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Siembra de Jade, de Alex Irvine
Joaquín Torán   15/03/2009 Escribir Comentario
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     El libro es casi un sucederse de situaciones inconexas y trilladas que sumen en el sopor desde el instante en que se abandonan los prolegómenos y se entra en materia.
Portada de Siembra de Jade, de Alex IrvineErrar es humano. La capacidad de equivocarse y rectificar es competencia exclusiva de los seres racionales, para quienes el instinto constituye simplemente una pauta de conducta. En algunos casos, supone hasta un medio de vida: los editores deben encomendarse a su olfato, a una experiencia que no se construye sobre precedentes, para configurar los catálogos de sus empresas. Al trabajar muchas veces con escasas referencias, los responsables de las editoriales arriesgan su prestigio apostando por títulos inéditos en los países en los que desarrollan su actividad. Y claro, sucede que, en ocasiones, fallan.

Alex Irvine ha visto demasiadas superproducciones y su cultura es más visual que literaria, lo que afecta a un libro que se antoja novelización

Luis García Prado fue, durante su larga etapa al frente de Bibliópolis (2001- 2007), uno de los editores más osados del panorama literario español. Consiguió granjearse, ante propios y extraños, una reputación bien merecida por su tino a la hora de seleccionar los libros que iba publicando. Andrzej Sapkowski (su triunfo más clamoroso), Ellen Kushner, Martha Wells o M. John Harrison, empezaron a ser conocidos entre el público español gracias a su muy notable labor. Bibliópolis se nutrió, durante toda su existencia, de nombres y títulos que harían sonrojarse, por el acusado contraste, a su competencia. Aunque también dio algo de margen a sus rivales para sonreír ante los pocos patinazos provocados por su celo experimental.

Siembra de Jade” (Bibliópolis Fantástica 18, disponible en FantasyTienda) se cuenta entre sus más sonados fracasos. Estoy seguro de que García Prado vio en esta novela del primerizo Alex Irvine (Ann Arbor, Michigan, 1969) un trasunto de las historias fantástico- aventureras del gran Tim Powers, ya que los métodos narrativos de uno y otro pueden admitir (ligeras) semejanzas. Irvine, de hecho, intenta presentarse como el aventajado discípulo que asimila las recetas y los trucos del maestro, codificándolos según su tamiz personal. El resultado muestra claramente por qué uno de ellos es el genio que ha encandilado a generaciones de lectores con sus desconcertantes obras y por qué el otro es todavía un escritor con mucho –o todo- por decir.

Pretende Irvine tomar la mitología azteca como base para elaborar una trama en la que se diluyen las barreras de la realidad y la ficción, donde la magia es tan natural como la enfermedad, y en donde vida y muerte son sinónimos de lo mismo. La premisa de la que parte es, como en muchos casos, prometedora, pero todo atisbo de interés o potencialidad se pierde por las limitadas habilidades del autor, más cómodo en los márgenes del best seller que en los de la novela de época con tintes fantasiosos. Así, los diálogos aparecen cortados por el patrón de esa previsibilidad que se cree brillante y se queda en anodina; los personajes son sombras sin magnetismo, incapaces de despertar la empatía necesaria para que el lector se identifique con ellos y decida hacer causa común con sus objetivos; el argumento traquetea ante innumerables casualidades, lagunas, deus ex machina e imposibles.

Irvine ha visto demasiadas superproducciones y su cultura es más visual que literaria, lo que afecta a un libro que se antoja novelización (más que novela) de una película cualquiera de fuegos de artificio. “Siembra de Jade” lucirá muy bien en pantalla, porque tiene detalles que gustan a un productor: escenas para la presunta épica; un protagonista cuya biografía y personalidad no interfiere demasiado en el espectáculo; villanos supuestamente vistosos y en verdad mil veces vistos que juegan a ser novedosos y a los que se les ve venir, como a la trama, desde el inicio; un trasfondo atractivo que da pie al exceso… El libro es casi un sucederse de situaciones inconexas y trilladas que sumen en el sopor desde el instante en que se abandonan los prolegómenos y se entra en materia. Ahí es cuando se descubre que lo que pintaba bien era puro espejismo, pues la reiteración narrativa con la que se sale al paso durante la mayor parte de este volumen influye poderosamente en la sensación de hastío y cansancio con la que el lector acaba llegando a las páginas finales.

Contribuye a esta fatiga el desconocimiento que rodea a toda la cosmología y el ritualismo azteca. Para un lector medio, incluso con buen bagaje, muchas de las ideas que vertebran la historia y que dan lugar a sus continuos giros, se le escaparán por la similitud de los nombres (un mismo Dios puede ser nombrado de dos y hasta tres formas distintas) y por la lejanía de los acontecimientos contados. El principal error de Irvine es el de no haber sabido aligerar su texto, haciendo de “Siembra de Jade” una novela de apariencia dogmática, en la que se cuentan, sin más preámbulos, verdades inquebrantables. Este hieratismo, fallo fatal del tomo, conduce a la indiferencia total, y con ello, a la pérdida de curiosidad por procurar discernir lo que hay de cierto o no en la mitología o en los personajes comparecientes. Dicho sea de paso, el mayor error cometido por García Prado, a instancias de Irvine, es el de no haber incluido una guía para la lectura que, necesariamente, hubiese aclarado muchas incógnitas y, quizás, habría mejorado el conjunto.

Por si fuera poco, “Siembra de Jade” fue saludada con los más entusiastas elogios en su patria, unos Estados Unidos chovinistas como pocos en lo que atañe a su magra trayectoria como Nación. Sin ir más lejos, esta obra sobre “la historia secreta de la América decimonónica”, documentada con un nivel de prolijidad tan exhaustivo como apabullante y mal plasmado, ganó el Locus en 2003, demostrando que, a veces, los premios no se otorgan por la calidad literaria. Ni mucho menos por el talento.

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