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       Artículo de literatura

Libros para los niños que siempre seremos: La grúa, de Reiner Zimnik


 Literatura juvenil
Eidián   17/03/2010
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     No sé que quiere decir esta tristeza que me abruma; me obsesiona una leyenda de tiempos lejanos.
Portada de La Grúa, de Reiner ZimnikHace mucho, mucho tiempo, cuando mi madre me cortaba el cabello con cuchilla y me decía que estaba guapísima con el pelo corto; antes de que me plantase y exigiese llevar melena; antes de arrastrar a mis progenitores a hablar con mi profesora de historia para que me permitiese estudiar esa carrera… Antes, digo, adquirí la extraña manía de ahorrar para poder comprarme libros. Por supuesto, con mi escasa paga (era y soy parte integrante de un quinteto de hermanos) no lograba llegar muy lejos: el hecho de que abriesen un “Todo a cien” en cada esquina fue para mí todo un acontecimiento.

Ausentes aún el factor euro, los productos “made in China” y la saturación actual, recuerdo con cariño la época en que los “Todo a cien” estaban llenos… de libros. Entraba entonces en estos comercios a pasar ratos de auténtico deleite y me compraba libros como quien compra chicles: no salía nunca sin llevarme al menos un par de nuevos rehenes para mi principiante biblioteca. Por raro que parezca ahora, me compré entonces obras como “La cartuja de Parma”, “Rienzi”, “Otelo”, obras de Feminore Cooper, Víctor Hugo, Gogol o libros sueltos de la Biblioteca Salvat como “El jugador” de Dostoieski, “Benito Cereno” de Melville o “1984” de Orwell. Confieso que muchos de estos libros no los leí hasta que pasaron varios años pero el placer y la ilusión que experimentaba comprándolos y llevándolos a casa era tanta que, a estas alturas de la vida, no puedo más que reconocer que ese tipo de alegría inocente ya no volverá.

"La Grúa", tomada simbólica o literalmente, es un canto a muchas cosas: a la amistad, al trabajo bien hecho, a la responsabilidad, al individuo frente a la masa, a la paz frente a la guerra, al valor, a los sueños, a la esperanza….

Pese a todo, hubo libros comprados y leídos ya entonces. Recuerdo que, en El Corte Inglés sobre todo (¡ay!, cuando era lo más de lo más en grandes almacenes), hacía acopio de libros algo más caros pero que gozaban de la ventaja de haberse editado recientemente. Fue entonces cuando adquirí libros de Austral Juvenil y los magníficos de la editorial Anaya (aunque estos requerían más tiempo de inversión, los puñeteros), de hecho aún recuerdo la enorme impresión que me causó tener entre mis manos “Las minas del rey Salomón” de H. Ryder Haggard. ¡Qué tiempos…!

Algunos de los Austral, que también engrosaron mi colección con los de Anaya, fueron “El misterio de la isla Tokland” de Joan Manuel Gisbert (algún día tengo que comentar aquí al menos una de sus novelas) o “Doneval” de Dunstan Martin. Y "La Grúa" (Kalandraka, disponible en FantasyTienda).

Reconozco que al principio, pese a rozar varias veces mis manos, nunca me decidí a comprar "La Grúa" de Reiner Zimnik (este año pasado de 2009 la editorial Kalandraka de Sevilla ha editado una nueva edición) pues la ilustración de la portada elegida por Austral no me llamaba mucho la atención (con esos pegotes de colores indefinidos aún me sigue pareciendo fea de narices) y el resumen me sonaba demasiado filosófico. Tuvieron que pasar un par de años más y un cartel de “últimas ofertas” para que comprase por fin el libro. Fue una de las decisiones literarias más acertadas que jamás he tenido: cuando me decidí a leerlo gané un nuevo amigo y un poco más de sabiduría.

He visto hace poco, con cierta sorpresa y regocijo, que "La Grúa" se considera ya un clásico de la literatura juvenil europea… No será desde luego en España a pesar de las numerosas reediciones (siete he contado) que ha realizado Austral aunque bien es cierto que su autor, Zimnik, alemán nacido en Polonia, tiene en su país casi la misma consideración que Michael Ende. Este autor tuvo que abandonar sus estudios para estudiar ebanistería tras la muerte de su padre aunque más tarde reanudaría sus estudios dando clases de pintura en la Academia de Arte de Munich. Sus libros están ilustrados por él mismo y todos ellos son parábolas o alegorías en apariencia simples a las que dota de ilustraciones en principio poco elaboradas, pero tanto texto como dibujos encierran más significados y más trabajo de lo que cualquier lector despistado pudiera creer.

Algo que me sigue sorprendiendo es que muchos sigan etiquetando a Zimnik de simplemente “juvenil” cuando es evidente que se necesita una mente con una cierta carga de años, de lectura y de madurez para apreciar del todo la profundidad de sus escritos: a ese respecto recomiendo a los escritores de reseñas que se pasen por su libro "Los tambores" que es mucho más que una crítica feroz a las guerras. Desde luego eso no quiere decir que los niños de 10 años no puedan leerlo, al contrario: Zimnik hizo sus libros sobre todo para ellos, para que pudiesen comprender y llegar a sus propias conclusiones sobre asuntos como la codicia humana, la ambición, la guerra, la política, etc., etc. "La Grúa" lo demuestra.

