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Antes de Civil War, antes de Identity Crisis,de Supreme Power… Gruenwald ya mostró en una miniserie de los años 80 que no estaba todo escrito en el género de los superhéroes. ¿Es el Escuadrón Supremo “Watchmen antes de Watchmen”? |
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De esta manera comienzo un artículo sobre este tomo que reúne los seis primeros números de esta célebre miniserie junto al pequeño cruce con la serie del Capitán América. Panini ha decidido, por fin, sacar esta olvidada colección que clamaba a gritos una reedición a la altura de las circunstancias. Y es que los lectores más veteranos siempre han tenido en boca las obras de Gruenwald a la hora de hablar de superhéroes modernos, atípicos y polémicos. Los más jóvenes, sin embargo, no hemos podido catar nada de este fallecido escritor, ya que sus obras no han sido rescatadas del olvido en este país. Hasta ahora.
El Escuadrón Supremo nace a partir del deseo de los fans de ver enfrentados a los dos grandes supergrupos de las editoriales de superhéroes más importantes de la industria del cómic. Estos son la Liga de la Justicia (más conocida como la JLA hoy en día, con las siglas originales de Justice League of America) y los Vengadores. Como en décadas pasadas era impensable un cruce entre editoriales, algunos guionistas y editores decidieron que lo mejor era crear una especie de calcos lo suficientemente reconocibles para tener contentos a los lectores. Así pues, algunos de ellos se vieron alegremente recompensados con esta versión de la Liga de la Justicia, llamada Escuadrón Supremo, con todos los integrantes de la Distinguida Competencia (DC, para quien no esté acostumbrado a esta forma de llamar a la editorial que tenía el famoso Stan Lee) convenientemente representados, con diferentes nombres y compartiendo poderes. Sin embargo, pese a que este grupo se las vio con los Vengadores un par de veces, tuvo la extraña oportunidad de apartarse de sus fuentes originales para ser algo diferente y con personalidad en una miniserie que destacó en los años ochenta por su manera de presentar a los superhéroes como una fuerza de gobierno mundial. Algo sorprendente por aquel entonces, ya que el género nunca ha estado muy ligado a la política, aunque ahora cueste creerlo.
Lo increíble a la hora de leer el Escuadrón Supremo de Gruenwald es encontrar a lo largo de estos completísimos primeros seis episodios de la miniserie tantísimos conceptos transgresores e interesantes que ya sorprendieron a muchos en obras posteriores a esta. A la cabeza nos vienen obras como Civil War, Authority, Identity Crisis y muchas tantas historias atípicas y trascendentales de superhéroes. De hecho, tras leer el primero tomo, no es difícil encontrar obvia la elección de J. M. Straczynski de escribir otra versión moderna de este Escuadrón en su Supreme Power de la línea MAX, pues ya retomó varios conceptos de este cómic de Gruenwald para su propia obra maestra de Top Cow: Rising Stars. Irónicamente, y para alivio de muchos, la versión que nos ocupa no tiene nada que ver con la que hemos podido disfrutar esta década, porque Gruenwald no buscaba analizar psicológicamente a los personajes hasta niveles exhaustivos como sí hizo Straczynski, con largos números dedicados al análisis de cómo puede alguien con superpoderes adaptarse a un mundo donde podría hacer cualquier cosa. No, el punto de partida de este Escuadrón Supremo es gobernar el mundo, pero no un mundo realista con múltiples referencias ni nada parecido.
Y es ahí donde habría que discrepar con todas aquellas opiniones que se dedican a ensalzar esta obra a niveles estratosféricos. Bien cierto es que desarrolla temas sobre la justicia, la moral y el control de la sociedad que se adelantan a su tiempo y que sólo obras posteriores se atreverían a tratar de una forma coherente e inteligente en muy contadas ocasiones. Cosas como el lavado de cerebro para los reclusos arrepentidos, considerado humanitario (qué mal empleo se ha hecho de esta palabra a lo largo de la Historia) en un mundo gobernado por superhéroes que deciden incluso quitarnos todas las armas para evitar que les demos un mal uso. Son gente con pies de barro, tal y como quería presentarnos Stan Lee allá en los años sesenta, pero de moral polémica y cuestionable, donde la fina línea entre el bien y el mal se hace cada vez más difusa. De hecho, Gruenwald es tan osado que incluso se atreve a hacer que sus personajes cometan errores antes impensables para los superhéroes. Ya que aquí, al contrario que en otras series más longevas y clásicas, todos piensan por su propio beneficio, como siempre debió ser para hacer más interesante el género.
