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El corazón del mal, de Laurell K. Hamilton |
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Una novela de fantasía clásica, con elementos comunes al género, en un mundo interesante de explorar y explotar que queda apenas dibujado, como una promesa de nuevas aventuras. |
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Laurell K. Hamilton no es ninguna desconocida en el plano literario fantástico y de terror. No en vano, su prolongada serie sobre Anita Blake está llegando con paciencia y cuentagotas a nuestro país; y la serie sobre Meredith Gentry acaba de aterrizar con fuerza.
Pero el libro que estoy a punto de reseñar no se circunscribe a ninguna de esas sagas, sino que está ambientado en uno de los mundos de fantasía que el mercado del rol nos ha brindado (regalado en muchas ocasiones) en las últimas décadas. Se trata de “El Corazón del Mal” (disponible en FantasyTienda), publicado por Timun mas en una preciosa edición en tapa dura, con preciosas ilustraciones de Jon Foster y Matt Adelsperger; y está ambientado en el mundo de Ravenloft.
El Horror, así con mayúsculas, debería inundar su literatura, cada criatura y cada situación, y no llega tan ansiada sensación.
Ravenloft, para quien no lo sepa, es una visión oscura, gótica y llena de criaturas de la noche de los clásicos juegos de Dragones y Mazmorras, permitiendo a los jugadores enfrentarse a vampiros, licántropos, hordas de zombis y fantasmas en lugar de los clásicos orcos y trols. Es más, la ambientación está más dirigida hacia el terror sobrenatural y victoriano instalado en una supersticiosa Edad Media que hacia la aventura épica.
La tarea de un escritor ante una novela ambientada en un mundo de fantasía ya establecido, sea cual sea, no es contentar a los fans de dicho universo, que ya conocen de sobra los mecanismos que lo engranan y las historias que allí se cuentan, sino agradar a los que son legos en dichos mundos, aún no han recorrido sus calles ni sus bosques y se enfrentan por primera vez contra ellos. Ese era mi caso, que había escuchado hablar de Ravenloft pero jamás había leído manuales para él ni había jugado partidas ambientadas en aquel mundo. Así pues, era necesario que la autora se pusiera en mi lugar y me hiciese sentir lo que tenía que sentir en el mundo de Ravenloft sin haberlo conocido yo antes.
Nos encontramos en el mundo de Kartakass, un lugar donde la oscuridad y la perversión son parte del alma de una tierra impía y corrupta. Las ramas de los árboles se estremecen aunque el viento no sople, los cementerios se iluminan con fantasmagóricas imágenes en la noche y los muertos no se quedan en sus tumbas todo lo que debieran. En Kartakass la magia se corrompe y se pervierte, se perturba y se retuerce. No es ilógico, entonces, el temor que el pueblo llano, y no tan llano, tiene hacia los hechiceros, brujos y encantadores que, ocultos, practican sus trucos de magia. Kartakass es un lugar perverso, y así es su magia.
Elaine es apenas una niña que está descubriendo la madurez, acogida con amor por Johnathan, el Exterminador de Magos, paladín y guerrero de una secreta Hermandad destinada a destruir y erradicar el mal allí donde aparezca. Pero Elaine tiene un secreto en su interior, Elaine posee un poder mágico inigualable e impresionante, un poder mágico que nace de la tierra maldita donde nació y recorre su inocente cuerpo con tentáculos de negra oscuridad. Su camino hacia la madurez se ve atado irremediablemente a esa naturaleza, llenando de conflictos internos y externos su camino hacia la vida adulta. Mientras tanto, una epidemia de muertos vivientes como el Mundo no ha visto antes asedia la pequeña aldea de Cortton, y unos visitantes inesperados de un inesperado origen se unen a Johnathan y su gente tras un más que extraño encuentro.
Ese argumento cae en las manos de Laruell, que nos lo ofrece junto a una visión bastante definida del pensamiento general de las gentes de Kartakass. Pero de algún modo su estilo no termina de encajar con el ambiente en el que se debe mover. El Horror, así con mayúsculas, debería inundar su literatura, cada criatura y cada situación, y no llega tan ansiada sensación. Pero vayamos por partes.
