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Algunos aspectos nuevos no tratados como la cuestión de la medicina en la Edad Media y la aparición de la temible Peste Negra dan lugar a los mejores momentos de la novela. |
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Suele ser algo común que los historiadores no sepan escribir novelas de Historia (habrá honrosas excepciones, por supuesto, aunque ahora mismo no se me ocurra ninguna) del mismo modo que los novelistas no suelen atenerse de forma rigurosa a los datos históricos en que se inspiran (que yo sepa no hay una sola novela histórica que se considere un manual en la materia pese a que me recomendaran encarecidamente leer durante la carrera “El nombre de la rosa” de Umberto Eco: de hecho existe un premio para la fidelidad histórica novelada… lo cual habla de lo poco común que suele este hecho).
Prepárense un lugar mullido, despejen unas cuantas tardes a la semana y dispónganse a pasar un buen rato en la inglesa Kingsbridge a la sombra de la gran torre de su catedral.
Con esos antecedentes no puede extrañar que cuando una novela histórica muestra unos personajes interesantes y bien desarrollados, en un marco cronológico tratado de manera respetable, la obra triunfe pues el deseo de comprender a aquellos que nos precedieron, espiarlos por una mirilla y ver cuán parecidos y cuán distintos eran a nosotros, hace que nos interesemos de forma continua por este tipo de narrativa.
En el caso de Ken Follet, que durante mucho tiempo tuvo que aguantarse las ganas de dedicarse a las novelas históricas, el triunfo estaba asegurado desde el momento en que decidió decantarse por las catedrales góticas antes que por el espionaje pues la agilidad y el interés de sus tramas (desde la primera, “El ojo de la aguja” hasta “En el blanco” (2004) que creo que es su última novela dedicada a la intriga) le ha hecho siempre objeto del reconocimiento de los lectores así como de una buena parte de la crítica. Sin embargo, la publicación de la que hasta la fecha sigue siendo su mejor obra, “Los pilares de la Tierra” (1989), constituyó un revulsivo para toda su trayectoria y le brindó la oportunidad de crear relatos históricos después del desconcierto que provocó esta novela tanto entre sus seguidores como entre la crítica que le tenía catalogado como un escritor de best-seller dedicado al espionaje y la intriga. No es este el libro que vamos a reseñar , sin embargo (puede que caiga más adelante), sino su continuación declarada, “Un mundo sin fin” (2007, Plaza&Janés, disponible en FantasyTienda).
Es imposible abordar la crítica de “Un mundo sin fin” sin hablar, aunque sea de refilón, de su estupenda antecesora, “Los pilares de la Tierra” (1989) y ello aunque la primera resulte claramente dañada por ello pues, siento decirlo, “Un mundo sin fin” no es, ni de lejos, tan buena como “Los pilares de la Tierra” aunque no llegue a ser una mala novela. Es el inconveniente de enfrentarse a una obra difícil de superar tanto en la trama como en el desarrollo, una novela ideada y pulida durante mucho tiempo y que se benefició del deseo del autor de convencer a todos de su capacidad como escritor.
El primer capítulo del libro nos presenta a los protagonistas principales de niños: Gwenda, pobre y ladrona, Ralph, cruel y aspirante a caballero, hermano menor de Merthin, sensible y con dotes creativas y Caris, inteligente muchachita hija de un comerciante de lana. En un paseo por el bosque,sin autorización de sus mayores, contemplan un hecho que marcará sus vidas: descubren a un caballero, Thomas, que tras matar a dos hombres uniformados con la ayuda inesperada de los niños, entierra en el bosque una carta con ayuda de Merthin, a quien le hace jurar que guardará ese secreto y que solo irá allí si Thomas muere, para enseñar la carta a un sacerdote.
