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       Artículo de literatura

Devoradores, de David Calleja Cuñado


Eidián   30/11/2009
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     A pesar de que Calleja dota a sus personajes de una personalidad bien definida y bien descrita, no duda en convertirlos en él mismo para que expresen sus ideas.
Portada de Devoradores, de David Calleja Cuñado¿Saben lo que es “pontificar”? No se preocupen, se lo aclaro. Acabo de leer un libro que se supone que es de ciencia-ficción, de aventuras y algo filosófico... pero en realidad se trata de un largo panfleto donde el autor se dedica a pontificar sobre lo malas que son las religiones organizadas. Malas, malas. Por supuesto eso no favorece nada al libro sino todo lo contrario y una buena idea con un buen arranque queda convertida en un libro largo, mal engarzado y con párrafos que no vienen a cuento.

Ojalá sea capaz de rectificar a tiempo y en su próxima novela solucione esta tendencia a soltar grandes sermones a través de sus personajes, convirtiéndolos en una especie de narrador omnisciente.

Es una pena porque "Devoradores" (Espiral, 2009), segundo libro de David Calleja Cuñado, era un libro que deseaba leer y cuya sipnosis resultaba muy atrayente: Plutón, el extraño y alejado cuerpo astronómico del sistema solar, es colonizado por los adeptos a una nueva religión humana que desafía a los cultos de la tierra. Para averiguar que esconden los seguidores de Baal en el subsuelo del planeta, la iglesia católica manda a Heino Klein, un espía perteneciente a la renacida Inquisición, cuya llegada dará lugar a un auténtico cataclismo en la sociedad del planeta. Visto así la historia es atractiva pero, cuando llegamos al desarrollo de la misma, las cosas no son tan bonitas.

David Calleja CuñadoEn primer lugar el autor se complace, tras los momentos de acción, en introducir en capítulos aparte a unos seres extraterrestres que se alimentan de emociones y que se dedican a dar largas, enormes parrafadas sobre el ser humano. Por si fuera poco se dirigen al lector de forma directa, como modo de incluirle en sus diatribas sobre la humanidad. Y eso que declaran que a nadie inteligente le debería importar las andanzas de esos míseros seres que somos todos nosotros.

Estos vanidosos individuos, que aprovechan cualquier momento para despotricar contra los hombres, nos hablan de la situación de varios de los personajes que pueblan Plutón, como los humanos llegaron allí o su evolución en ese pseudoplaneta. También se nos informa sobre lo que opinan estos seres de los miembros de la Jerarquía (los controladores del nuevo culto), de sus seguidores, del grupo de rebeldes que se ha infiltrado en las entrañas de Plutón huyendo de esa misma jerarquía y, en general, de todo tipo de religión humana de la que parecen ser grandes conocedores a pesar de despreciarnos tanto.

De esta forma se puede llegar a la conclusión de que esos supuestos seres inteligentes, extraterrestres ajenos y envidiosos de lo humano, son la voz del autor, una voz a menudo sentenciosa, que mediante las largas parrafadas, nos informa de cuanto odia todo tipo de jerarquía religiosa así como todo tipo de religión estructurada. De ese odio sólo se libran los seguidores de buenas intenciones como Jeremías, uno de los protagonistas más atrayente de toda la novela por cierto.

Por si esto no fuera suficiente, el escritor aprovecha los personajes vinculados a las diversas religiones, para, a través de ellos o gracias a ellos, seguir machacando de forma discursiva sobre lo que las religiones tienen de malo y lo que hacen a los seres humanos que viven bajo sus reglas.

Si estas ideas se nos diesen de forma sutil, insinuada, mediante acciones o frases cortas pero reveladoras, no habría nada que decir pero Calleja, en su afán por dejar claras las cosas, nos dice y nos repite, cada vez que puede, lo mala que es la religión y como ésta, en general y en particular, corrompe a las personas. Y no hay sutileza en esto que valga porque incluso en los momentos finales de la novela se nos da un resumen del sentido religioso de la misma:

“El problema viene cuando la religión pasa de ser una muleta contra la desesperanza a una vara de poder. Del sentimiento al instrumento. A menudo se asegura que hay respeto por las demás, que todas están en un mismo plano de igualdad. Pura hipocresía...”

Y así sigue hasta el final.

Como digo, nada de esto sería superfluo si nos hubiera sido dado de una forma más indirecta y no como el discurso indiscutible del autor. Porque, a pesar de que Calleja dota a sus personajes de una personalidad bien definida y bien descrita, no duda en convertirlos en él mismo para que expresen sus ideas aunque a veces no les pegue en absoluto el hacerlo (¿recuerdan como el señor Smith se apoderaba de todos los seres de “Matrix” [trilogía de tintes religiosos y mesiánicos, por cierto] y los convertía en replicas de él mismo? Pues algo así). Una lástima, repito, porque Calleja traza a sus personajes con maestría y, aunque las escenas de acción muchas veces no tengan una soltura completa, son lo suficientemente hábiles como para hacer que la trama avance e interese... hasta que suelta otra de sus críticas contra las Iglesias varias, críticas nunca repetidas, nunca con las mismas palabras, pero siempre las mismas.

La misma estructura del libro, con esos capítulos intercalados de los extraterrestres (que hablan incluso ¡de la homeopatía y la terapia psicológica!), desarma el sentido de la acción que el autor proporciona. E incluso, por si no fuera suficiente con este armazón “sermonístico”, hay otro gran fallo que redundan en este sentido “pontifical”: los personajes que nos hablan de sus pensamientos, de porque piensan así, de porque actúan de ese modo y no de otro, reflexiones que surgen incluso en los momentos de mayor tensión. Hay capítulos en los que Jeremías y su mujer hablan sólo de la situación del culto de Baal, en que dos policías charlan íntimamente sobre sus dirigentes y sus aspiraciones sin que venga a cuento y sirva para revelar nada que no supiéramos antes. E incluso el autor llega a parar completamente la acción para que los personajes se “confiesen” y nos muestren su corazón al desnudo en una primera persona que resulta inesperada e incluso enervante por lo poco oportuna que parece y lo larga que se hace.

Como ya he dicho, una auténtica pena porque la idea de la colonización religiosa humana buscando un “Dios” en otra dimensión que les aclare el sentido del universo no está mal, y que sea atacada por una religión católica que manda a un inquisidor para desestabilizarla es incluso original. También los personajes son atrayentes y van más allá del dibujo esquemático, siendo completamente creíbles... pero, como he dejado escrito más arriba, la tendencia excesiva del autor a pontificar da al traste con sus buenas ideas.

Ojalá sea capaz de rectificar a tiempo y en su próxima novela solucione esta tendencia a soltar grandes sermones a través de sus personajes, convirtiéndolos en una especie de narrador omnisciente, reincidiendo en su buen hacer con la descripción de los mismos y las escenas de acción. La ciencia ficción se lo agradecerá.

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