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Avance de El Último Querusco, de Artur Balder (Tetralogía de Teutoburgo I)
Alejandro Serrano   17/12/2005 ( 10969 lecturas) Escribir Comentario
     Joan Godell, el editor del primer libro de Artur Balder, nos avanza el primer capítulo de su segunda obra "El Último Querusco", inicio de la Tetralogía de Teutoburgo.
El Último Querusco, de Artur BalderEl Último Querusco (ISBN: 84-96364-31-3), del escritor alicantino Artur Balder, es el primer libro de la Tetralogía de Teutoburgo, publicado por Inédita Editores S.L.. La ilustración de la portada (pinchad para verla) fue encargada al fotógrafo inglés Tim Byrne, que ha ilustrado varias ediciones de "El Señor de los Anillos" de J.R.R. Tolkien y colaborado en la trilogía cinematográfica del mismo nombre, dirigida por Peter Jackson, en el departamento de fotografía. Joan Godell, editor de The Magic Rider Editores S.L., con quien Artur Balder publicó su primera novela, La Piedra del Monarca (pulsar para ver su portada), ha tenido a bien mandarnos este avance de la novela que ahora nos ocupa, junto con el primer capítulo de la nueva novela de Balder. Próximamente lanzaremos en Fantasymundo.com un concurso basado en el libro, así que estad atentos...

"El Último Querusco" es el primer libro de la Tetralogía de Teutoburgo. Corre el año 16 a. C., y la frontera de Germania (pulsar para ver mapa) es sacudida por una invasión: queruscos, usípetos y téncteros se unen para causar un funesto desastre militar que acarreará la pérdida del Águila de Plata, el estandarte más preciado de la Quinta Legión Alaudae. Marcus Lollius, responsable del ejército, será desplazado, y en su lugar un ambicioso conquistador, un insaciable y joven romano, Drusus Claudio Nerón, hijastro del todopoderoso Augusto y heredero al solio imperial, se hará cargo de la ofensiva más terrible jamás emprendida contra el peligroso norte del continente.

Sin embargo, el melancólico viaje iniciático de Segimer, un legendario líder querusco, tras la muerte prematura de su joven esposa a consecuencia de un complicado parto, le llevará a comprender el ambiguo significado del nacimiento de ese hijo, Arminius, así como el designio letal de su propia vida.

"El Último Querusco" muestra con dramático realismo el enfrentamiento de dos mundos antagónicos: el lector conocerá las tribus de Germania y sus postulados religiosos y mitológicos, las orgías de Roma, los excesos de Livia y de Julia, asistirá al devastador paso de Drusus, presenciará su ascenso al poder, conocerá al hombre que se enfrentó a Roma, mientras la infancia de su hijo, Arminius, es forjada en un mundo que vive permanentemente su última hora.

El Último Querusco - mapa de GermaniaEs esta una novela fascinante que nos permitirá conocer a un hombre de carne y hueso que agotó todas sus fuerzas persiguiendo un fin, y que fue fruto, protagonista y víctima de su propio entorno. Y no se trata de un emperador, sino de un querusco nacido en las tierras libres de Germania Interior. Con un cautivador dominio del lenguaje, el autor nos introduce en el apasionante enfrentamiento de dos mundos, y a través de Segimer, Rey de los queruscos, conoceremos a aquél cuyo nombre recordarán por siempre los historiadores romanos, entre el rencor y la admiración que producen los personajes invictos, como Arminius.

Porque él venció a Roma.

"—Segimer hijo de Segismund, escucha lo que los santones y adivinos de Gundabrup me aconsejan que te ordene, pues éste es para ti el designio de los dioses. Mañana partirás, antes de la salida del sol, hacia el lejano sur. Debes enfrentarte al enemigo de todos los hijos del norte.