Dejando aparte el tópico de que “nunca segundas partes fueron buenas”, “Un mundo sin fin” se levanta con un esquema argumental muy similar al de su antecesora: un hecho misterioso que sirve de hilo soterrado a lo largo de la trama para, finalmente, ser decisivo en el desarrollo final (hecho que en “Un mundo sin fin” se revela bastante inane, soso, después de casi mil páginas esperando una aclaración); un constructor-artista con ganas de aprender más de lo que se le enseña y que acaba marchándose desesperado a aprender en lugares lejanos y regresar para que los acontecimientos acaban como todos esperábamos que acabasen; una protagonista lanera (¡qué obsesión con el comercio de la lana! Vale que fuese la base en la que se levantaron las fortunas inglesas pero, aún así, tanto paño y peso de vellón llega a cansar) que se ve obligada a hacer algo que aborrece para sobrevivir y ayudar a aquellos que estima; la omnipresencia de la iglesia (que en el segundo libro sale peor parada que en la primera) y de la catedral… pese a que en el segundo libro ya está levantada lo cual hace que Follet se centre en la construcción de un puente y una torre de la misma catedral lo cual, no nos engañemos, no es tan lucido como ver surgir una catedral gótica desde sus cimientos.
Por lo demás, al igual que sucedía en “Los pilares de la Tierra”, a partir de un hecho externo a los protagonistas pero de gran trascendencia (en el caso de “Los pilares de la Tierra” la conspiración contra Tomás Becket y en el caso de “Un mundo sin fin” la desaparición de la peste, júzguese el impacto narrativo de uno y otro) se va llevando a cabo un ajuste de cuentas con los “malos” que acaba con el triunfo, después de muchísimas dificultades, de los buenos. Puede que, dicho así, suene algo simplista pero no debemos olvidarnos que estamos ante un best-seller escrito con vocación de tal y que las tramas y sus desarrollos no son extremadamente complicados en este tipo de lecturas (quien prefiera cosas como el “Ulises” de Joyce o “El tiempo perdido” de Proust puede que nunca se acerque a algo semejante… puede) pero ese es precisamente su objetivo: entretener e introducirnos en mundos extraños que nunca antes habíamos visto de forma semejante.
Ese era el gran acierto de “Los pilares de la Tierra” y, por eso mismo, ese es el gran error de “Un mundo sin fin”: toma el mismo escenario, Kingsbridge, en una época aún medieval (de 1327 a 1361), con personajes casi idénticos (el constructor, la chica independiente que se queda sola frente al mundo, el o los monjes pérfidos, el noble obtuso y malvado, etc.) cuyas pequeñas variaciones en la forma no logran que olvidemos el fondo de su predecesora y, para colmo, algunos de los protagonistas y secundarios descienden directamente de los personajes de la novela anterior. Me imagino que la conexión está buscada a conciencia por eso de las asociaciones (si la primera obra me gustó, esta que es muy parecida me gustará también) lo cual se suele catalogar como de “ir a tiro hecho”. Y ese es un lastre que el libro acarrea a lo largo de sus mil y pico páginas. Lástima porque Follet sabe tratar a sus personajes con una soltura que ya quisieran muchos, dotándolos de plena vida (quizás en esta segunda parte abusa un poco de las escenas de sexo) e insertándolos en un escenario histórico más que convincente como se puede ver, por ejemplo, en “Una fortuna peligrosa” (1993) donde las disputas internas en una saga de banqueros de la época victoriana se reflejan de forma magnífica. Repetirse quizás le reporte grandes beneficios económicos pero no creo que añada nada respecto a su talento como escritor.
Quiero también comentar esa coletilla que he leído en algunos comentarios sobre que “el libro está basado en la Catedral de Vitoria”. Esta es una gran campaña de marketing que sirve a la Fundación de la Catedral de Vitoria para promocionarse mundialmente y que, si leemos detenidamente el libro, vemos que no se basa en ninguna realidad palpable. Es cierto que Follet estuvo en Vitoria-Gasteiz y visitó la catedral (casi estoy por afirmar que la fundación le invitó debido, precisamente, a “Los pilares de la Tierra”) y luego se deshizo en halagos sobre la labor que se hacía allí. Tanto le gustó la experiencia que les consultó e incluso les da las gracias por su ayuda en los agradecimientos de “Un mundo sin fin” (como coda decir que también Arturo Pérez-Reverte visitó la catedral y tuvo sobre él el mismo efecto elogioso que sobre Follet). No quiero decir que la labor de la Fundación, con la reconstrucción de décadas de Santa María, no sea encomiable pero, a efectos prácticos, no tiene mucho que ver con la novela analizada.