Por todo esto, esta miniserie, recopilada en dos tomos, es altamente recomendable para cualquier fan de los comics actuales del género, especialmente para aquellos que crean que todo se ha inventado en esta controvertida y agitada época, cuando hay gente en los lejanos ochenta que ya era capaz de ofrecer tramas tan interesantes y atrevidas como las que he mencionado anteriormente. Sin embargo, no es en absoluto el “Watchmen de Marvel” que todos comentan o pretenden ensalzar, esa es una calificación injusta para una miniserie tan sobresaliente que, pese a todo, no se acerca a los niveles de calidad y complejidad de la célebre obra de Alan Moore. Y esto se debe a que, pese a que en el fondo pueden llegar a igualarse por todos los conceptos que se atreven a presentar, el Escuadrón de Gruenwald, en la forma, sigue siendo un cómic de superhéroes clásico, con todos los tics y los eternos bocadillos de pensamiento que pretenden dejar bien claro por qué pie cojean los personajes en todo momento. Es más, en algunos momentos hay versiones maniqueas de villanos que se atreven a declararse como tales tan abiertamente que resulta ridículo. No por ello es un cómic mal escrito, pero donde trasciende no es precisamente en sus recursos narrativos, sino en el uso del superhéroe como figura autoritaria y, finalmente, fascista.
Cabría destacar que el último número de este primer tomo no pertenece a la miniserie, pese a que es crucial para entender el devenir de los acontecimientos que se presentarán en el final de la susodicha. Se trata de un crossover con el Capitán América, colección que Gruenwald también escribía por aquel entonces. Podría haberse hecho de otra manera la reunión que puede verse en dicho número, que es más curiosa que trascendental, pese a que trata un tema muy interesante como puede ser el deber de inmiscuirse en asuntos lejanos a un país o la tierra de uno. Sin embargo, no hace más que restarle importancia a una miniserie que no necesitaba codearse con ningún otro personaje de Marvel para ser destacable. Pese a todo, el cruce es coherente y está bien escrito, así que no molesta demasiado.
Por otro lado, Bob Hall no es Dave Gibbons y tampoco es que pretendiera serlo en una época donde gente como Neal Adams, John Byrne, Gil Kane, George Pérez y John Buscema repartían la pana. Por tanto, estamos ante un dibujante clásico, que no llega a sorprender o impactar del todo y que ha envejecido bastante mal con el paso del tiempo. Pese a todo, sería injusto decir todo esto obviando su más que aceptable calidad en cuanto a narrativa, ya que pese a sus limitaciones ofrece un trabajo claro y correcto, especialmente cuando sus lápices son entintados por John Beatty, notándose, por desgracia, su ausencia en los tres últimos números del tomo. Y es que Beatty logra hacer mucho más destacable el dibujo, gracias a que juega con el grosor de la línea y la trama de puntos, ofreciendo en algunos momentos una atmósfera más realista y rica en detalles. Volviendo al dibujante, se podría resumir como expresivo, supo dotar a los personajes de unas caracterizaciones correctas. Quizá falle en la tosquedad del trazo y en la falta de detalles en algún momento. Más artesano que artista (por lo poco experimental) Bob Hall realiza un correcto trabajo que, desgraciadamente, no permanece mucho tiempo en la retina de un lector más exigente en los tiempos donde el photoshop se dedica a ensalzar hasta el más paupérrimo dibujo.
En definitiva, Escuadrón Supremo de Gruenwald está lejos de poder considerarse una especie de Watchmen antes de Watchmen, pero es una calificación injusta para una miniserie que realmente está adelantada a su tiempo en los conceptos que presenta, que tanto recuerda a otras obras consideradas modernas y transgresoras. Es, en otras palabras, una grata lectura que nadie debería perderse, no sólo por lo interesante que resulta al relacionarla con obras posteriores, sino porque es más que notable por méritos propios. Sin duda un acierto para la línea Marvel Gold.
A ver qué nos depara el desenlace. Un servidor ya se está mordiendo las uñas con la espera.
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