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       Artículo de literatura

El valle de la creación, de Edmond Hamilton


Eidián   16/04/2009
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     ¡Oh, los que llegaréis después de nosotros, cuidaos!¡Cuidaos de no repetir lo que nosotros hicimos, para que nuestro fatídico destino no os alcance!
Portada de El valle de la creación, de Edmond HamiltonHay obras literarias que parecen estar condenadas a sobrellevar el título de “precursoras” no tanto por su estilo como por su temática. Son aquellas que se tildan de “visionarias”. Los que las crearon parecían tener las claves de lo que habría de suceder en un futuro quizás no demasiado lejano y, aunque muchas veces estas obras se juzgasen en su época de estrafalarias, ridículas o, incluso, estúpidas y fuesen por ello directamente ignoradas, el tiempo ha acabado por darles la razón. El caso más conocido es, sin duda, el de Julio Verne cuyas elucubraciones tecnológicas en novelas como “De la tierra a la luna” o “Veinte mil leguas de viaje submarino” le ponen como claro antecedente de lo que después se llamaría ciencia ficción. Pero la visión tecnológica del siglo XX en Verne, pocas veces oscura o gris, poco tiene que ver con el juicio a la acción del hombre sobre la naturaleza que vamos a analizar y que deja éste a la altura del barro.

La obra es hermosa sin llegar a ser lírica, ingenua respecto a lo que se estila hoy en día, llena de acción y con la justa reflexión.

La novela que comentamos, “El valle de la creación” (Alianza, 2008, colección Runas), escrita por Edmond Hamilton entre 1931 y 1948, tiene no sólo carácter de visionaria, participando de la temática fantástica y de ciencia ficción, sino que, además, llegados a este momento de nuestra historia, se convierte en una dolorosa llamada a la razón, la conciencia y la convivencia si no queremos que el mundo que habitamos se convierta en polvo bajo nuestros pies. La narración da comienzo en algún lugar indeterminado de China, en una época inconcreta, mostrándonos como cinco mercenarios huyen ante el avance de sus enemigos. Contratados por un enigmático personaje, son llevados hasta un valle misterioso, en las estribaciones del Tibet, donde se dirime una extraordinaria y fantástica lucha entre hombres y animales, mejor dicho, entre hombres partidarios de la superioridad humana sobre cualquier ser vivo y los partidarios de que hombres y animales son iguales en derechos. Porque en ese valle escondido, cual mítica Sanghri-la, la paz y la armonía han sido la tónica entre hombres y animales durante milenios, pues ambos comparten algo más que una tierra sobre la que vivir. Todos ellos son inteligentes.

Es L´Lan, la Dorada, el valle de la creación en donde apareció la inteligencia y aún existe la antigua Hermandad entre hombres y animales...y que el protagonista conoce antes de empezar la trama porque, ¡oh, milagro! (y casualidades de esas de la vida), resulta que un vidente ciego le había revelado al salvarle la vida años atrás. De lo más creíble, vamos. Aparte de la habilidad de Hamilton para introducir por primera vez el nombre de L´Lan en la historia, ya desde el primer momento surge como un lugar de armonía y dicha. Será el hombre el que creará un desequilibrio entre las especies (cinco son las especies inteligentes del valle: lobos, caballos, tigres, águilas y hombres), queriendo imponer su supremacía sobre el resto en base a un origen primigenio anterior a todos los demás, a un orden en el que el hombre fue amo del mundo antes que el resto de las especies se adjudicase una igualdad que no les correspondía y que no se respeta el mundo más allá del valle donde nos dedicamos a tratar a los animales como objetos.

Por qué esa situación ha llegado a crearse en L´Lan, el valle misterioso, es una de las claves del libro y con esa explicación enlaza su temática directamente con la ciencia ficción, mientras que el tratamiento de la historia nos remite claramente a los libros de aventuras e incluso a la fantasía que pueden destilar los trabajos de Edgar Rice Borroughs (el creador de “Tarzán”) o H. Rider Haggard (“Las minas del Rey Salomón”, “Ella”...), más que, por ejemplo, a la fantasía de espada de un Robert E. Howard.

