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El sueño del señor juez, de Carlos Gamerro
Eidián   13/06/2009 Comentarios (4)
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     ¿qué puede hacer una persona cuando le condena el sueño del poderoso? Un sueño del juez muestra a Rosendo meando en el muro del juzgado.
Portada de El sueño del señor juez, de Carlos GamerroLa realidad es fantástica. Ojalá recordase quien dijo esta frase que, a buen seguro, se apuntó un tanto haciendo una afirmación que llega a parecer una obviedad. Como diría mi madre: “eso es una verdad como un templo”. Y es que pocas cosas son más susceptibles de parecer irreales que la propia realidad, no sólo por lo absurdo y ridículo de algunas de las circunstancias o hechos a los que tenemos que enfrentarnos en la vida, sino por la constatación angustiosa de lo parecida que es a veces nuestra peripecia vital con nuestras peores pesadillas.

Los sueños nos hablan con su propio lenguaje y nos revelan temores y deseos que nos harían sonrojar a la luz del día.

Los sueños se intercalan de forma cotidiana con nuestra vida. La mayoría de las veces, cuando despierto, puedo recordar fragmentos de lo que he soñado y a gran parte de las personas que conozco les sucede lo mismo. Es normal. Hay gente que cree que los sueños son la basurilla del inconsciente y quien le da el valor de verdaderas revelaciones. Posiblemente la verdad se halle en el justo medio, como decían los renacentistas. Lo cierto es, como dice Carlos Gamerro en su obra “El sueño del señor juez” (2008, Veintisieteletras), que “las tierras del sueño son tan ilimitadas que si un hombre al trote se largara por ellas no le alcanzarían todas las noches de una vida para cruzarlas”.

Carlos GamerroEn los sueños nos vemos de una forma deformada y bizarra: por mucho que alguien me lo pidiera nunca le contaría los sueños que recuerdo a lo largo de los años porque o bien son pesadillas o bien los evoco porque me avergüenzo de ellos. Eso es lo malo de los sueños: que no puedes controlarlos. Nos hablan con su propio lenguaje y nos revelan temores y deseos que nos harían sonrojar a la luz del día. Sin embargo no hay otra: somos responsables de nuestros propios sueños. Ajo y agua que dice el refrán. Asumiendo eso se puede aguantar la propia ignominia onírica que te lleva a transitar parajes y cometer acciones que nunca llevarías a cabo en la vida real pero ¿qué sucede cuando tú eres el protagonista de los sueños de otros? ¡Ojalá alguien me hubiese soñado bañándome en una isla paradisiaca o contemplando Machu Pichu! Pero no.

Los únicos sueños que se me han contado, con mi no deseada presencia, háganse idea de que hablo de mi hermana pequeña, me sitúan cometiendo chorradas o aguantando mecha ajena. Si yo hubiera elegido el tema de mi presencia en sus sueños me habría emplazado con unas tijeras y desgarrando con placer el fondo de ropa de su inmenso armario. ¡Oh, dulce venganza! Por supuesto puede que mi hermana, al despertar, hubiese arramplado con toda mi ropa y la hubiese tirado a la calle de la misma…o sólo pensase “¡qué sueño tan raro!”. Crucemos los dedos y esperemos que no le haya dado un nuevo tema de meditación.

Para Carlos Gamerro fue el sueño que tuvo su mujer, que le vio abandonándola por otra y luego le pidió cuentas por la acción no realizada, lo que le hizo reflexionar y preguntarse si somos responsables de cómo nos sueñan los demás y si ellos son culpables de los actos que cometen en nuestros propios sueños. Este profesor argentino de literatura (deberían entrar en su blog: a mí me dejó bastante acomplejada debido a mi nulo conocimiento del inglés y la certeza implícita de que ese es el idioma en que se debe leer a Shakespeare y otros angloparlantes para llegar a su verdadero conocimiento) que ha aprendido en USA el arte de la ejecución de los guiones de cine e imparte clases sobre el mismo, no era ningún novato en los pantanos literarios (anteriormente publicó “La isla” (1998, Simurg)), y aprovechó su duda para transformarla en el interesante libro que estamos comentando. Porque, aunque hasta ahora no lo parezca, toda esta introducción no hace más que honrar la premisa de la novela de Gamerro: ¿qué puede hacer una persona cuando le condena el sueño del poderoso?