Reiner Zimnik

Para que el mensaje de su libro no fuese árido Zimnik también cubrió sus páginas de personajes entrañables, bondadosos, inocentes, arriesgados, voluntariosos (e incluso malos malosos) y puso en sus manos los medios para que, a través de sus acciones, de sus reflexiones y de sus palabras cualquier persona, pequeña o grande, pudiera identificarse con sus vidas, sus miedos, sus anhelos, sus dudas, sus alegrías, siempre con un lenguaje claro y límpido que llega directo a lo más hondo.

"La Grúa" en si tiene un argumento bastante claro: un día, en una ciudad en desarrollo, se decide construir una grúa para el puerto. Uno de los que la construyen se enamora de su obra y decide subir a ella y no volver a bajar. Consigue que le hagan conductor de la máquina y sufre numerosos percances en su labor (el sólo detiene a una terrible banda de piratas) pero la visión del mundo desde su atalaya compensa todos sus males. Desde arriba contemplará la vida y los hombres que pasan y la vida seguirá su curso, entre cantos a Lorelei y caramelos de eucalipto, a veces alabándolo, a veces ignorándolo: la ciudad crecerá, la codicia de los hombres también y un día estallará el conflicto que se llevará a los amigos del conductor, a la gente de la ciudad, a los culpables, a los inocentes…

“Los de un lado y los de otro cargaron las armas. Las balas volaron por encima de las olas y ardió la tierra, y al mediodía los hombres estaban tendidos de espaldas, muriendo a causa de las heridas. Eran jóvenes y en casa tenían una bici de carreras o un jardín, y muchos estaban en el equipo de natación, y de buena gana habrían seguido vivos...”

Son páginas atravesadas por la imagen de la guerra, un jinete sobre un caballo blanco que inspira miedo y dolor, plasmación física del absurdo humano al igual que los cuervos, que anuncian y esperan pacientemente la llegada de la muerte.

Pero la obra no acaba aquí.

A partir del instante en que el conductor queda sólo en su grúa comienza una nueva historia, una narración de lucha y renovación, con la ayuda de un águila que se convierte en su mejor amiga. Y transcurre el lento devenir de los años que traen el nacimiento de una nueva ciudad alrededor de la grúa, llegan nuevas luchas cotidianas y siguen pasando el tiempo que hace que todos los hombres envejezcan y todas sus obras se arruinen y desaparezcan…

"La Grúa", tomada simbólica o literalmente, es un canto a muchas cosas: a la amistad, al trabajo bien hecho, a la responsabilidad, al individuo frente a la masa, a la paz frente a la guerra, al valor, a los sueños, a la esperanza…Casi desde el principio el autor–narrador se afana por ofrecernos la perspectiva del conductor de la grúa como medida de todas las cosas y así se refleja también en las ilustraciones que casi siempre nos muestran un ángulo en picado, como si fuesen percibidas desde lo alto por nuestro protagonista. Cuando el autor tiene que plasmar muchedumbres se desdibuja, como si la masa diluyese la poesía; cuando tiene que mostrarnos a los políticos elabora con cuidado sus atuendos hasta hacerlos parecer ridículos; cuando ha de reflejar todo el drama de la guerra le basta un pájaro muerto sobre un fondo difuminado de ceniza…

Zimnik ha trazado su libro con el buen tino del artesano, lo ha elaborado con cuidado y lo ha ofrecido al público seguro de su trabajo. A veces lo más importante la labor paciente y callada del maestro en su oficio y Zimnik parece invitarnos a paladear con gusto una obra con muchos matices y significados.

Pero, si a pesar de todo lo dicho, a los mayores a los que me dirijo no se deciden a leer un libro tan rico y pleno, bajen de nuevo unos peldaños hasta la infancia, dejen que les invada de nuevo la sorpresa y la inocencia de Lectro, el amigo del hombre de la grúa, que pasea alegre por los caminos con su carretilla eléctrica, que no puede evitar parar junto a la carretera y gritar “¡pinchazo!” cuando necesita soñar entre los campos (una o dos veces al mes sólo…). Aquel que vio al león de plata en su escalera, ese león que sólo pueden ver los inocentes y los niños.

¿Alguno de ustedes lo ha visto?

Permitan que el león de Lectro les alcance y les espere junto al camino y, tal vez, se vean paseando de nuevo con el hombre de la grúa, cubierto por ese sombrero coronado con esa hermosa pluma azul, y acompañado por Doña Águila, su amiga. Caminaremos con ellos hacia esa puesta de sol un poco más sabios, más serenos, con una nueva luz en el corazón y con una canción en los labios.

“El aire es fresco, cae la noche, y el Rhin corre tranquilo; la cumbre de la montaña brilla al resplandor de poniente…Y todo fue por la canción de Lorelei”

Aún sigo teniendo en los bolsillos caramelos de eucalipto…

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