Roma está allí, junto a las aguas del Río Grande. Partirás para pelear contra Roma, y si tu maldición ha de caer sobre alguien, que sea sobre ese odioso Augusto. Si tienes que encontrar la muerte, y eres demasiado soberbio como para darte muerte aquí y ahora con esta espada que tengo en mi puño, porque no quieres renunciar a los salones de los héroes en los que el Padre de las Tormentas acoge a los dignos muertos... entonces pelearás contra Roma."


Sobre Artur Balder (Alicante, 1974):

Cursó estudios de música, composición y dirección de orquesta en los conservatorios de Valencia y Munich, y trabajó como redactor en el diario Las Provincias. Escribió crítica de música desde Alemania para prensa especializada española, como la revista Scherzo.

Es colaborador habitual de Onda Cero y columnista del diario El Mundo. Su primera novela, La Piedra del Monarca, publicada en 2004, es obra destinada al público juvenil tolkieniano que ha obtenido una magnífica acogida entre el público español y ha sido traducida al inglés y al alemán.

Guionista y director de cortometrajes experimentales como Al límite Dos Cero Cero Cuatro (2004), o Muerte express (2005), Artur Balder convierte sus novelas en vívidas narraciones cargadas de imágenes, capaces de arrastrar al lector hasta sus grandiosos escenarios.

Complementariamente, ha expuesto pintura y fotografía en España (Galería Argenta, Galería Paz y Comedias, Valencia) y EE.UU. (Art Miami, Art New York...).


Primer Capítulo de El Último Querusco:


"El vaho de las ciénagas flotaba entre los árboles. El fondo del valle apenas había despertado con el inoportuno graznido de un córvido; algunos de sus familiares empezaron a aletear ruidosamente entre las brumas, contrariados por el desatino. El gran cazador merodeaba cerca, y era en realidad su proximidad y no la del astro todopoderoso, lo que había alertado al vigía de la bandada. Las cercas, burladas por unas sombras ágiles y lobunas, zigzagueaban descendiendo por los prados de la colina. Unas huellas furtivas eran lo único que visitaba aquel pantanoso paraje en la hora más negra de la noche.

Asaz corpulento y vigoroso, un hombre de mediana estatura abandonó la morada de piedra pisoteando la hierba crujiente de la madrugada, y deambuló en la oscuridad con indolente indiferencia. Le propinó una patada a un montón de leña y volvió a mirar alrededor. Sus greñas colgaban cubiertas con una piel negra que le caía sobre los hombros. Por encima de las cejas asomaban la mandíbula superior y el hocico rugoso de un lobo, que en otros tiempos más afortunados había sido el legítimo y único dueño de aquella piel.

Ante la cercanía de cualquier otro amanecer le habría interesado el estado del cielo: los momentos previos a la entrada triunfante del sol mostraban hacia dónde soplaban los vientos, si la cacería sería propicia, e incluso, a veces, había descubierto, formada entre retazos de nubes, la silueta de un ciervo o de un gran jabalí, presagiando quién se cruzaría primero con el vuelo mortal de su venablo. Sus ojeras, siempre muy pronunciadas, eran engañosas, pues bajo las cejas pobladas se movían unos ojos dominantes y vivaces, y era uno de esos hombres que, una vez alcanzada cierta madurez, no parecía detenerse en una edad definida. Ancho y barbudo, su rostro estaba marcado por una larga cicatriz en la mejilla derecha, quizá de un tajo que llegó a marcarle el párpado pero que, milagrosamente, dejó intacto el ojo. Un singular torque de oro rodeaba su cuello. Le colgaba sobre los hombros la gran piel de oso a modo de capa, y sus piernas y su tronco estaban cubiertos por cuero y tela bastos, bien ceñidos por un ancho cinturón al que daba cierre la inconfundible fíbula áurea propia de un régulo querusco.

