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La maldición de Hill House, de Shirley Jackson |
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Si es verdad que los viajes acaban con el encuentro de los amantes, Valdemar ha podido propiciar, una vez más, un duradero flechazo. |
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Shirley Jackson (1916- 1965) tiene una bien merecida fama de bruja. Su propia familia se encargó de alimentarla: su marido primero, al hacer circular ciertos rumores, muy del agrado de la escritora, que ella nunca quiso desmentir; su hijo después, al reconocer que su madre era una gran coleccionista de libros sobre ocultismo -según la leyenda, su biblioteca llegaba a los 500 volúmenes- con una gran facilidad para las Ouijas y las cartas del Tarot.
En la humanización de los personajes reside, quizás, la grandeza de este libro que hoy comentamos. Los plausibles personajes activan la empatía del lector, quinto morador de pleno derecho de Hill House, quien se identifica rápidamente con sus anhelos, sueños y temores.
Sean ciertas o no (probablemente un punto de verdad había en ellas), estas imputaciones le hicieron mucho bien a su carrera como autora. Beneficiaron en particular a “La Maldición de Hill House” (Valdemar Gótica, disponible en FantasyTienda), libro de 1959 con el que Jackson se desmarcaba de su anterior literatura infantil y feminista y con el que se consagraba como una de las más grandes firmas del horror del pasado siglo.
Jackson, como ya pudo apreciarse en la antología previa “The Lottery and other stories” (1949), reimpresa tras el éxito de “La Maldición de Hill House” e inédita en castellano, demostró tener en lo terrorífico, también, una fama muy ganada. Como narradora, se revela desasosegante, con una preferencia especial por los hechos ambiguos y por las insinuaciones y sugerencias. Su terror es eminentemente psicológico, nacido de la neurosis o de la angustia o limitación de un personaje concreto, aunque también da espacio a manifestaciones más tangibles, más concretas, más evidentes. En “La Maldición de Hill House” se aprecia la síntesis entre estas dos mismas facetas del horror, añadiéndose una tercera que sirve de contrapunto: la del terror moral, derivación de la psicología enferma del personaje principal, que considera a sus semejantes seres egoístas, mediocres o monstruosos.
La escritora sabe construir, con enorme verismo, seres humanos, seguramente debido a su larga trayectoria como cronista de las costumbres y de la vida femenina (labor que ejerció en varias publicaciones prestigiosas). En sus personajes no hay un mínimo atisbo de esquematismo: hay en ellos mucha sofisticación, como demuestra la independiente Theodora; muchísimo individualismo, como se aprecia en Luke Sanderson; un elevado racionalismo, del que el doctor John Montague es firme exponente, y numerosas dudas e inseguridades, como las de Eleanor Vance, la protagonista y narradora tangencial, cuando el relato adopta el punto de vista de sus pensamientos; sin embargo, a ninguno de ellos se le puede definir con una característica determinada, pues, a la hora de los sustos, todos tiemblan, y, en el momento del coraje, todos son capaces, a su modo, de mantenerse en su sitio.
En esta humanización reside, quizás, la grandeza de este libro que hoy comentamos. Los plausibles personajes activan la empatía del lector, quinto morador de pleno derecho de Hill House, quien se identifica rápidamente con sus anhelos, sueños y temores.
Esta notable habilidad para el retrato se complementa con un estilo inteligente y muy funcional, que recalca, mediante reiteraciones, las obsesiones de los personajes. De esta manera, ideas aisladas o aparentemente inofensivas, acaban teniendo una dimensión crucial incluso en la propia trama. Por ejemplo, el fragmento inicuo que Eleanor suele repetirse a sí misma, “Los viajes acaban con el encuentro de los amantes” termina por ser la justificación de sus actos y de su expiación.
El único punto débil que puede achacársele al libro, que ni siquiera logra deslustrarlo pues a toda obra maestra se le exige también una cierta imperfección, la única mácula, decimos, es la inclusión de dos inquilinos tardíos, dos catalizadores de espíritus, médiums, con los que Jackson pretende contentar a los lectores ávidos de respuestas lógicas. Si algo dejan claro ambos sujetos, fruto de las aficiones espiritistas de la autora, es que Jackson no busca estrictamente contar una historia con fantasmas, pero sí de fantasmas, si bien éstos no transitan necesariamente por los vacíos y oscuros pasillos de la mansión.
Así de obvio (y así de de ambiguo) lo expresa Jackson: “Hill House, nada cuerda, se alzaba en soledad frente a las colinas, acumulando oscuridad en su interior; llevaba así ochenta años, y así podría haber seguido otros ochenta años más. En su interior, las paredes mantenían su verticalidad, los ladrillos se entrelazaban limpiamente, los suelos aguantaban firmes y las puertas permanecían cuidadosamente cerradas; el silencio empujaba incansable contra la madera y la piedra de Hill House, y lo que fuera que caminase allí dentro, caminaba solo”.
Años después, “La Maldición de Hill House” conoció una sensacional adaptación cinematográfica que llevó la firma del irregular Robert Wise (el director de “Sonrisas y Lágrimas”), en tal estado de gracia durante el rodaje que supo resolver, con enorme acierto, el dilema de los dos personajes de bulto suprimiendo a uno y haciendo pasar por un auténtico tormento al otro. “The Haunting” (1963), que así se llamó la película, es hoy una de las cimas del cine de Terror. Su remake posterior, filmado por Jan de Bont en 1999, es un completo insulto, tanto a la esencia de la novela como al recuerdo del film en el que se basa.
Richard Matheson usaría “La Maldición de Hill House” como base para su espléndida “La casa infernal” (“Hell House”, 1999), una historia con mansión encantada algo más convencional, pero igualmente fantástica.
Si es verdad que los viajes acaban con el encuentro de los amantes, Valdemar ha podido propiciar, una vez más, un duradero flechazo.
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