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       Artículo de literatura

La estación del crepúsculo, de Kate Wilhelm


Eidián   08/03/2010
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     En algunos aspectos Wilhelm está acertada, pero creo que las cuestiones psicológicas y sociales le quedan un poco grandes.
Portada de La estación del crepúsculo, de Kate WilhelmEn 1977, cuando Katie Gertrude Meredith (más conocida como Kate Wilhelm), ganó el premio Hugo (y el Locus, y el Júpiter) su galardón era casi un reconocimiento a todas las escritoras que en ese momento se dedicaban a escribir ci-fi (la pionera fue Ursula K. Le Guin, en 1969, con "La mano izquierda de la oscuridad", cuya reseña está publicada en esta página). El libro que presentó, “Donde antiguamente cantaban las dulces aves”, fue alabado como pionero en el tratamiento del tema de los clones y como una muestra de que, finalmente, el espíritu humano, individualista y libre, puede superar todos los obstáculos y sobrevivir.

Bueno, pues vale.

Será que los años no perdonan pero, a pesar de que este es un libro que se lee con agrado (un punto a su favor muy importante) lo cierto es que a veces parece que de sus hojas caen bolitas de naftalina. Hay ciertas ideas que envejecen mal y se nota.

A pesar de sus carencias, no negaré que es un libro entretenido (si obviamos los pajarillos del capitulo inicial) que va cobrando cada vez más interés y que acabas si no con pena al menos con gusto.

Hace unos meses Bibliópolis Fantástica público una reedición del libro de Kate Wilhelm bajo el título "La estación del crepúsculo" (Bibliópolis, 2009, disponible en FantasyTienda), título que, sinceramente, no se muy bien de donde sale (imaginación del editor, seguramente) ya que la publicación apareció bajo el nombre ya citado de “Donde antiguamente cantaban las dulces aves” que es el título original del primer fragmento de la obra y que nos remite a un soneto de Shakespeare… frase del cisne de Stratford-Upon-Avon que me parece tremendamente cursi en este contexto, lo admito. El título original, en sí, ya es toda una declaración de por donde van a ir los tiros puesto que toda la obra es un canto a la naturaleza sin manipular frente a los excesos humanos que nos llevan al desastre como raza. Para demostrar que, pese a todo, el ser humano, como individuo, es capaz de sobrellevar el desastre cuando vuelve sus ojos a lo natural y a lo que hay en él de original y único, Wilhelm elaboró un fix-up (tres novelas cortas continúas que conforman un todo temático) que va de lo ridículo a lo encomiable.

He de admitir que leer el primer fragmento de la novela (bajo el cursi título de las avecillas) hizo que me saliesen los bajos instintos puesto que, enarbolando esa bandera individualista-a-toda-costa que los norteamericanos a veces sacan a pasear, los errores colectivos se salvan gracias al ingenio individual: la raza humana es idiota pero el hombre es inteligente. ¿Y que mejor lugar del mundo para demostrarlo que el medio oeste norteamericano, tierra del paraíso y del hombre blanco adinerado?

Mejor no voy a abundar en este tipo de tópicos que me sublevan. Así, frente a gobiernos inútiles que no saben ver el desastre que se avecina, surge el genio de un pequeño grupo humano adinerado que se prepara para el debacle apocalíptico y que antepone la salvación de la raza humana a los intereses propios. Dicho así suena maniqueo y la escritora, francamente, no hace que lo parezca menos puesto que todos los personajes que aparecen están decididos a ese sacrificio mientras que no surge ninguna voz discordante ni con los métodos ni con las formas ni con ná: no hay dudas en el grupo, no llega nadie para destrozar sus ideales, nadie les ataca, no llegan extraños que pidan su ayuda, no se explica porque surgen las epidemias y demás males que afligen a la humanidad y así se llega de forma “lógica” a la búsqueda de soluciones que se orientan a la perpetuación de la especie una vez vislumbrado el “más allá” del fin del mundo.

Hay una larga serie de preguntas sobre ese fin que no se nos aclaran y, encima, sólo se nos da una versión de todo lo que sucede, la del protagonista que, por lo menos a mí, no me parece muy espabilado pese a sus estudios de biología. El caso es que en ese paraíso que se han montado no surgen disputas, nadie les agua la fiesta y, finalmente, realizan exitosamente experimentos sobre clonación que asegurarán la permanencia de la especie humana. Sin embargo los niños les van a salir rana: muy apiñaditos y sin dejar entrar a los viejos en el grupo.