Las soluciones constructivas dadas por Follet en “Un mundo sin fin” son mucho más escasas que en “Los pilares de la Tierra” y se refieren de forma principal al puente de Kingsbridge (cuyas soluciones de asentamiento de pilares en el agua y direccionalidad de la fuerza de la corriente no tienen demasiado que ver directamente con la construcción de las catedrales), el levantamiento de la torre y el derrumbe de las cúpulas de la propia catedral: sobre el derrumbe de cúpulas y bóvedas no deberíamos olvidar que Follet ya conocía el tema pues lo había abordado en “Los pilares de la Tierra” siendo ese el principal problema que presentó desde el siglo XVI la catedral de Vitoria (sustitución del cubrimiento de mádera por bóvedas de piedra con el consiguiente peso añadido que los muros antiguos no podían soportar provocando problemas de contrarrestos de tensión hasta hoy día) con lo cual tan sólo el asentamiento de la torre, donde se descubre una base inestable de cerámica y adobe pulverizada, podría remitir a Vitoria puesto que el mismo Follet hace que el modelo de la torre sea el de la catedral de Chartres. En fin, que podía haberlo dejado pasar y ahorrar al posible lector de esta crítica la lección de arte pero todos tenemos parajes preferidos que no podemos soslayar.
Volviendo de nuevo al libro, decir que, si tratamos de olvidar a su predecesora, disfrutaremos de una entretenida aventura medieval, bien ambientada, en la que los malos van a ser siempre los malos y los buenos van a ser a veces demasiado buenos (ese espíritu de sacrificio que destila la protagonista, Caris, a veces resulta irritante). Algunos aspectos nuevos no tratados como la cuestión de la medicina en la Edad Media (con la división entre los doctores legos universitarios y la medicina popular) y, sobre todo, la aparición de la temible y terrible Peste Negra, dan lugar a los mejores momentos de la novela.
Me cabrea un poco ver como Follet apenas ha pasado de puntillas por la aparición del pre-renacimiento en Italia cuando tenía al protagonista en la misma Florencia y, en vez de hacer que valore los modelos más clásicos de los italianos, siga apegado al estilo gótico que, por otra parte, va a ser el estilo nacional inglés hasta el siglo XX…Lo siento, ya vuelve al ataque la profesora de historia del arte que no soy. Reconozco que la actitud de Follet es lógica: en Inglaterra no aparecerán cúpulas redondas a imitación del Panteón de Roma hasta que las introduzcan, junto a otras cosas, los (perdón otra vez por los términos artísticos) manieristas de finales del Renacimiento pero, entonces, ¿para qué hace que Merthin vaya a Florencia? Los florentinos no eran los únicos mercaderes italianos que se distribuyeron por la Europa de la época: estaban los sieneses, los boloñeses…Podía haber optado por otros pero no, tenían que ser florentinos por conocidos, y para sacarles tan poco jugo en lo artístico. En este sentido reconozco que “Un mundo sin fin” me ha dejado muy insatisfecha cuando “Los pilares de la Tierra” me conmovió por su tratamiento artístico y humano de la arquitectura.
Aunque pueda parecer que estoy molesta con Follet por cuestiones que no atañen al libro no es cierto: en realidad me lo pasé muy bien con él y me ventilé las mil hojas con gusto pues Follet escribe con mucha soltura, las situaciones están muy bien resueltas y me encanta como desarrolla a los personajes en el tiempo. Tan sólo otro pero (o no) que más gente ha observado: prepárense para la escena final a lo Titanic porque no tiene desperdicio, es de esos finales bonitos que dejan encandilada a mi madre (“Los pilares de la Tierra” es una de sus obras favoritas) y a todo aquel que tenga una veta romántica escondida…o manifiesta. Así que, ya saben, prepárense un lugar mullido, despejen unas cuantas tardes a la semana y dispónganse a pasar un buen rato en la inglesa Kingsbridge a la sombra de la gran torre de su catedral. No lo lamentaran.
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