Gamerro dota a sus dudas de un tinte claramente crítico, social y políticamente, y crea para expresarlo dos tipos fundamentales: Urbano Pedernera, ex oficial devenido en juez de paz de Malihuel (suerte de lugar inventado, paraje creado por el autor en el cual se mueve como pez en el agua y que le sirve para situar sus propios sueños y pesadillas tal y como han podido hacer antes García Márquez con Macondo o Follet con Kingsbridge, por poner dos ejemplos dispares), y Rosendo Villalba, gaucho, ex soldado y, finalmente, catalizador de sueños y pesadillas del señor juez a las que da un fin tan acertado como justo y cruel.

Gamerro dota a su novela de un aire irreal, de pesadilla a veces, desde la primera hoja, sin que por ello abuse de los recursos oníricos.

El libro se inicia precisamente con un sueño del juez en el que Rosendo le mea el muro del juzgado. La indignación del juez da paso a la repetida acusación sobre los vecinos del pueblo a los que sueña cometiendo diversos ataques a sus intereses y persona. ¿Cómo se puede luchar contra un sueño? Eso es lo que empiezan a preguntarse los vecinos: ¿cómo se puede estar seguro de que, en realidad, lo que ha soñado el otro no es lo que verdaderamente se deseaba hacer, lo que se iba a hacer? Es en este sentido como toma valor la frase de Yeats que la crítica ha usado para referirse a esta obra: “nuestras responsabilidades empiezan en los sueños”. La inseguridad y el temor asalta a ese pequeño pueblo fronterizo de la pampa (¿no sabían que hay un oeste americano que nada tiene que ver con John Wayne y sus colegas?), que surge a finales del siglo XIX después de que empiecen a remitir los asaltos de indios en la zona, y que se ve en las manos de ese juez que se vale de lo soñado para hacer con ellos lo que le viene en gana.

Gamerro dota a su novela de un aire irreal, de pesadilla a veces, desde la primera hoja, sin que por ello abuse de los recursos oníricos. Muy al contrario, es tan sólo en el tercer capítulo, el último, donde se explaya con una serie de escenas donde la fantasía e irrealidad de los sueños nos asaltan en una serie de imágenes brillantemente escritas y bien resueltas. Porque puede que Gamerro se haya valido de la irracionalidad y extrañeza de los sueños para componer una crítica del poder y sus abusos pero la estructura de la misma es poderosa y racional y el autor no ha dejado que se le escapase por parajes tenebrosos en ningún momento.

La novela crece a lo largo de los tres capítulos en que se divide: con un planteamiento inicial en el que se desarrolla todas las injusticias llevadas a cabo por el juez y se expresa el desconcierto y la imposibilidad de detenerle por parte de los ciudadanos de Malihuel; una búsqueda central del personaje de Rosendo por la pampa que da como resultado tanto el enfrentamiento con la realidad más visceral y estrambótica (la escena en que encuentra a los que estaban encargados de levantar una zanja en medio de la nada para detener a los indios, aparte de basarse en un hecho real, a mi me dejó los pelos de punta por lo absurdo y trágico) como la obtención de una respuesta para tanto despropósito y, por último, un final bizarro, onírico, recargado, lógico y genial que me dejó encantada con el autor. Son los sueños del pueblo, de un pueblo unido, los únicos que pueden dar al traste con las pesadillas de los poderosos, parece decirnos Gamerro.

En cuanto al estilo y las búsquedas de forma, decir que lo siento pero yo, por más que me he dejado llevar, apenas he sonreído con la novela…quizás algo con el cardo final del caballo pero poco más. Lo cierto es que ese tipo de humor negro, que destila gotas de crueldad por doquier, no hace más que dejarme la columna perdidita de escalofríos. Y no de risa precisamente. A mí el poder, ni siquiera cuando es ridiculizado, me produce risa. De ciertas culebras no se pude fiar uno ni cuando sólo queda la piel.

