|
|
Ajedrez para principiantes, de Patricio Chaija |
|
|
|
|
|
No sé exactamente cuándo advertí el momento en que el complot se cernía sobre mí... |
|
No soy lo que se dice un chico muy simpático, pero creo que mi belleza física, y la fama que me deparó la misma desde que empecé a cursar la carrera de letras en la Universidad, hicieron que por fin Lucila se decidiera a ser mi novia. Ella, por supuesto, estudia abogacía, que es una carrera respetable y nadie te pregunta, luego de haber dicho qué estudias, “¿Y para qué te sirve?”; caso contrario, por supuesto, nos pasa a los que elegimos letras, filosofía, o historia. Como corresponde, me corté el pelo, cambié mis lentes de marco grueso por unos alargados y elegantes, y visto sistemáticamente suéteres.
Por subestimar a mi propia carrera, o porque tenía tiempo libre, me inscribí en las clases de ajedrez que se dan para los universitarios. El profesor, Alfredo, es un hombre taciturno y enigmático, y tardé tiempo en entender el difícil argot que manejan los ajedrecistas. Aún sigo ignorando parte, pero ya no me asusto tanto. Es que me inscribí para aprender a jugarlo, teniendo mínimos conocimientos (apenas cómo se mueven las piezas).
Desde principio de año tuvimos martes y jueves, de 20 a 22 hs. Los martes, en la Biblioteca de Humanidades, en un sucucho con tres mesitas, tras sortear unas estanterías de ediciones mohosas; los jueves, en la Biblioteca Rivadavia, que queda bastante lejos de la Universidad, en el centro de la ciudad. Desconozco por qué en la Universidad no hay lugar para que siete personas puedan instalar tres tableros, con sus correspondientes relojes; por suerte las bibliotecas tienen un convenio —supongo— y disponemos de un lugar para nuestras prácticas deportivas.
Advertido por mi novia de que me estaba convirtiendo en un ser de costumbres solitarias, como estudiar literatura y jugar al ajedrez, decidí salir todas las semanas a bailar, pese a que no me gusta mucho la música, ni la gente apretujada. Un jueves acompañé a mi novia y su grupo al Club Universitario. Estaba lleno de chicos y chicas divirtiéndose. Serían las dos de la mañana y en un momento veo que por una puerta dos hombres sacan a un tercero.
—Lu, me parece que unos tipos sacaron a otro por aquella puerta— le digo.
—¿Y qué? —ella me mira—. Seguro estaba en pedo. Vení, bailemos.
Y como me besa no puedo decirle que esos tipos estaban vestidos como griegos antiguos. Pero ni bien tengo la oportunidad, se lo digo.
—Seguro eran de una despedida de soltero. —Me contesta—. Por eso iban disfrazados. —Me inspecciona, y ahora está seria—. Me parece que estás estudiando mucho.
Ante la elocuencia de sus dichos, no puedo más que callarme.
El fin de semana Lucila me invitó a su casa.
Mientras ella estaba en la cocina haciendo una torta, yo me puse a hacer zapping hasta que enganché el partido de Boca, y me puse a verlo. En eso una presencia en el patio, que se ve desde la ventana, me abstrae de la pantalla del televisor. Yo giro mi cabeza y veo a un cánido, con las patas traseras más cortas, que me mira y sonríe.
—... ¿me vas a hacer el favor de prestarme atención? —me distrae la voz de mi novia. Me vuelvo. Ella está parada a mi lado. Y, a juzgar por su cara, está enojada—. ¿Qué te pasa? ¿Por qué no me escuchás cuando te hablo?
—Es que... ahí afuera... hay una hiena —le digo.
Ella arruga el ceño, sin quitar los ojos de mí. Levanta la vista y mira hacia el patio.
—No digas pavadas. Ahí no hay nada.
Yo miro de vuelta hacia el patio y veo que tiene razón. Me levanto de la silla y pego mi frente contra el vidrio, buscando con la mirada al animal. Pero el patio es chiquito y no hay un lugar donde esconderse.
—Tenés razón —le digo a Lucila sin entender—. Pero por un momento me pareció que...
—¿Qué? —me dice de mal modo.
—... que estaba viendo a uno de los animales del libro Calila y Dimna.
Lucila, primero, se sorprende. Después me mira con burla. Ella sabe que Calila y Dimna es un libro de fábulas, porque yo se lo conté al cursar la materia “Literatura española I”.