Resopló, silbó, se restregó la cara. Inquieto, aferró en sus manos nudosas la pesada hacha bipenne y trató de partir aquel tronco de un golpe. Intentaba ocupar su mente, pero no pareció servirle de mucho. Arrojó lejos tronco y hacha, y se volvió impaciente, a largos trancos, como si no estuviese dispuesto a esperar ni un minuto más.

El fuego del hogar ardía en el centro de la gran morada de piedra. El torbellino de llamas y humo se esfumaba por una abertura en el techo. El tejado de zarzo inclinaba sus dos aguas hasta el suelo desde las macizas parhileras, hundiendo en la tierra las vigas de roble que soportaban su peso. Escudos coloridos y emplumados gæsos, así como una larga espada, colgaban del muro formando la panoplia del guerrero. Sobre el suelo, empedrado con anchas losas irregulares, temblaban unas sombras humanas. Al fondo había varias personas atendiendo a una mujer. Yacía ésta sobre un lecho acogedor formado por grandes pellejos de uro, con las piernas abiertas, entregada, como un sacrificio, a las torturas del parto. Dos jovencitas la mantenían erguida por detrás y parecían animarla con palabras benignas. Otras dos mujeres, más mayores, iban y venían al fuego con calderos llenos de agua caliente en los que mojaban las telas con las que la puérpera era atendida. Una de aquéllas escurrió un trapo empapado en sangre. A una cierta distancia, otro muchacho y tres niñas, que a punto estaban de convertirse en mujeres, vástagos todos del mismo régulo querusco (aunque desde luego de uniones anteriores), observaban los avatares del alumbramiento entre admirados y curiosos.

Segifer, el niño rubio, se volvió inquieto hacia la puerta. El hombre-rayo había penetrado lentamente en los aposentos del régulo. Éste lo saludó con una mirada en la que había más interrogantes que sorpresa. El santón de la aldea tenía el aspecto de un viejo astroso, aunque en realidad no lo fuese. La barba gris le colgaba hasta la cintura, al igual que la hirsuta cabellera. Detrás de todo aquel pelo que se acumulaba largo y erizado en las cejas, las orejas y los brazos cargados de ajorcas de oro en forma de serpiente, se tensaban los tendones de un anciano delgado, nervudo, digno, de mirada terrible y acechante en la profundidad de unos ojos de ballesta. Las uñas, como era su costumbre, parecían crecer hasta que se le partían, por eso tenían un aspecto negro y afilado en los extremos de unos dedos largos, que se enroscaban sobre el muñón de un báculo disecado en la raíz del roble. Había ristras de hojas vivas de muérdago colgadas de sus cabellos, y se cubría con el sago blanco de los nacimientos. Pesados torques de oro y numerosos collares le colgaban bajo las barbas, tejidos algunos de ellos con plumas, garras y picos de cuervo. A pesar de la límpida blancura de su atuendo, un desagradable olor precedía al adivino.


—La hora se acerca —dijo con voz cavernosa en la lengua antigua.

Después se allegó hasta la parturienta y extendió los brazos sobre sus piernas, emitiendo una especie de murmullo tranquilizador.

Segimer, harto y exasperado, volvió a abandonar la sala en busca del aire fresco de la madrugada con el que aliviar tanta incertidumbre y tanta ceremonia. Había estado a punto de reprochar al santón que el parto fuera tan largo, pero temía a los dioses. La paciencia nunca había sido su mejor aliado.

Al cabo de un rato, una de las mujeres se apresuró en busca de agua. La puérpera pareció tensarse en un tortuoso espasmo de dolor. Su frente se perló con un brillo febril, y un gemido largo y lastimero llenó la sala. Las alas de su nariz se abrían y cerraban con energía, como si en toda aquella enorme estancia no hubiese suficiente aire para ellas, y los resoplidos parecían los de un caballo a galope tendido. Encerró en sus puños las manos de las muchachas que la animaban, como si fuese a romperlas en el desesperado esfuerzo final.

