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En el principio fue la Oscuridad (Príncipe de Nada 1), de R. Scott Bakker
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Asombroso, cautivador, enfocado de tal manera se pueden trazar fríos perfiles psicológicos, si alguien es tan frío como para poder alejarse de la acción, de unas líneas que nos hacen temer, odiar, apasionarnos, en definitiva: sentir. |
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Otra de las series presentes en la colección de Altaya Sagas Épicas: Las Mejores Sagas de la Literatura Fantástica, es Príncipe de Nada, de R. Scott Bakker, compuesta por tres entregas: "En el principio fue la Oscuridad", "El Profeta Guerrero" y "El Pensamiento de las Mil Caras". R. Scott Bakker es un alumno aventajado de los grandes de la fantasía, ha estudiado los textos y sobre todo ha meditado cada palabra incluida en esta saga. No puede crear un género pero sí que ha plantado una pica dentro del panorama de la fantasía, sacándola del habitáculo de literatura juvenil o de copia de ideas anteriores, para crear una obra adulta, trascendente, violenta, sensual y que necesita al menos tres lecturas para ser comprendida en su totalidad.
Nunca me había encontrado con un libro tan bien tejido a nivel de ritmo que a la par profundizara tanto en las marionetas que le dan vida
Tan curioso me ha parecido el planteamiento de la serie que he tenido que buscar notas biográficas sobre del autor, material que confirmó lo que intuía: es un escritor accidental. Esto no quiere decir que sea malo, su prosa es ágil y sus ideas argumentales, aunque basadas en una Historia moldeada a antojo, sumamente atractivas. Lo que ocurre es que Bakker es un filosofo, moderno pero filosofo y ha utilizado la libertad de interpretación que da el poder basarse en mundos inventados, para plantear su propia tesis filosófica vital, en la que toca campos tan diversos como la antropología, las teorías del conocimiento, la evolución del lenguaje, las estructuras sociales y sobre todo y ante todo, de forma magistral, las pasiones humanas.
Quienes se adentren en estas páginas maestras podrán encontrar batallas épicas, tramas argumentales impecables, misterios que se hacen de rogar en su desenlace pero sobre todo, por lo que destaca “Príncipe de Nada”, es por la profundidad de los personajes. Todos y cada uno de protagonistas trascienden la mera creación de ficción para convertirse en auténticos entes vivos, con todas las complejidades propias de un ser humano de carne y hueso. Nunca me había encontrado con un libro tan bien tejido a nivel de ritmo que a la par profundizara tanto en las marionetas que le dan vida.
Asombroso, cautivador, enfocado de tal manera se pueden trazar fríos perfiles psicológicos, si alguien es tan frío como para poder alejarse de la acción, de unas líneas que nos hacen temer, odiar, apasionarnos, en definitiva: sentir.
Aunque no reír, no, toda la obra peca de un poso de tristeza y desesperación casi agobiantes, que va deprimiendo según uno consume líneas. La vida no es un camino de rosas pero hasta las almas más grises tienen el consuelo de una sonrisa, y si alguien es capaz de hacer que odie con todas mis fuerzas a Esmenet por su traición, no entiendo porque no ha querido regalarme una carcajada cuando aun las reuniones ante el fuego eran distendidas y la mítica Shimeh aún quedaba lejos.
Discúlpenme, los planos de los universos se mezclan en mi mente y les hablo de cosas que aun no conocen, pero les aseguro que entenderán mi falta en cuanto se sumerjan en esta más que recomendable lectura. Hay otro tema que se podría considerar un punto negro dentro de esta trilogía, esto es la presunción del escritor. En la mente del señor Bakker todo está tan claro que se le olvida que la pluma corre sobre el papel para otros que no visualizan la idea. Hace falta pasar 200 páginas de texto para comenzar a comprender el escenario y las civilizaciones que se nos plantea, pues no hay una descripción previa de en donde nos movemos, ni tampoco de los antecedentes que repercuten en el presente inmediato que leen nuestros ojos.
Esta falta de descripción también está presente en la física de los personajes, no están retratados, es complicadísimo hacerse una imagen mental de ellos pues solo se les esboza, obligando al lector a ponerle caras indumentaria, buscar referentes visuales para hacer funcionar la moviola de los pensamientos. Esto no es una falta si no un reto intencionado a quien sostiene la encuadernación, Bakker parece querer decir: “Despierta, tu cerebro tiene que trabajar, si buscas algo para únicamente pasar el rato este no es tu libro, coge algo con elfas de gran escote en la portada.”
Y es totalmente cierto, pues más de uno relegará la primera entrega de la saga si no tiene la intención de comprometerse al 100% con una lectura exigente y densa, pero al tiempo entretenida y enriquecedora como pocas. Mientras lo estaba leyendo mis allegados me preguntaban de que iba y tras poder colocarlo de forma lineal en mi mente esto es lo que contaba, intentando no desvelar detalles que rompieran la emoción ante lo desconocido:
Los Tres Mares es el espacio dentro de la zona continental conocida como Eärwa donde se han desarrollado las principales civilizaciones humanas en el renacer de la especie posterior al primer Apocalipsis. Este territorio se caracteriza por la unificación de su fe, desechando castas o razas, en las escrituras englobadas en El Colmillo y en El Tratado y sus habitantes se denominan así mismos como Inrithi. El poder religioso está desligado formalmente del político pero en un territorio denominado como el de los Mil Templos, la influencia de la Iglesia representada por el Shriah es indudable, y cuando el pontífice invoca la Guerra Santa, los dirigentes y el pueblo acuden a su llamada. El objetivo es recuperar de manos de los infieles monoteístas fanim los territorios de Shimeh, escenario de los hechos narrados en “El Tratado” que son la crónica y enseñanzas de Inri Sejenus, Último Profeta del Inrithismo.