La historia en si es formulada de una forma directa (las primeras frases ya nos meten en el centro de la trama), despojada de cualquier retórica o digresión de tipo moral o ideológica: el autor, en todo momento, aspira a que los hechos hablen por si solos. Los personajes están apenas dibujados (los mercenarios malvados, capaces de matar tanto a animales y como a hombres si se cruzan en su camino, son despachados en dos frases “Nick Sloan era calculador, frío y despiadado. Van Voss, un idiota sádico, y Lefty Wister, un criminal retorcido”) y no se salen de sus papeles en ningún momento. Ni siquiera los protagonistas están mejor descritos: Eric Nelson, el héroe, es un mercenario asqueado de su pasado que sólo desea dejar de sentir sucio pero nada sabemos de donde ha salido, excepto algunas visones breves de una infancia idílica, y porque ha evolucionado hasta esa postura.

Los únicos sentimientos que van a ser expuestos de forma brillante en la novela serán los que sienta uno de los personajes al ser transformado de forma increíble en un animal, experimentando la vida a partir de ese instante como si fuese ese animal . Es uno de los momentos mejor tratados de la novela pues el autor intenta que veamos la vida a través de los ojos de los animales comprendiendo hasta que punto es inmoral que el hombre pretenda reducirlos a la ignominia de la esclavitud...y eso que Hamilton aún no sabía nada del catálogo de especies en peligro de extinción. Ganancias humanas del siglo XXI conseguidas con duro trabajo de exterminio. Viendo semejantes perlas, ¿como no vamos a compartir la opinión del protagonista cuando, juzgando su vida y el trabajo que se le ha encomendado, exclama: “Los lobos y los tigres del mundo exterior, que sólo poseen una mente animal, valen más que yo”?

Hamilton, que compartió con Lovecraft y Howard el honor de escribir en “Weird Tales”, publicación pionera de la fantasía y ciencia ficción norteamericana del periodo de entreguerras, se descubre en esta novela como un profundo ecologista en una época en que la palabra aún no se había inventado...al menos no con el sentido que se le da hoy en día. Es evidente el amor que Hamilton posee por los animales, sobre todo por los caballos, y como le resulta intolerable el trato que el ser humano les ha proporcionado a lo largo de su historia. Por ello, en una época en que los valles escondidos en los que se ocultan las esperanzas y anhelos de la Humanidad saltaban a las pantallas (véase “El valle escondido “ de Capra), Hamilton crea su propio valle en el que hombres y animales conocieron la inteligencia de forma simultánea y que sólo el hombre pretende destruir.

La edición de Alianza es muy meritoria y es de resaltar la labor del traductor Javier Martín Lalanda que no sólo ha traducido la novela publicada en 1964, la única que vio la luz en formato libro, sino que la ha cotejado con el número especial de la revista Starling-Stories de 1948, donde se publicó el texto completo por primera vez. Lalanda ha preferido regresar al texto original de 1948 explicándonos en la introducción el tipo de variaciones habidas entre una narración y la otra, debidas en su totalidad al cambio de situación política en China y la posición del resto del mundo respecto a ese hecho que obligó a Hamilton a sacar al protagonista de la Guerra de Corea y le llevó a convertir a China en el país comunista que surgió tras la Larga Marcha de 1948. Siempre que ha habido una variación entre ambos textos Lalanda lo ha consignado en una nota contrastando ambas versiones. Ya que esos cambios se consignan en su noventa por ciento en los dos primeros capítulos considero que son tanto instructivos como muy apropiados. Pero, claro, eso es debido a que la universidad me ha contagiado con la necesidad de demostrar cuanto se dice con una anotación al margen. Para aquellos que pasen de semejantes aclaraciones tampoco pasa nada pues la historia no pierde en ningún momento coherencia sin ellas.

La obra es hermosa sin llegar a ser lírica, ingenua respecto a lo que se estila hoy en día, llena de acción y con la justa reflexión, pues no desea Hamilton filosofar respecto a la Humanidad: él tan sólo intenta mostrarnos diestramente a través de su fantasía la incoherencia de la postura humana respecto a la naturaleza, advirtiéndonos de cual puede ser nuestro futuro sin no cejamos en un empeño que es tan estúpido como criminal. En el fondo de su historia late el temor cierto ante la extinción no sólo de los animales sino del propio ser humano, extinción que llegará si no somos capaces de valorar la vida que nos rodea, inteligente o no, pues somos parte de esa naturaleza y, creyéndonos superiores a ella, sus amos y destructores, en verdad estamos condenando todo cuanto somos para reducir a la nada todo cuanto podríamos llegar a ser.

No olvidéis que todos compartimos un mismo mundo. No hagáis que estas sean nuestras últimas palabras:

“¡Oh, los que llegaréis después de nosotros, cuidaos!¡Cuidaos de no repetir lo que nosotros hicimos, para que nuestro fatídico destino no os alcance!”

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