Afuera el régulo paseaba a lo largo de las cercas. Hubo de nuevo un silencio prolongado, como si todas las bestias nocturnas aguardasen una señal. Sabía que la llegada del sol siempre se rodeaba de un cierto misterio. Era como si los animales lo supiesen, e interrumpían durante aquellos instantes sus más tempranos juegos, persecuciones, correteos y rencillas. Ningún cazador se atrevía a saltar sobre su presa en ese momento, ninguna bandada levantaba el vuelo cuando se acercaba el momento sagrado en el que la gota de oro y fuego emergía de las tinieblas impenetrables de las ciénagas de Germania. De pronto, un graznido lastimero rompió aquel momento sagrado, inviolable, haciendo caso omiso a la cercanía del sol. Ningún animal se atrevió a secundar el sacrilegio con otro grito.

El hombre se había quedado absorto contemplando el cielo, y el grito le sobresaltó. Se volvió y penetró en la casa. No había sido la señal de ningún pájaro sino el llanto de un recién nacido el que había roto el silencio de tan insolente manera. Tras algunos arrebatos de fuerte y desesperado llanto, el ojo del sol ya había parpadeado sobre el horizonte derramando su agua de oro, y la criatura pareció tranquilizarse.

De vuelta al hogar, el régulo de Wulfmunda se restregó la cara, satisfecho por fin de la espera. Su mirada resucitó al contemplar la criatura, redonda y bien nacida, en los brazos de la madre. Los ojos cerrados del recién nacido ya se debatían en su ceguera, ya pugnaba el pequeño, ahora plegando una pierna y contrayendo ligeramente el cuerpo, ahora batiendo los brazos con la inconexa torpeza de quien se sabe indefenso, en ese combate incesante que siempre se libra entre la nueva vida y el mundo desconocido. El padre había tenido en cuenta, desde que comenzasen los dolores, que el primer hijo de una mujer joven siempre era el más difícil de traer al mundo, pero a menudo, si salía sano y salvo del complicado percance, también era el más fuerte de la futura prole. Al régulo le pareció divino como el sol que se asomaba sobre las colinas, audaz al batir sus brazos como el polluelo del águila con sus ridículas alas, tal y como lo había visto una vez sobre un nido.

Después de limpiar la sangre de la que había nacido y de que el adivino cortase el último vínculo carnal que lo unía a su madre, ya había sido arrojado al mundo. Las mujeres lo envolvieron en una muñida piel de lobo forrada en su interior con plumas de pato silvestre. La criatura, encerrada en aquel nido de pelo salvaje en el que todavía sobresalían las fauces de su anterior dueño, un joven lobato, más parecía ser la presa de una fiera que el retoño de un hombre. Sin embargo, el calor parecía reconfortarlo, y su padre lo cubrió con los retazos de piel en que se habían convertido las patas del lobato.


—No es precisamente pequeño —se le ocurrió decir al hombre, en un tono que parecía intuir los pensamientos de sus hijos—. ¿Os creéis que fuisteis más grandes que él al salir a la luz? Podría decir que es el doble que todos vosotros juntos. Y además no llora… ¡Fijaos! No llora.

Los niños no dijeron nada, pero se miraron unos a otros confundidos.


—Y pesado. Es bien pesado —aseguró alzándolo y sintiendo su cuerpo en las yemas de los dedos—. Será bastante grande. ¡Un auténtico lobato!

La madre observaba con ojos entornados al pequeño, deseosa de que la inspección del padre acabase y lo devolviese a sus brazos anhelantes. Pero el padre se volvió hacia la entrada. Las matronas, impacientes e inquietas, le lanzaron una mirada censuradora.


—¿Qué haces?

—¿Adónde vas? —le preguntó su hermana, con las cejas apretadas sobre el puente de la nariz.

—El niño acaba de nacer, no debes pasearlo por ahí por muy buen aspecto que tenga —dijo otra.