Pero a pesar de la hegemonía de la Iglesia en los Tres Mares conviven, siendo despreciados, temidos y sin esconderse en absoluto, distintas escuelas de hechicería integradas por escogidos capaces comprender y pronunciar los significados y palabras del antiguo lenguaje, lo que les confiere un grandísimo poder que les permite vivir dentro de estas sociedades aun siendo considerados herejes y abominaciones.
De entre todas las escuelas destaca por su importancia y poderío la de los Chapiteles Escarlatas, hechiceros anagógicos, que deciden unirse a la Guerra Santa a pesar de su condición de condenados por las escrituras, recibiendo el beneplácito de los principales caudillos cada uno con sus motivaciones para intervenir en esta cruzada, muchas veces alejadas estas de sentimientos píos.
Esta es la excusa argumental, una fabulosa migración de naciones enteras movidas por la fe y el ansia de revancha hacia unos infieles que han usurpado los territorios sagrados. Las intrigas políticas que esto conlleva y las distintas decisiones y hechos de los grandes nombres nos harán vivir una crónica de viajes, batallas, enfrentamientos y penurias con las que ya de por sí se podría haber escrito un libro entero. Pero esto no es nada ya que los auténticos protagonistas, si bien participan activamente en esta gesta, no pueden incluirse dentro de esta historia.
En contra posición a las citadas escuelas de hechicería que basan sus conocimientos y habilidades en la anagogía, existe una reducida pero infinitamente más poderosa escuela que responde al nombre de El Mandato, hechiceros gnósticos.
Además de utilizar y atesorar esta variante del estudio y utilización de la magia, los miembros de El Mandato cuentan con una peculiaridad que es tanto su misión vital como su maldición. Cada noche rememoran como si fuera la primera vez la caída de los hombres en el primer Apocalipsis, la llegada del No-Dios a la Tierra. Estos recuerdos en primera persona fueron en origen del fundador de la orden Seswatha y tienen como función hacer que los miembros de El Mandato impidan que algo así vuelva a ocurrir, que El Consulto, otra escuela de hechicería, vuelva a despertar al No-Dios mediante la utilización de la mecánica de la carne, de origen no místico basada en la ciencia de los antiguos y casi extintos no hombres que creo a los Sranc, los Bashrag, los dragones y los Wracu, principales tropas de No-Dios.
El problema es que hace ya 3000 años que El Consulto no da señales de vida, por lo que los maestros de El Mandato son considerados locos agoreros que persiguen fantasmas de tiempos pasados. Los dirigentes del mandato encargan a uno de sus maestros, Drusas Achamian, que acuda a la capital, Sumna, para enterarse de las motivaciones que han llevado al pontífice a declarar la guerra santa. Para ello Drusas tiene que encontrarse con uno de sus antiguos discípulos, Inrau, que eligió la fe hacia El Colmillo antes que las enseñanzas del mandato. En Sumna Drusas también se reencontrará con su amante Esmet, una prostituta con la que mantiene una relación no definida que va más allá de la mera transacción de carne por dinero.
Por otra parte existen los dunyainos, un pueblo que sobrevivió el Apocalipsis, ubicado en el Antiguo Norte, aislado del resto de los hombres por territorios hostiles infectados de srac. Los dûnyainos siguen el camino de La Logos, un análisis sistemático y pormenorizado de todas las variantes posibles ya sean temporales como emocionales. Para el control de la Logos los dûnyainos realizan una selección eugenica en la que únicamente los más inteligentes de sus hijos sobreviven. Este pueblo posee un afán increíble de conocimiento que es por lo que parece que uno de ellos, Anasûrimbor Moënghus, abandonó su tierra 30 años atrás, siendo de esta manera condenado a muerte por los suyos.
¡Oh si mi voz hubiera podido prender fuego a Los Hombres de Hierro, si hubiera podido ser escuchada por el Profeta Guerrero, nada sería la matanza de los campos de Eleneöt comparada con mi furia! Aún duelen las heridas de una ficción que se incrusta en el cráneo y que absorbe como pocas.
Únicamente puedo reprocharle a “El Príncipe de Nada” un par de toques de estilo, el afán de referirse al sexo femenino con el eufemismo de melocotón y la manía, repetitiva y sin sentido de reiterar que: “La muerte cayó en espiral”, algo que no entiendo.
Hay un estante en mi biblioteca donde, custodiados por una Colt Python 357 y una Reck GS Ligther, se encuentran libros que hay que conocer para decir que se ha leído, que hay que estudiar si uno quiere decir que ha escrito. El catálogo es variopinto está “El Nuevo testamento”, “Los Pilares de la Tierra, “La Guerra de la Independencia”, “Peleando a la Contra”… ahora tengo que hacer hueco para “El Príncipe de Nada”. Les recomiendo hagan lo mismo.
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