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       Artículo de literatura
Sencillamente Henry, de Michelle Magorian
 Literatura Juvenil
Eidián   08/07/2009 Comentarios (19)
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     Henry se convierte en una bandera de esperanza para el futuro que, como el pasado, podemos contemplar a través de la lente mágica que sabe revelar tanto la miseria como la maravilla del ser humano.
Portada de Sencillamente Henry, de Michelle MagorianNo creo en la literatura juvenil… ni en la infantil, ni en la de mujeres, ni en la romántica, ni en ninguna otra división creada sólo para poder satisfacer la ambición humana de etiquetar y ordenar cuanto existe bajo el sol. Estoy con aquel que dijo que sólo existen dos tipos de libros: los buenos y los malos. El resto es cuento. Al respecto cito un principio de Theodore Sturgeon (autor de “Más que humano”) sobre la literatura de ciencia ficción que sirve para cualquier tipo de creación, escrita o no: “El noventa por ciento de la Ciencia Ficción es basura, bueno, entonces, el noventa por ciento de todo es basura”. Conclusión: las etiquetas que ponemos a nuestras lecturas no van a hacer que mejoren por ello.

El cine se convierte en esta historia en motor y desencadenante de la tragedia y la redención y en premio y destino de Henry, simplemente Henry.

Dicho esto me propongo comentar un libro catalogado bajo el epígrafe de “literatura juvenil”, "Sencillamente Henry" (Ediciones Oniro, colección La lámpara mágica, disponible en FantasyTienda) de la británica Michelle Magorian (Oniro, 2008) que fue premiado con el Costa Book Award del pasado año, cosa que, al parecer, da testimonio anticipado de su calidad. Bien, yo no conozco este premio, aunque presumo que sólo debe darse entre las novelas “juveniles” escritas en inglés, posiblemente editadas en Gran Bretaña, con lo cual la cantidad de obras premiables se reduce un tanto. De cualquier manera, nunca me he fiado de los premios literarios (los jueces que los dan y yo no tenemos porque tener los mismos gustos) y siempre he preferido juzgar las obras por mi misma sin que nadie me diga “oye, esto lo tienes que leer por narices”.

Michelle Magorian junto a su Costa Book Award 2008Escogí leer "Sencillamente Henry" porque me atraía la sinopsis de la novela: es el año 1949 y Henry, un muchacho huérfano de padre (héroe de la Segunda Guerra Mundial), que vive con su abuela, su madre, su nuevo marido y la hija de estos se aísla del mundo que le rodea; es un chico de casi quince años que tiene unas ideas muy fijas de cómo son las cosas en el mundo y que, de forma sorpresiva, ve como los cimientos de todo su mundo se tambalean cuando permite que la magia del cine forje las directrices de su vida. Como muchos dirían, es una novela de transición, una obra que nos habla del tránsito de la infancia a la madurez con el dolor y la revelación que esto conlleva. Pero este resumen, despojado de cualquier otro argumento, no era suficiente para determinar si el libro era bueno o malo. Había que leerlo y, hecho esto, algo más tendría que añadir para poder aseverar que, efectivamente, es un buen libro, sin más etiquetas.

Criticaré primero las faltas que encuentro en el relato para acabar con los aciertos que, creo yo, son muchos. Entre los defectos destacar la simplicidad de los personajes donde los buenos son buenos a lo largo de toda la novela y los malos son malos sin más (después de acabado el libro sigo sin creerme aún la gran maldad del personaje de la abuela hacia su nieto). Dejando aparte a la madre del muchacho que pierde algunas ideas sociales en el trayecto debido, sobre todo, a los acontecimientos, tan sólo Henry demuestra una verdadera evolución de carácter pasando de una aceptación total de ciertas actitudes e ideas, sólo por conveniencia, a dar un giro de 180º y encontrarse defendiendo con total convicción lo que antes odiaba. La visión de Henry lo domina todo y su transformación (más bien despertar a la realidad de las cosas) aparece totalmente creíble, aunque esto es uno de los grandes puntos a favor del relato.

