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Tiempo de cambios, de Robert Silverberg |
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¿Puede la sociedad coartar al individuo? ¿Puede una generación obligar a las siguientes? ¿cuál es el precio de la libertad? ¿Qué estamos dispuesto a sacrificar por ser libres? |
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Es por novelas como estas por las que merece la pena seguir leyendo hasta desfallecer, dormir poco y no ver televisión. Que aunque suene exagerado es lo que hay que hacer en ocasiones para conciliar la vida laboral con la lectora.
Seguro que el lector conoce esa sensación entre excitante y angustiosa de coger un libro y no querer soltarlo hasta haber devorado la última página; y ello aún sabiendo la rabia o pena que sentirás cuando se acabe. A mí me ha pasado con Tiempo de cambios; lo leí rápido, entusiásticamente, comprendiendo a cada página porqué le han otorgado el Nebula y porqué Robert Silverberg es siempre una buena elección: estamos ante un libro excepcional.
La novela se convierte en el diario de un perseguido; de quien proviniendo de lo más alto de la sociedad acaba rompiendo con todo e incluso trayendo la desgracia a sus más próximos o provocando su desprecio o incomprensión por el delito de ejercer su libertad.
Ya en la portada de la edición de "Tiempo de cambios", disponible en FantasyTienda, en La Factoría de Ideas se indica que la novela es “una revolucionaria obra sobre la libertad”, lo que siendo cierto se queda incluso corto. La obra va mucho más allá: es -creo yo- una reflexión sobre la sociedad y la necesidad de comunicación, la capacidad de empatizar con el prójimo, todo ello con la cuestión política de fondo que recorre nuestra propia historia ¿Puede la sociedad coartar al individuo? ¿Puede una generación obligar a las siguientes?
Todos estos temas se plasman en el relato y retrato de un mundo peculiar, por veces agobiante, en el que cualquiera de nosotros tendría serias dificultades para adaptarse a los usos sociales, consiguiendo que el lector conecte con el protagonista y acabe poniéndose en su lugar proporcionando una experiencia lectora atractiva a la par que chocante.
Imagina que vives en un mundo en el que no es posible hablar de uno mismo en primera persona sin resultar obsceno, incluso blasfemo; un mundo en el que los sentimientos personales han de ocultarse y en el que es imposible abrirse a los demás; un mundo en el que se fomenta el aislamiento del individuo y se obliga a no molestar a los semejantes con los problemas propios.
Un mundo que puede resultar emocionalmente castrador ya que obliga al individuo a cerrarse tan en si mismo que resulta incluso contradictorio; tal aislamiento de la dimensión individual de la persona provoca un aparente comunitarismo (que no comunismo) que resulta absolutamente falso puesto que la imposibilidad de expresarse libremente determina también la imposibilidad de comprender realmente al prójimo y fomenta en el fondo un feroz individualismo.
Ese mundo paradójico y contradictorio, feudal y tecnologizado, Borthan, es el que refleja Silverberg en Tiempo de cambios, de un modo tan vívido que te puedes llegar a ver paseando por sus calles e imaginártelo con su compleja panorámica política y social.
Toda novela tiene su héroe o su antihéroe, y ésta no podía ser menos: Kinnall Darival, hijo del septarca de Salla, pero no el primogénito, lo que lo colocará en una posición delicada tras la muerte de su padre por lo que se verá obligado a exiliarse a Glin (otra provincia).
Kinnall acumula toda una serie de defectos o vicios a los ojos de la sociedad de Borthan, empezando por su pasión prohibida hacia su hermana vincular, pasión que debe refrenar y negar, no sólo por ser tabú, sino porque sólo con sus hermanos vinculares uno puede hablar de uno mismo y reconocer tal pasión supondría perder a una de las dos personas con las que puede hablar con cierta libertad.
A través de su contacto con Schweiz (a veces odiado y a veces amado) comienza no sólo a usar la primera persona del singular sino que accede a una antigua droga que permite romper las barreras entre individuos y llegar incluso a fundirse con otros, lo que supone el mayor de los pecados en la sociedad de Borthan. Ya no estamos ante la blasfemia verbal, sino ante un auténtico acto contra natura.
En ese sentido, Darivall es el gran hereje: blasfemo en el lenguaje, en los afectos; llegando al límite máximo usando la droga para fundirse con otros e introduciendo a otros en su degenerada práctica, lo que pone en peligro toda la estructura social y conlleva una reacción implacable del poder establecido.
La novela se convierte así en el diario de un perseguido; de quien proviniendo de lo más alto de la sociedad acaba rompiendo con todo e incluso trayendo la desgracia a sus más próximos o provocando su desprecio o incomprensión por el delito de ejercer su libertad.
En el fondo se trata de eso ¿cuál es el precio de la libertad? ¿Qué estamos dispuesto a sacrificar por ser libres?
La tesis planteada en torno a la sociedad y el lenguaje; a la existencia de un lenguaje o usos del mismo adecuado a las formas sociales dominantes recuerda a un clásico como Los lenguajes de Pao de Jack Vance. No deja de ser un tema apasionante, la vinculación entre formas sociales, comportamientos en sociedad y utilización del lenguaje, y Silverberg ha ido un paso más allá que Vance, dándole más profundidad al tema y construyendo una obra maestra.
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