—Vos estás mal de la cabeza —dice, llevándose un dedo a la sien derecha—. Te estás volviendo paranoico.
Yo no quiero empezar a discutir, por eso le pregunto:
—Bueno, me confundí. ¿Qué me estabas preguntando cuando viniste desde la cocina?
—Que si querías que le pusiera chocolate a la torta.
—Dale, estaría buenísimo.
Pero ella no vuelve enseguida a la cocina. Se me queda mirando, seria, con la fuente en la mano.
—Pablito, me estás preocupando. ¿No te estará haciendo mal estudiar esas pavadas? Yo creo que tu carrera te está afectando. Después me vas a decir que viste una de esas cosas, ¿cómo se llaman? Esos bichos que son mitad mujer y mitad pescado.
—¿Sirenas?
—Sí, uno de esos.
—Pero en realidad no tenían nada de peces, sino de aves...
—Qué me importa —dice Lucila y vuelve a la cocina.
No sé exactamente cuándo advertí el momento en que el complot se cernía sobre mí; pero, según creo, las sospechas más fuertes las comencé a elucubrar luego de las vacaciones de invierno.
Los martes debía acudir a ajedrez. Para hacerlo, tenía que descender unas escaleras estrechas que descendían en espiral, que se encontraban tras unas estanterías repletas de volumenes prístinos, secos o mohosos, que conservaban con esmirriada caligrafía un discurso en latín o una aproximación al Popol Vuh. Luego había que golpear en una puerta de madera pintada de azul, pero los golpes no debían ser azarosos; nos complacíamos en tener una clave, que consistía en una secuencia —siempre fluctuante— de golpeteos y rasguños; luego el profesor nos recibía.
El problema de las aperturas semiabiertas fue discutido con fervor, también el tema del peón dama aislado. Alfredo nos contaba de Steinitz y Alekhine, instruyéndonos en esa lengua fabulosa que a veces creo poder recordar.
Repasábamos, los aprendices, diferentes tácticas posicionales o agresivas, mientras Alfredo se encargaba de destruir nuestros esfuerzos con sus razones y su experiencia. También nos comentó que en octubre se iba a hacer un torneo de ajedrez interuniversitario, y que él iba a elegir a quienes viajarían a Mar del Plata, donde se llevaría a cabo. Todos nos entusiasmamos con la idea, y pusimos especial énfasis en prestar atención a las clases.
A Lucila no la veía tanto como antes. Las exigencias de las materias que cursaba me impedían verla a menudo, y ella hacía planes para encontrarnos ni bien tuvieramos algún hueco en nuestros horarios.
Una vez estaba yo en la biblioteca revisando el índice de un libro (no recuerdo de cuál), cuando siento que alguien me toca el hombro. No llego a darme vuelta que ya Lucila me endilga una catarata verborrágica, levantando la voz y espetándome que era un insconciente, ¿cómo no me llamaste hoy temprano y me dijiste que ahora ibas a tener tiempo libre? La situación no pasó a mayores, pero recuerdo esa situación no por el bochorno, sino porque en el momento en que Lucila dio media vuelta hacia la salida sin esperar mi réplica, en ese mismo instante, supe. Como todas las cosas importantes, no fue de repente, sino que representó el punto cumbre en que yo reconocí por fin algo que mi conciencia se empeñaba en negar: las bibliotecarias me estaban espiando.
Cuando me miraban, fingían no demostrar apremio por espiarme, e, incluso cuando no me miraban, yo sabía que era porque querían ocultar sus verdaderas intenciones. Desde entonces supe, y presté atención a quienes me vigilaban. En la Biblioteca Rivadavia ocurría lo mismo, y no tardé en relacionar los encuentros ajedrecísticos con el acecho. Las bibliotecarias acosaban al grupo de ajedrez, queriendo intervenir en sus planes. Desconozco si mis compañeros ya lo habían advertido. Yo aún no había aprendido, en la terminología del deporte, cómo decir “Nos acechan” o “Biblioteca=peligro”, o “¿No se sienten un poco observados cuando nos reunimos?”, y por lo tanto desistí de entrada en comunicar mis inquietudes a Alfredo o a mis compañeros.
