produzca asepsia.
Que los personajes nos conmuevan y se conmuevan no es malo ni reprobable (el género terrorífico, sin ir más lejos, está plagado de lecciones de grandes conflictos personales). Lo es cuando las intenciones que persigue el autor son, cuanto menos, espúreas. Francamente, Card no está buscando escribir una obra que meta el miedo el cuerpo: utiliza el terror como cortina de humo, como pretexto, para intentar una suerte de adoctrinamiento religioso con más moralina que moraleja. Tampoco esto es malo ni reprobable per se (si lo fuera, tendríamos que prescindir de siglos de literatura): sólo es pernicioso, perjudicial, cuando este adoctrinamiento se impregna de un fanatismo impresentable.

Card es mormón y no parece tener muchos deseos de ocultarlo. Una lectura atenta de sus obras (incluyendo las de Ender, y muy particularmente “La voz de los muertos”) nos permite localizar toda la parafernalia mística y fundamentalista en la que cree. Por lo general, ésta, que suele disculparse al constituir la obsesión inherente a todo escritor que se precie, suele tener su justificación en el texto. Es decir, de vez en cuando nos topamos con alguna referencia bien metida que enriquece la narración y que se instala, automáticamente, en el acervo del género. Pero eso no pasa con “El cuerpo de la casa”, volumen que se supedita a toda esa parafernalia y no al revés.
Los capítulos finales son demenciales. Gracias a ellos contemplamos todo el grueso de los sucesos y de los sufrimientos de los personajes desde el prisma adecuado. Don Lark, el protagonista, se nos aparece entonces como un sujeto lleno de defectos que, al alejarse de Dios y al no haberse esforzado por buscar su propia salvación, está condenado al martirio. Lo mismo sucede con otros comparsas, como Cindy Claybourne, la anticuaria que le enseña la mansión Bellamy (por cierto: Lark y Claybourne están sacados de la formidable película "Al final de la escalera"). La relación que mantiene Lark con el poltergeist que habita la casa, y la resolución de la novela, se ajusta muy bien, punto por punto y coma a coma, a toda esa ética protestante que tan inquisitivamente estudió y denunció Max Weber (como Alexis de Tocqueville antes que él) en uno de sus ensayos de cabecera (“La ética protestante y el espíritu del capitalismo”).
Así pues, la redención de Don Lark es una diatriba sobre la fe. El más allá, el mundo de los fantasmas, queda ridiculizado por la sempiterna e irresoluble duda del “qué vendrá después” en versión Mel Gibson. La firmeza en la fe, en el camino de Dios, lleva a la salvación y a la redención de los pecadores que pueblan estas páginas. Y, por supuesto, ofrece las respuestas debidas y protege contra el desconocido mundo inmanente.
Para que el lector no piense que el firmante de esta reseña está lleno de prejuicios y animadversión hacia la religión (si acaso, de ser cierto, lo estaría ante cierto tipo de religiosidad) dejo al escrutinio público una de tantas frases con las que Card pretende dogmatizar: “[…] Pero esta mujer no podía mantener una promesa ni seguir instrucciones […] Si la gente como ella tuviera ese tipo de habilidades, posiblemente no serían sin techo.” Vamos, que si se hubiera esforzado más, sería mejor persona. A eso se refiere Card. Y a eso nos referimos nosotros.
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