Kate WilhelmEl segundo capítulo de la obra, “Shenandoah”, comienza con una comunidad de clones ya establecida (¿qué pasó con los humanos que quedaban en el capítulo anterior? ¡Ah, misterio!) de donde se separará Molly, integrante de una expedición por río a Washington en búsqueda de información que asegure la pervivencia de los clones. Durante esa expedición se nos dan los puntos clave para que veamos en que se diferencian los clones de los seres humanos normales, su vinculación psicológica (ahí se percibe cierta empatía que roza la telepatía y que hace parecer a los clones un único organismo con muchas cabezas) que les hace imposible vivir normalmente si están lejos de sus hermanos. Separada de los suyos, Molly se aliena descubriendo el arte y con él el individualismo, características que no desaparecerán tras su regreso, algo inadmisible en una sociedad que concibe el extrañamiento entre hermanos como un mal que debe ser curado o extirpado. Alejada del grupo principal Molly concibe un hijo con otro rebelde a su pesar, hijo del que le obligarán a separarse tras haberle criado en secreto durante cinco años. El final del capítulo, a mi parecer, es de lo más bobo que tiene la novela, queriendo ser poético y rozando más bien lo ridículo.

El hijo de Molly, Mark, es el protagonista del tercer capítulo, “En el punto de equilibrio”. Él es y será el verdadero individualista que conmueva los cimientos de la sociedad en la que le han incluido a su pesar. Pese a ser un rebelde desde su infancia, su capacidad para aventurarse en los bosques, en lo desconocido, lo vuelven imprescindible para las misiones de abastecimiento río abajo. Mientras a Mark le resulta imposible adaptarse a la comunidad de los clones, ésta inicia una lenta degeneración debido a la sucesiva pérdida de capacidad creativa (de imaginar y solucionar problemas, vamos) en las nuevas generaciones de clones. Concluyendo, la sociedad clónica está condenada al estancamiento y, por tanto, a su desaparición porque lo que no evoluciona y se adapta desaparece (Darwin dixit). Mark, ante los deseos asesinos que levanta su presencia y lo inevitable de la situación entre los clones toma sus propias medidas que lo llevan de nuevo a los bosques (el tipo éste le hubiese gustado a Thoreau seguro, ya saben, el de “El club de los poetas muertos”: ‘Fui a los bosques porque quería vivir a conciencia’, etc.). Y es que es todo tan bonito entre los árboles: el forzudo leñador, la bella y joven esposa que espera en casa y los retoños corriendo descalzos por la hierba… ¿Alguien ha visto el sketch de los Monty-Python donde canta un leñador mientras un coro de policías montados del Canadá le hacen los coros? Pues la obra de Wilhem alaba los tópicos de los que los Monty-Python se carcajean.

No puedo dejar de recordar el comentario que leí sobre esta obra y que comparaba la sociedad clónica con La Casa de la Pradera con úteros artificiales. En realidad tiene toda la razón porque, a pesar del interés progresivo de la obra (que de una noñería y canto inmaculado a la naturaleza por lo menos pasa a consolidar los caracteres de sus protagonistas hasta hacerlos creíbles y humanos) siempre pesa sobre ella esos bosques perfectos, esos pájaros sonoros y esos paisajes maravillosos que dicen: venid, venid, aquí está la verdadera vida… ¡Es todo tan bueno y bonito en el bosque!. A esta sobremagnificación de la naturaleza contribuye que la autora no se desenvuelva muy bien en el terreno científico (pasi misi, pasi misa y ya hemos superado todos los problemas de las sucesivas generaciones de clones y ni nos hemos enterado) y cargue las tintas en lo malas que son las colectividades cuando se extirpa de ellas todo individualismo.

No sé, pero viendo la época que era (aún a mediados de 1970) y con ese canto desaforado a la naturaleza y al individualismo humano, se diría que la escritora buscó unir el flower-power, la estupidez de los gobiernos, el temor al comunismo tipo soviético, el rechazo a las guerras y la prevención de la genética aplicada a la realidad cotidiana. En algunos aspectos como el de los peligros de la genética y los clones se puede considerar que la Wilhelm estuvo acertada (ya para esa época se llevaban años experimentando en estos terrenos) pero creo que las cuestiones psicológicas y sociales le quedan un poco grandes y, desde la distancia, bastante pastelonas.

Aún así no negaré que es un libro entretenido (si obviamos los pajarillos del capitulo inicial) que va cobrando cada vez más interés y que acabas si no con pena al menos con gusto. Pero de eso a afirmar como dice la contraportada que es “posiblemente la mejor novela que ha dado el género sobre el tema de la clonación”…

Como decía antes, pues vale.

Para gustos se hicieron lo colores, que suele decir mi madre.

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