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El ojo del tiempo, de Arthur C. Clarke y Stephen Baxter
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A pesar de todo estos fallitos, y de algunos titubeos en la edición, El ojo del tiempo se deja leer muy bien. |
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“El ojo del tiempo” (La Factoría de Ideas, 2007, disponible en FantasyTienda) es pasto de mitómanos. Escrita a cuatro manos y publicada originalmente en 2004, la novela constituye el testamento literario de Arthur C. Clarke. Su muerte, acaecida en 2008, no sólo teñiría de luto a la Ciencia Ficción, obligada a despedir a uno de sus más grandes valedores, sino que dejaría huérfana e inconclusa a la presunta trilogía que encabezaba, precisamente, nuestro libro.
Da la impresión de que los autores hayan puesto frases a sus criaturas siguiendo una rotación, como si se hubieran autoimpuesto, durante la redacción de los diálogos, alguna clase de cuota.
Clarke abandona el género en el que lo fue todo con una novela más aventurera que científico- fantástica. Junto al matemático Stephen R. Baxter, ganador de algún que otro Locus, y voz predominante de una nueva ola (generacional) de la Ciencia Ficción británica, construye un libro apocalíptico, que puede leerse tanto en clave desesperanzadora como rabiosamente optimista. Y es que “El ojo del tiempo” especula sobre la vida tras un holocausto – la Discontinuidad- que cambia el mundo.
La Discontinuidad supone la convergencia en un espacio simultáneo de varios tiempos y eras divergentes, hostiles o no para cualquier forma inteligente de vida. Este retorcimiento de la realidad dimensional permite que convivan Gengis Khan o Alejandro Magno, mongoles y macedonios, a los que separan más de diez siglos; asimismo, ofrece a Clarke y a Baxter la excusa para presentar a sus protagonistas del siglo XXI, los militares Bisesa Dutt, Casey Othic o Abdikadir Omar, y los astronautas Kolya, Musa y Sable Jones, vecinos imposibles del último rescoldo del Imperio Británico en la faz de la Tierra.
La Discontinuidad va a caracterizarse por la aparición de una esfera plateada y gravitante, rodeada por una anomalía magnética, y absolutamente perfecta. Esta esfera, este ojo, bien pronto se convierte en motivo de seria preocupación para algunos de los náufragos temporales, angustiados ante la idea de que pueda ser una pantalla mediante la cual inteligencias superiores y despiadadas controlen sus destinos en este nuevo mundo. La circunstancial tesis de la predestinación temporal, núcleo presumible de esta obra, acaba resultando efímera cuando ni Clarke ni Baxter se molestan en desarrollarla de una manera creíble o en explicarla con la debida consistencia.
En lugar de eso, dedican las páginas finales a resolver, un tanto atropelladamente, su libro, viniendo a demostrar, en primer lugar, que “El ojo del tiempo” fue un divertimiento de principio a fin, a juzgar por el énfasis y el entusiasmo, propio de quien hace algo apasionadamente, con el que ha sido escrito; en segundo lugar, que, muy probablemente, la novela surge para dar rienda suelta a una afición compartida por ambos escritores: la Historia.
La preparación, la documentación, los pequeños detalles continuos de ciertos pasajes del libro, son la consecuencia lógica de quien ha profundizado, y no en dos tardes, sobre una materia en concreto. Ahí están los datos más concienzudos y puntillosos: las maneras opuestas de montar de mongoles y macedonios, a los que separa no sólo una barrera de muchos siglos sino también de tecnología rudimentaria (estribos); las armas de los colonizadores británicos, descritas hasta en sus mínimos pormenores; la vida cotidiana en un campamento de Alejandro Magno… No puede evitarse una cierta especulación, pero se trata de la especulación razonable nacida del saber, y no de la imaginación.
Además, la pasión con la que ha sido escrito “El ojo del tiempo” se confirma en algunos detalles y particularidades, sólo verificables en esas obras que se disfrutan escribiendo. La presencia de un jovencísimo poeta de nombre Rudyard Kipling, quizás el mejor tratado de cuantos moradores pueblan las páginas del libro, le da ese toque de color necesario a la narración, el preciso condimento que insufla de personalidad al relato. La comparación con “El hombre que pudo reinar” es evidente a ratos: el marco geográfico es el mismo, y las motivaciones de algunos de los personajes, idénticas a las de los pícaros que se convierten en semidioses de la lejana región de Kafiristán. Clarke, incluso, se parodia a sí mismo, al hacer que sus astronautas escuchen a Strauss en el preciso instante en que se desacopla su cohete (¿acaso no fue el fallecido autor co-guionista, y posterior firmante de una novela menor, de “2001: Una odisea en el espacio”, esa película que señaló un antes y un después en la Ciencia Ficción cinematográfica?).
Esta pasión hace que, no obstante, se descuiden algunos aspectos de la novela. Por ejemplo, acaba siendo inverosímil que la práctica totalidad de los protagonistas principales lleguen a disertar, sin casi titubeos, sobre hipótesis científicas complejas. En ese sentido, Clarke y Baxter, más que escritores, parecen ventrílocuos: no importa quién suelte el comentario, lo que importa es más bien lo que se diga. Da la impresión de que los autores hayan puesto frases a sus criaturas siguiendo una rotación, como si se hubieran autoimpuesto, durante la redacción de los diálogos, alguna clase de cuota.
A pesar de todo estos fallitos, y de algunos titubeos en la edición (marca de fábrica de La Factoría de Ideas), “El ojo del tiempo” se deja leer muy bien. La despedida literaria de Arthur C. Clarke fue más bien un pasatiempo a mayor gloria de su reputación.
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