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       Artículo de literatura
La mirada de la noche, de José María Latorre
 Literatura de Terror y Suspense
Joaquín Torán   29/10/2009 Comentarios (3)
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     Latorre vuelve definitivamente vulnerable al lector, llevándole a desconfiar de las sombras que habitan en la oscuridad. Sombras con un nuevo inquilino: Waldstein.
Portada de La mirada de la noche, de José María LatorreEl terror ocupa un lugar privilegiado en la vasta obra de José María Latorre. Experto de primer nivel a la vez que exquisito aficionado, el aragonés ha dignificado el género siempre que ha podido, aportando cotas de calidad irreconocibles en muchos títulos más mediáticos y, por lo tanto, más famosos. Latorre se ha erigido, así, en imprescindible referente de esta (habitualmente tan vapuleada) rama del fantástico.

Las imágenes que describe Latorre son muy vívidas, cinematográficas, resultado de su amplio conocimiento cinéfilo.

El autor no ha cesado de nutrir al género de nuevas pesadillas. Aunque su temática es abundante y variada, ha dado lo mejor como narrador en el ámbito de los vampiros; sus relatos sobre los “revinientes” entran, por derecho, en el panteón de los horrores escritos.

Si buena parte de las virtudes tradicionales que acompañan a sus libros se señalaban en nuestro comentario a la espléndida “Visita de tinieblas”, será en “La mirada de la noche” (Ediciones SM, disponible en FantasyTienda), novela de 2002 con la que el escritor ganó el Premio Gan Angular que concede regularmente la editorial, donde se engrandezcan hasta extremos superlativos. Y esto es así porque “La mirada de la noche” trasciende la condición de enésimo título de corte vampírico para erigirse en una de mayores cumbres del vampirismo. De haberse publicado en inglés, no se habría tardado mucho en reconocérsele su muy merecida excelencia.

José María Latorre FortuñoEl autor dispone aquí como quiere de los elementos inherentes al género, con una confianza aplastante: en su novela se insinúan, cuando no se muestran abiertamente, coletazos de “Otra vuelta de Tuerca”, de Henry James, de “Drácula” de Bram Stoker o del “Nosferatu” de Murnau, tan bien introducidos que, más que plagios, pasan por cimientos de la angustiosa novedad que supone el maléfico y nocturno reino del vardok. Si hay un acierto primordial en toda la larga lista que contabiliza esta obra, ése es el del vardok: un vampiro demoníaco, rival temible, plenamente capacitado para matar y para convocar a los muertos desde sus tumbas.

El vardok Waldstein es justo el monstruo que necesita Latorre para consagrarse como maestro del terror: inolvidable de puro terrorífico, malvado sin paliativos, aberración indiscutible de la realidad cotidiana, Waldstein disputa enconadamente el cetro de “príncipe de las tinieblas” a sus parientes más reputados. Incluso supera a algunos, modelos evidentes en su gestación, en esta pugna: el Barlow de “Salem’s Lot”, de Stephen King, acaba resultando una incongruente caricatura a su lado, por, entre otras cosas, su presencia testimonial dentro de una narración coral. Waldstein será el responsable de transformar los sustos en miedo cerval, de provocar una angustia difícilmente sofocable, de generar una inquietud que persiste aún cuando se ha puesto fin a su amenaza. Waldestein tiene la consistencia del terror íntimo, primitivo.

Tan monumental es esta criatura (invención personal de un creador en estado de gracia) que su inercia acaba haciendo funcionar los restantes elementos que conforman la obra. Las imágenes que describe Latorre son muy vívidas, cinematográficas, resultado de su amplio conocimiento cinéfilo. Escenas como la temprana aparición del monstruo y el trauma que provoca en Brandon, narrador antes que protagonista de los acontecimientos; la imagen del peligro reflejada en un simple retrovisor, o la lucha agónica contra el vampiro, son dignas de figurar en los anales del género.

En “La mirada de la noche” además, el autor manifiesta mejor que nunca, y con una enorme pericia, la ruptura de la seguridad y protección cotidianas que ofrecen nuestras esferas más íntimas, donde residen nuestras certezas y esperanzas. Al atacar Waldstein precisamente la intimidad de los personajes, su círculo familiar o su hogar, la sensación de desaliento que subyace en el libro se hace acuciante. Con esta intromisión, clave del éxito nuclear de la novela, Latorre vuelve definitivamente vulnerable al lector, llevándole a desconfiar de las sombras que habitan en la oscuridad. Sombras con un nuevo inquilino: Waldstein.

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