Por otra parte el lenguaje empleado, bien cumplido de término gauchescos y con modismos que presupongo tan argentinos como el tango, es rico y recargado como una buena poesía barroca (por cierto, si con algún escritor barroco español se podría comparar esta novela, debería ser con Quevedo cuya obra “Los sueños” parece ser muy evocadora a este respecto) y relaciona a Gamerro con toda una tradición en castellano (bien, se puede relacionar a Borges como manipulador de sueños… ¿pero como crítico de realidades? Yo también hablaría de Alejo Carpentier, por el barroquismo e incluso lo onírico, pero, claro, ese no es argentino), e incluso europea (acepto a Calvino y cosas como “Si una noche de invierno un viajero…” o “El vizconde demediado”), de utilizar lo que se haya debajo de la realidad cotidiana para criticarla abiertamente empleando lo absurdo y raro para llamar la atención sobre los defectos de una realidad que suele tener tintes de la peor pesadilla.

Es, en resumen, una novela muy bien ideada, muy bien planteada y muy bien resuelta, que no deja cabos sueltos y lleva a cabo sus ajustes de cuenta de forma eficaz y brillante. El poder queda evidenciado como lo que es, injusto, corrupto y manipulador, aunque el resto de los implicados en la historia tampoco son, precisamente, peritas en dulce: Gamerro hace una descripción fiel de los tipos de la época (desde la prostituta a los famosos “pulperos” (esos vendían desde mate hasta medias), pasando por médicos, políticos, indios (las páginas que se desarrollan en el pueblucho indio no tienen desperdicio) militares y otros muchos). En ese sentido Gamerro no se aparta de la realidad del momento pues lo imaginativo no se recrea en ese aspecto sino en las acciones que el juez y sus vecinos se plantean para llevar a cabo sus deseos. Son personas reales envueltas en unas circunstancias extraordinarias que resuelven de una forma también extraordinaria. Las páginas del monumento son las que hicieron aflorar una sonrisa en mi cara, después de tanto tormento, tanto temor y tanta extrañeza.

Una novela recomendable de todas a todas, que nada tiene que ver con el fantástico anglosajón al que estamos acostumbrados y que cuenta con un lenguaje único con el que poner en solfa a todos los poderosos que se atreven a juzgarnos y dominarnos hasta en nuestros sueños. Porque, recordadlo, la tierra del sueño es libre; quizás sea el único territorio verdaderamente libre que alguna vez podremos transitar.

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4 Comentarios recibidos
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Usuario: Mithrand (15-Junio-09)

No, no me lo tomo a mal... de hecho no suelo editar esas cosas, no sé porque me dio por hacerlo. Supongo que porque encontré demasiado ruda la expresión, y eso que aparece hasta en el dossier tal cual. Y sí, hay cansancio xDDD

Realmente, "mingitar" no viene en el DRAE, me parece más adecuado "miccionar", si nos ponemos pijos. Si no, orinar... "mear" no termina de gustarme en expresión escrita, pero eso ya es otra cosa, todos tenemos manías.
Usuario: eidián (15-Junio-09)

Mithrand, no te lo tomes a mal, de verdad. Mucho cansancio a estas alturas, ¿verdad?
Usuario: Mithrand (14-Junio-09)

Tienes razón, y aunque no la tuvieras, ya que el artículo es tuyo...
Usuario: eidián (13-Junio-09)

¿Mingiqueeeeeeee? ¿Hemos retrocedido a finales del siglo XIX? "Excúseme caballero: ¿sabría decirme dónde se encuentra el mingitorio público más cercano? Tengo una acuciante necesidad. Usted comprende..." ¿Qué pasa? ¿Es que "mear" no es lo suficientemente fino para aparecer en una portada de internet? Se podía haber escrito "orinando" y no recaer en arcaicismos que parecen sacados de un capítulo de "Arriba y abajo". Menos diccionario de la Real Academia, por favor, que estamos en 2009 y no 1909. Y no es por faltar, que conste...Es que me parece un poco pijo y cursi. No lo arreglo, ¿verdad?
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