El desarrollo de la historia está bien realizado, pero quizás peca de falta de épica. Para ser el gran conflicto al que se enfrenta el mayor exterminador de magos de la Hermandad, todo lo que rodea a la misión principal es demasiado sencillo y directo. Más que el conflicto definitivo, parece una aventura más, no particularmente intensa, o una primera partida de una campaña más larga e importante. Porque el origen del universo preña cada palabra y cada gesto, produciéndose situaciones en las que resulta demasiado evidente el parecido de la historia con una partida de rol.
Por otro lado, la personalidad de los personajes es un tanto arquetípica, pero no es algo criticable. Al contrario, es necesario para una historia así que los personajes secundarios sean arquetipos de guerreros honorables o perversos villanos, seres trágicamente heridos por el pasado o confiados guerreros de optimista sonrisa. Sólo pesa demasiado esta situación cuando, hacia la mitad de la historia, los más secundarios se desdibujan y confunden entre sí a pesar de las descripciones realizadas.
No obstante, el conflicto interno de Elaine está trabajado con mimo y cuidado, lleno de una oscuridad y una perversión que hace sonreír al perturbado lector que aquí os escribe y que promete cada vez más.
Los diálogos establecen un flujo intenso y sin interrupciones de sentimientos, en una de las cosas más logradas de la novela, esto es, las relaciones entre los distintos personajes principales. De nuevo, los secundarios son sacrificados a menudo por el bien de la fluidez y sus reacciones se vuelven simples y algo bruscas en ocasiones. Cosa lógica, si tenemos en cuenta que maneja unos doce personajes principales de los cuáles están en acción al mismo tiempo unos diez durante los tramos más intensos de la novela.
Finalmente llegamos a un punto de la novela que me provoca reacciones encontradas, y esto son las descripciones. Sin abusar del tono descriptivo en demasía, la autora consigue en la mayor parte de las ocasiones su objetivo, es decir, hacernos observar con el ojo de la imaginación cada personaje, cada escena y cada expresión. Esta habilidad, loable y bien trabajada, se resiente de forma extraña en los momentos en los que el elemento sobrenatural entra en juego. Las comparaciones y paralelismos utilizados, la forma de describir los elementos de la magia y a algunas de las criaturas, todo ello desprende un tono forzado. Grietas en el, por lo demás, perfecto acabado de pintura de la novela. Así, las reacciones y sensaciones de Elaine cuando usa su magia no alcanzan el nivel de impresión que debería, ni los terribles espantos que deberían acongojar al lector llegan a conseguirlo.
Para buscar el porqué, o al menos el porqué me produce a mí dicha sensación, he de excavar en los mecanismos de mi propio Horror, y me encuentro de frente con Lovecraft, Poe y otros maestros del género gótico. Para Laurell, y es una decisión que podrá gustar más o menos, pero que me parece acertada en su estilo, el barroquismo y el ensañamiento con los elementos más horrendos de la novela serían un terrible freno al dinamismo de su escritura, haciendo más larga y densa la novela, cosa que evita durante su desarrollo. Pero en un mundo como Ravenloft, donde lo más importante es la Oscuridad, esa leve cojera no sea tan rentable. Cuestión de gustos, evidentemente.
Por otro lado, el estilo está cargado de expresiones cotidianas y anacrónicas que personalmente no aprecio en este tipo de novelas. Finalmente, y tras un capítulo que redondea bien la trama, la novela se queda completamente abierta y con cientos de cabos por atar. Los más importantes, los que tienen que ver con Elaine. Eso me hace sospechar que la autora pretende comenzar una nueva saga con esta protagonista. El tiempo lo dirá.
Una novela de fantasía clásica, con elementos comunes al género, en un mundo interesante de explorar y explotar que queda apenas dibujado, como una promesa de nuevas aventuras que, de quedarse en una sola novela, no satisface las expectativas que se ofrecen en los primeros compases. Pero entretiene que da gusto, oigan.
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