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El síndrome de Ambras, de Pilar Pedraza
Joaquín Torán   05/02/2009 Escribir Comentario
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     Pilar Pedraza es capaz de demostrar que una sólida formación humanística puede contribuir a enriquecer un estilo antes que a recargarlo.
Portada de El Síndrome de Ambras, de Pilar PedrazaValdemar tenía que ser. Sólo una editorial con un catálogo tan diversificado y exquisito, podía dar cobijo a una rara avis como Pilar Pedraza (Toledo, 1951). Escritora desusada, considerada “de culto” por una legión de críticos que la han leído poco y sospecho que mal, su adscripción al Terror responde a la permanente búsqueda de lo “raro” y “extravagante” que ha marcado el grueso de una de las bibliografías más singulares y fascinantes de los últimos años. Su literatura me recuerda, y mucho, a la de otro gran incomprendido, Maurice Renard, a quien descubrí gracias a esta página, y al que tuve el gusto de reseñar hace unos meses.

La asilvestrada belleza de la narrativa de Pilar Pedraza, que a veces pasa por rudeza, se ajusta muy bien al pintoresquismo de sus tramas

Comparten el francés y la toledana una saludable curiosidad por lo distinto, que se manifiesta en la propia excepcionalidad de sus circunstancias: mientras Renard construye tramas excéntricas, sin parangón, desde unos posicionamientos teóricos a partir de los cuales defiende el carácter social de la Ciencia Ficción, Pedraza se abisma en las facetas más insólitas de la cultura humana desde su privilegiada condición de estudiosa académica (es profesora de Historia del Arte en la Universidad de Valencia). Imaginación y saber parecen filones inagotables en estas dos maneras tan personales – y sin embargo tan cercanas- de hacer literatura. Literaturas difícilmente localizables dentro de un género o de una tendencia determinada, porque lo característico de la excepcionalidad es la singularidad.

Pilar PedrazaSe distingue Pedraza, no obstante, por un estilo sencillo que enmascara bajo una falsa apariencia de simplicidad frases cortas y muy concisas, síntoma de una síntesis estilística perfectamente depurada. Su asilvestrada belleza, que a veces pasa por rudeza, se ajusta muy bien al pintoresquismo de sus tramas, jamás contaminadas por la evidencia de lo esperado y lo obvio. Quizás la fascinación que produce, y a la que induce, "El síndrome de Ambras" (Valdemar), se deba a la desacostumbrada mezcla entre lo español y lo anglosajón, amalgama que no afecta sólo a su propia ambientación y argumento, sino que va mucho más allá en cuanto a calado y profundidad. El libro es, creo yo, un divertido experimento, en el que una escritora española prueba a ponerse en la piel de una inglesa fusionando lo mejor de las dos narrativas: el costumbrismo social decimonónico inglés, por un lado, y el barroquismo inquietante, semisalvaje, español.

Surge así una novela sin precedente alguno, que narra una transformación física y moral en el marco incomparable de un periodo de violencia extrema (el Trienio Liberal de 1820- 23). Por analogía temática, me recuerda en ciertos pasajes a “El hombre lobo de París” (especialmente en los relativos a la metamorfosis), aunque la semejanza sea circunstancial y se deba fundamentalmente a que ambas cuentan historias románticas en escenarios donde la civilización se diluye para dar paso al bestialismo. Si Endore sitúa a un mismo nivel a Bertrand, su monstruo, y a los Comuneros, el estilo aséptico, casi documental, de Pedraza logra resultados espléndidos deshumanizando a los ejércitos liberal y monárquico, favoreciendo una nueva similitud con Goya, en este caso nada caprichosa: la de los franceses convertidos en una mancha impersonal, todo uno, que fusilan a los levantiscos del cuadro titulado “Los fusilamientos del dos de mayo”. Así son, básicamente, los ejércitos rivales: sombras muy pronunciadas, de presencia alargada, que recorren los mismos parajes agrestes, indómitos, del séquito protagonista. Un paisaje, que es aquí también juez y parte.

No acaban aquí las virtudes de Pedraza: a su estilo tan preciso, se suma su gran facilidad para desatascar tramas sin artificios llamativos, en las que parece que nunca pasa nada, pero que son ardientes crónicas de pasiones encontradas y latentes a las que les basta un pequeño (o perseverante) detonante para hacerlas estallar. En "El síndrome de Ambras", los derroteros que va a tomar la fatalidad se pueden intuir dentro de unos límites, porque así lo quiere su autora, pero eso no quiere decir que sea una novela previsible: lo es sólo en lo que respecta a las actitudes emanadas de las pulsiones sentimentales, en donde cada personaje actúa con completa naturalidad, pero no en sus efectos, ya que la toledana es única dotando de múltiples aristas a las facetas amorosas de sus seres. Resaltar a estas alturas que una novela es inimitable porque habla del amor, la muerte o los celos, temas existentes desde que el hombre vivía en las cavernas, es tan inútil como melifluo; hacerlo porque constituya una novedad más que la repetición de unas fórmulas, da una buena idea de la abismal diferencia que separa a Pedraza de buena parte de sus coetáneos.

La enorme erudición que profesa es, además, distintivo, nota de color, y no lastre, porque es capaz de demostrar que una sólida formación humanística puede contribuir a enriquecer un estilo antes que a recargarlo. Incluso en esto no tiene rival: las reminiscencias clásicas que saturan sus páginas suelen contemplarse más como aliadas de la precisión. Bien escogidos, aunque a veces muy selectos, estos detalles son más vivos que ingentes cantidades de metáforas o parábolas.

Baste con detenerse en el análisis de la enfermedad que da título al libro: el síndrome de Ambras, conocido también por Hipertricosis Languinosa Congénita, epidemia rarísima de la que se documentan sólo cincuenta casos desde los tiempos de la Edad Media (entre los que habría que citar a Antonietta Gonsalvus, inmortalizada por Lavinia Fontana en ese cuadro que Valdemar elegiría como portada para “El libro de los hombres lobo. Información sobre una superstición terrible”, de Sabine Baring Gould). Esta premisa es convenientemente reciclada para narrar un suceso licantrópico desde una óptica doblemente exótica: por un lado, porque, al igual que con Endore, el protagonista no es la bestia, sino un miembro de su entorno, lady Florence Ashton, la esposa del maldecido lord Alexander Ashton; por el otro, porque casi tanta importancia como los héroes la tiene Serranilla, misterioso espíritu indómito aquejado por el mismo mal, que, con su figura, arrastra la narración también a parcelas circenses, dotando al conjunto ya de por sí fantástico de ese irreprimible e inevitable regusto tan pedrazquesco por lo extraño (nada sorprendente en quien ha realizado la traducción de "El sueño de Polífilo", anunciado como uno de los libros más curiosos del Renacimiento). Así, "El síndrome de Ambras" asume el parecido razonable con esos "Cuartos de las Maravillas" o "Gabinetes de las Curiosidades", versión literaria, que tanta atracción despertaron y despiertan entre estudiosos y eruditos.

En la crítica a “El doctor Lerne. Imitador de Dios”, de Maurice Renard, dejé escrito: “En sus páginas [el lector] hallará maravillas nunca antes descritas, experimentará sensaciones que no creía posibles y se deleitará con una narración sólida, magistral e impactante.“ Suscribo, para la presente ocasión, todo lo dicho entonces, pero me tomo la licencia de modificar mi última frase con otra que hace justicia tanto al libro como a su autora: “Aunque no sea apta para todos los estímulos. Ni para todo los paladares”. Así son los genios.

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