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Libros para los niños que siempre seremos: Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez
Literatura Juvenil
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Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para …¡qué sé yo para quién!... para quien escribimos los poetas líricos. |
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Como segundo libro para esta serie no confesa de “Libros para los niños que nunca dejaremos de ser” he escogido la obra de Juan Ramón Jiménez “Platero y yo” (Alianza, 2006, disponible en FantasyTienda), escrita en 1917 por este poeta andaluz que buscó toda la vida la palabra despojada, sencilla, pura. Recompensa de toda su vida fue el Nobel de literatura que le dieron en 1956, veinte años después de que la Guerra Civil Española le llevase a Puerto Rico, el mismo año en que murió su esposa, la inteligente y oscurecida por el genio Cenobia Camprubí.
Sin duda mi crítica se ha contagiado de la poesía que desprende el texto, un texto que huye del retoricismo para refugiarse en la sencillez del idioma sin por ello perder un ápice de interés o profundidad.
Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos.
Es este libro atípico dentro de la trayectoria del poeta de Moguer no sólo por la temática (un burrito, aquel que llevaba en sus paseos al poeta, se convierte en el centro del relato y sirve al escritor para desgranar una serie de temas de gran calado humano) sino también por la forma elegida para llevarlo a buen puerto, relatos cortos en prosa poética, aunque no se puede decir que sea único ya que el poeta recogería esta forma en alguna otra obra como las “Elejías andaluzas” (con “j”, una de las reivindicaciones vitales del escritor).
La prosa poética es un tipo de narrativa que no tiene demasiado predicamento ni entre los poetas ni entre los prosistas: necesita demasiado de cada uno de ambos mundos para dar lugar a un resultado redondo pues se puede caer fácilmente en la sensiblería o en la simple narrativa. De cualquier forma, es evidente que resulta siempre más fácil para un poeta dedicarse a este tipo de prosa, alianza de sentimiento y realidad que sirve para decir en forma de relato cuestiones que necesitan algo más que la rima y el verso. Dice el poeta de Platero:
Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra. Cuando paseo sobre él, los domingos por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos se quedan mirándolo…
Juan Ramón Jiménez, lo confiesa en el prologuillo del libro, nunca concibió este libro para los niños aunque después se haya programado hasta la saciedad en los colegios e institutos como lectura obligada. Quien piense que esta lectura no es acertada para esas edades anda errado pero, quien crea lo contrario, que sólo es un libro para niños, anda más confundido todavía:
Mira, Platero: el canario de los niños ha amanecido hoy muerto en su jaula de plata. Es verdad que el pobre estaba ya muy viejo…El invierno último, tú te acuerdas bien, lo pasó silencioso, con la cabeza escondida entre el plumón.
Aunque las palabras rezumen lirismo, y las imágenes y metáforas que desgranan las frases estén transidas de una cálida belleza, los temas que el escritor pone ante nuestros ojos no se limitan a alabar la hermosura de una noche de enero, el goce de la alegría infantil, la descripción poética de diversas tradiciones como el ángelus, los fuegos artificiales o la fiesta de El Rocío… También desfilan ante nuestros ojos las desigualdades sociales…
Después, en ese brusco cambiar de la infancia, como llevan unos zapatos y un vestido, y como sus madres, ellas sabrán como, les han dado algo de comer, se creen unos príncipes:
-Mi pare tié un reló e plata.
-Y er mío, un cabayo.
-Y er mío, una ejcopeta.
Reloj que levantará a la madrugada, escopeta que no matará el hambre, caballo que llevará a la miseria…
…el racismo…
Para la vendimia[…], las mujeres me dijeron que un negrito preguntaba por mí.
Los vendimiadores lo acechaban de reojo, en un mal disimulado desprecio; las mujeres, más por los hombres que por ellas, lo evitaban. Antes, al pasar por el lagar, se había peleado ya con un muchacho que le había partido una oreja de un mordisco.
…o ciertos trámites burocráticos, como el pago por los alimentos de consumo introducidos en las poblaciones, que, en manos del poeta consiguen transformar su carga en “mariposas blancas”, el título que el propio relato lleva.
Sin embargo, si hay dos temas que dominan todo el conjunto del libro son, sin duda, la alegría ante la vida y la presencia ineludible de la muerte. Juan Ramón, tomando como intermediario de sus propios sentimientos a Platero, exhibe ante el lector un mundo, un paisaje, que refleja el propio devenir del poeta desfilando de esta manera ante nosotros la primavera, el verano, el otoño…La tarde se hace grana, la alegría reina, se ensalza a la luna, a la flor del camino. Se habla del anochecer, de la amistad e incluso se rinde homenaje a los asnos en un texto titulado “Asnografía”, cargado de amor hacia los borricos y desprecio e ironía hacia aquellos que hacen de la palabra “asno” un insulto. Pero, contraponiéndose a este alegre devenir, poco a poco, como una sombra amenazadora que finalmente se hace real, la muerte va surgiendo y se adueña de las páginas del libro.
Así, nos encontramos primero con la narración del desdichado perro sarnoso, víctima inocente de la violencia de los hombres. Después, como si, de repente, la luz clara del verano se hubiese trastornado de forma irremediable, surge la tormenta, que planeará desde ese momento sobre Platero. La pobre niña tísica, agotada y consumida, pasea sobre el borriquillo y, a pesar de que aún hay momentos de alegría y luz, la oscuridad surge, reina, triunfa y se lleva a los indefensos como la niña chica, “la gloria de Platero”.
El otoño es también en Juan Ramón el momento del crepúsculo de la vida y la muerte llega, como el invierno, y arrastra a los pequeños seres que nos acompañan, a los pequeños animales que llenaron de risas la primavera y el verano. Los amigos se van y nadie puede evitarlo… Queda entonces sólo la nostalgia y la melancolía, una charla entre almas y un recuerdo de naranjas y rosas.
Sin duda mi crítica se ha contagiado (o al menos espero que así haya sido) de la poesía que desprende el texto, un texto que huye del retoricismo para refugiarse en la sencillez del idioma sin por ello perder un ápice de interés o profundidad. Recomendaría encarecidamente a todos cuantos leen estas frases que, al menos una vez en la vida, leyesen “Platero y yo”. Es de esas lecturas que dejan un poso de serena lucidez y de reflexión ante las cosas sencillas y buenas de la vida (un paseo, una fiesta, un simple anochecer), cosas pasajeras unas, insoslayables otras, pero siempre cercanas al hombre, a su viaje por este mundo tan implacable como hermoso.
Un viaje que se hace ligero a lomos de un amigo noble, pequeño y fiel.
¡Ah,amigo!
Platero, dime: ¿te acuerdas aún de mí?
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