|
|
|
Página 1 de 2
- Siguiente
Página
|
5 Comentarios recibidos
| Escribir nuevo comentario (Requiere registro) - Leer todos los Comentarios
|
|
|
Usuario: eidián (28-Junio-09)
Bueno, advierto a la gente que esto va a ser largo. Debo confesar que el relato me ha dejado bastante perpleja: primero, no entiendo muy bien ese final y, segundo, tampoco estoy muy segura de como se ha llegado hasta él. Entiendo la trama sobre el ajedrez y la novia pero como estas se imbrican con la cuestión de la literatura y la presunta locura no me queda nada claro. Vale que quieras resaltar (espero que no te importe que te tutee) la excepcionalidad de la literatura, lo "provechoso" frente a lo que sólo atañe al alma (por decirlo de alguna forma), y lo utilices como forma de ir más allá de lo real pero...¿Por qué mezclas churras con merinas? Perdón. Por decirlo de una manera menos localista: ¿por qué quieres tocar tantas teclas literarias que producen tanta extrañeza e incomprensión en el lector? Si querías decantarte por la antigua mitología griega, referencias a La Iliada incluidas, vale. Pero, entonces, ¿a qué viene incluir la hiena, Calila e Dimna, el Popol Vuh y Quetzalcoal? Es que no pegan los unos con los otros ni con cola: la antigua mitología griega en biblioetcas y fiestas-party con las fábulas arabes haciendo visitas a domicilio y los dioses aztecas jugueteando con maniquíes.
Me gusta, por contra cuando hablas del ajedrez, de las jugadas y de los maestros que han dado lugar a estrategias: se te ve solvente. Pero luego está el complot de las bibliotecarias (al que no se encuentra más explicación que la chaladura del protagonista) y que viene aún más a dificultar la trama; la partida de Lu, que después de aguantar rarezas planta al prota frente a un escaparate (se que iba de chica superficial, pero que una futura abogada se porte como una quinceañera desairada...) y, no se, el aire general de que las cosas no acaban de encajar. Después de releer el texto me ha quedado como una idea que no se si es la que debiera ser centro del relato: como el rapto del principio (¿de Aquiles?) simboliza el comienzo de un aprendizaje, dificultado por la pulsión sexual que representa Lu y que no desaparece con su marcha, sino que explosiona con la irrupción del Centauro. Sin embargo, la alusión de los aqueos y el caballo me hacia esperar, no se, la entrada del Caballo de Troya y no al centauro que me habla tanto de la lujuria como del aprendizaje a través de Quirón, el ayo de Aquiles cuya vuelta subterránea a escena cerraría el círculo comenzado con los griegos del principio. Pero es todo tan rebuscado...Hay demasiadas cosas, demasiadas apariciones, demasiados argumentos, todo junto, revuelto y sin aclaraciones de cara al lector. Como le sucede a Antrodace esperaba algo más ya que los mimbres de la historia (el ajedrez, la literatura, la mitología, la locura, las relaciones hombre-mujer...) son adecuados para levantar grandes historias...pero se ve que no todos juntos y en tan poco espacio. Espero que no te tomes a mal lo que digo aquí: tienes buenas maneras y facilidad para crear situaciones misteriosas y fantásticas pero creo que deberías revisar los argumentos que tratas, dejar un poco de lado la erudición literaria y buscar más el acercamiento al lector que, al fin y al cabo, es a quien va dirigida la obra del escritor, ¿no?
|
|
|
Usuario: Mithrand (28-Junio-09)
Bueno, los relatos no tienen porque finalizar de forma rotunda, a veces se continúan, o simplemente el autor prefiere provocar suspense o inquietud en el lector.
|
|
|
Usuario: antrodace (28-Junio-09)
sí, pero lo que me refiero es que me esperaba algo más, no sé, es raro
|
|
|
Usuario: Dunadan (28-Junio-09)
Cita de antrodace: Lo he leído y me he quedado con cara de tonto al ver que se acababa ya |
Has visto que son dos paginas?
|
|
|
Usuario: antrodace (28-Junio-09)
Lo he leído y me he quedado con cara de tonto al ver que se acababa ya
|
|
|
Escribir nuevo comentario (Requiere registro) - Leer todos los Comentarios
|
|
|
|
| |
|
| |
|
|
|
|
 |
|
|
Version imprimible
·
Recomendar a un amigo |
|
 |
|
|
|
 |
|
No se permite la reproducción íntegra de este artículo. Para reproducciones parciales o citas, consultar el apartado de NOTAS LEGALES
|
|
|
|
 |
 |
 |
 |
 |
|
|
| |
|
|
|
 |
|