—Dejadlo en paz, Hartlind, el niño debe saludar el día. Ha nacido justo al alba. Debe respirar el aire de los lobos, que han pasado esta noche por nuestras cercas… Eso significa que es un lobato. Me he pasado toda la noche viéndolos descender al fondo. Han entrado a los prados y han aceptado la pieza que cacé para ellos. Rara vez vienen tan cerca. Los he visto gruñir mientras el jefe de las manadas, uno tan negro como la sombra de Wulfmund, se llevaba la pata del jabalí, aceptando el sacrificio. Lo primero que debe ver este nuevo lobato cuando abra los ojos es el sol.

—¡Pero hace frío…! —exclamó la madre tenuemente, tratando de levantar los brazos exhaustos. El esfuerzo no le había dejado fuerzas para mostrar toda la oposición que hubiese deseado en ese momento.

—¡No es cierto! Está despejado, y el gran sol va a levantarse. Wuotanc forja armas para los dioses, y debemos aprovechar la ocasión. Es un signo. Lo cubriré bien —dijo el padre mientras caminaba impetuosamente hacia la salida. Sacudió la puerta, que se abatió violentamente, como si se tratase de una cuestión que requería la máxima urgencia, y avanzó a largos trancos por el prado, sonriente y satisfecho.

Antes de apuñalar las nieblas inciertas del valle, el sol comenzó a extender su aura de fuego por encima de las colinas. Al querusco le gustaba imaginar que Irminur, el colérico padre de las guerras, el dios supremo, había obligado a su indolente y divina parentela a trabajar en la fragua durante toda la noche después de un copioso banquete, como recompensa a sus actos ociosos. Después los había conminado a que vertiesen el crisol de hierro fundido detrás de los montes. El sol chorreaba su hirviente colada como una fontana inagotable. Irminur ordenaba a los Ases, sus familiares, que forjasen nuevas espadas al comienzo del día, para pertrechar dignamente a sus héroes a la llegada del fin del mundo, el temido Ragnarök, cuando el sol se hundía de nuevo en las aguas del oeste, bajo cuya superficie habitaba el dragón que roe sempiternamente las raíces de los árboles, en las entrañas de la Tierra, antes de que Tanfana, la Madre, brotase otra vez de las ciénagas con el hálito brumoso de la noche, envuelta en una siniestra luz azulina.

Era difícil que aquel hombre no pensase en armas, cacerías y mal tiempo en los cielos. Como muchos otros régulos germanos que adoraban al padre de la guerra, quería sentirse digno de una de las armas de Irminur, pero esa mañana cerró los ojos y deseó ardientemente algo más: agradeció al dios su nuevo hijo y le suplicó que no olvidase forjar un arma todavía más afilada para su vástago con aquel acero fabuloso.

Después de la bendición se sintió agotado. Había pensado más de lo habitual, decidió que se sentía hambriento y que era hora de una buena comida tras la noche entera en vela.

Cerunno, el hombre-rayo, escribió unas runas en la frente del recién nacido, de nuevo acunado por los cálidos brazos de su madre. Después arrojó diversas hierbas al fuego que calentaba el hogar del jefe, y se marchó sin pronunciar palabra alguna.

Todavía faltaban dieciocho años para que tuviese lugar el nacimiento de Cristo. Solo dieciocho años antes, en pleno verano, había nacido otro niño en apariencia insignificante para las altas alcurnias de Roma, un querusco de más allá de los montes Melibocus y Asciburgius, en las tierras libres de lo que el Imperio Romano había nombrado Germania Interior: los inciertos territorios situados al oeste y al norte del Rhenus, las vastas y cenagosas llanuras encadenadas al este del Visurgis, sobre las que nunca se habían prolongado las sombras de sus omnipotentes estandartes. Jamás sabremos con certeza qué nombre le dieron sus padres, pero los historiadores romanos no olvidaron al futuro hombre que había nacido ese día en el innoble anonimato de la barbarie, y nos lo recordarán más tarde como Arminius."

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