Otro punto en su contra es la perfección de la trama, cosa que, por lo general, suelo alabar encarecidamente pero aquí es tanta su lógica, su razonamiento, que los cabos quedan atados con “petit point” en vez de simples nudos marineros: cerrando un círculo que comienza en las primeras páginas, Henry acaba convirtiéndose en lo que más detestaba, estado al que le había ido conduciendo (y nos había ido acercando) el desenlace forjado de forma soberbia por Magorian. Tan bien lo hace que da cierta impresión final de haber jugado con los personajes para lograr el objetivo de demostrar sus ideas sin que nos diésemos cuenta del engaño. Porque hay un gran hilo conductor de toda la trama: no existe ningún tipo de argumento que pueda justificar la intolerancia hacia las personas aparte de su propia valía. Un buen hilo que se justifica en todas las páginas del libro.

Para llevar a buen puerto esta teoría Magorian llena su historia de personajes cálidos y firmes como el padrastro de Henry o la señora Beaumont (cuyo apellido ya nos habla de su naturaleza bondadosa, “Bello-monte”), personajes a quienes el infortunio no logra hundir, como las madres de todos los chavales que aparecen (Pip, Jeffries y el propio Henry), y gentes que hacen que las ideas de Henry se tambaleen gracias a sus palabras y actos como ocurre con su vecina, la señora Henson, y, de una forma mucho más profunda, con su profesor, el señor Finch, que hace que se originen los hechos que llevarán a la ruptura total de Henry con su vida anterior.

Debo decir que me encanta el medio que Magorian elige para transformar la vida de Henry: el cine. Aparte de ser el gran medio de evasión y distracción de todos los personajes, se convierte en protagonista también de la novela con su extraordinario peso en la trama. Con algo tan simple como la formación en una clase de un grupo de trabajo que tiene que hablar de los orígenes del cine, Magorian hace que Henry reflexione sobre su propia vida y descubra aspectos de ésta que ignoraba y que le llevarán a replantearse cuanto sabía.

Aunque muchas de las cintas que Magorian cita, casi todas estrenadas en la década de 1940 a 1950, no me suenan de nada (¡miedo me da pensar en una película de Hopalon Cassidy!) hay otras que pertenecen no sólo a mis mitos sino a los mitos de la cinematografía mundial: así cintas como “El ladrón de bicicletas” (1948) de Vittorio de Sica o “Roma, ciudad abierta” (1945) de Roberto Rosellini marcan sendas inflexiones en el relato, sobre todo la primera con la relación paterno filial que se describe en la pantalla y que Henry, aún sumido en la amargura de su orfandad, vive como un gran anhelo que será resuelto mucho más tarde. De entre la enorme cantidad de películas americanas descritas se destacan dos: “El tercer hombre” (1949) de Carol Reed, que hace plantearse a nuestro joven varias dudas sobre la fidelidad de las personas, y “Un día en Nueva York” (1949) de Stanley Donen que da origen a una divertida escena en la que se anuncia el despertar amoroso de los protagonistas. La lista de las películas que aparecen el en el texto es extremadamente larga (también se cita el “Hamlet” de Lawrence Olivier como gran cinta inglesa del momento) y casi siempre su aparición nos revela alguna característica sobre los muchachos y las personas con que se relacionan.

El cine se convierte en esta historia en motor y desencadenante de la tragedia y la redención y en premio y destino de Henry, simplemente Henry. Una persona que no se define por su nombre, relaciones o incluso conocimientos, sino por unos actos y sentimientos que le acaban conformando como ser humano. No será "Sencillamente Henry" una historia que trascenderá en la historia de la literatura universal (dista mucho de albergar los personajes de moral dudosa y los rincones oscuros de una obra maestra como “La isla del tesoro” de Robert L. Stevenson) pero sí que nos aporta una buena dosis de esperanza en el futuro (en el suyo y en el nuestro) después de tantos desastres personales, de una guerra que aún no ha cerrado del todo sus heridas, de tantas ideas sociales preconcebidas que hoy nos parecen risibles.

Henry, nuestro joven aspirante a camarógrafo, se convierte en una bandera de esperanza para el futuro que, como el pasado, podemos contemplar a través de ese objetivo mágico de cristal que sabe revelar a quien lo contempla con ojos atentos tanto la miseria como la maravilla del ser humano y que puede darnos las pistas para crecer como personas. Así pues, aunque sólo sea por ese rendido homenaje al cine y por el deseo de hacer pensar y dudar de cuanto consideramos establecido (quizás demasiado amablemente, lo admito) denle una oportunidad a esta historia, a esta buena obra, tan cinematográficamente perdida toda ella, y dejen que la primera página sea como esa claqueta que se alza y nos dice “acción”. La función no les defraudará.

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