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El extraño caso del señor Wilson, de Carl Stanley
Carl Stanley   18/10/2008 Comentarios (1)
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     Entendí de inmediato cómo debía sentirse aquel hombre mayor al confesarme la infidelidad de la esposa que amaba. Lo comprendí y justifiqué plenamente su momentánea y descortés actitud.
DetectiveHacía un par de meses que había terminado el curso de detective privado. Sentado en el sillón de la pequeña y flamante oficina, leyendo el diario, esperaba ansioso mi primer caso.

Debo admitir que dos meses de espera, y el dinero que debía, a estas alturas hacían que me sintiera impaciente y en parte descorazonado. Los avisos publicados en el periódico informando sobre mis servicios no resultaban muy onerosos, pero se mezclaban con muchos otros, tal vez de investigadores conocidos o con más experiencia.

Una mañana, mientras dormitaba de puro aburrido nomás con mis piernas descansando sobre el escritorio, un leve carraspeo me sacó de mi sopor.

Abrí los ojos de inmediato intentando despabilarme, a la vez que bajaba mis piernas del mueble, y lo vi parado justo frente a mí.

Mi primer cliente.

—Buenos días —dijo con voz muy leve.

—Buenos días tenga usted ¿señor...? —respondí.

Se trataba de un hombre de unos cincuenta años, vestido con su traje de color negro ciertamente antiguo, y con un sombrero del mismo color sobre su cabeza. Lucía impecable. En su mano derecha sostenía un elegante maletín de cuero.

Me miró fijo por un instante y luego dijo:

—Espero que pueda usted ayudarme.

—Estoy a sus órdenes.

—Wilson, Thomas J. Wilson. Necesito de sus servicios como investigador privado.

—Perfecto, caballero, usted dirá qué problema tiene y yo trataré de resolverlo de la mejor forma y lo más pronto posible —dije, mostrando una amplia sonrisa. La alegría de mi primer caso me embargaba—. Por favor, tome asiento.

—No, estoy mejor de pie —respondió enseguida.

Se produjo un silencio de más de un minuto mientras yo esperaba que aquel individuo de aspecto sumamente pulcro y antigua vestimenta hablara sobre su problema. Por fin, luego de mirar de un lado a otro mi reducida oficina, se decidió:

—Sospecho que mi esposa me engaña.

—Ahh, un caso de infidelidad —respondí de inmediato.

—Exactamente.

—¿Y usted quiere que investigue y reúna las pruebas del hecho, verdad?

—Así es.

—Bueno, no hay problema. Debe darme algunos datos, el nombre de su esposa, su dirección, y si dispone de alguna fotografía reciente. Debo identificarla —dije, listo para tomar la información que aquel hombre me diese en una libreta de notas sobre el escritorio.

—Lamentablemente, no dispongo de una fotografía reciente de ella en este momento, pero puedo darle los datos que usted requiera.

—Bien, bien. Ustedes viven juntos, por supuesto; dígame su dirección.

—Calle Carruthers 615. Su nombre es Elizabeth.

—¿Por qué presume usted que lo engaña?

—Tengo serias sospechas de ello. Sus extrañas salidas... y algunas cosas más.

—¿Como cuáles?

—Últimamente me ignora, no me dirige la palabra, siempre sale y no sé a dónde va. Por eso pienso que se encuentra con alguien... un amante tal vez.

—¿No ha intentado seguirla?

—No, mis obligaciones de trabajo no me lo permiten, viajo constantemente en avión a Lisboa.

—Comprendo, comprendo; tiene negocios que atender en Portugal.

—Así es.

—Bueno, esto es sencillo. Mis honorarios son de setenta y cinco pesos diarios más gastos. ¿Está de acuerdo?

—Me parece bien.

Me quedé esperando a que él me dijera cómo iba a pagarme, cosa que luego de un minuto de silencio comprendió, y dijo:

—Disculpe usted, no me había percatado. Usted mismo deberá retirar su paga, yo le diré dónde. Tomará el importe de esta investigación. ¿De acuerdo?

Aquello sonaba raro, pero era mi primer caso y me hacía falta el dinero.

—Totalmente. Diga usted, señor Wilson...

—Bien, deberá ir a la calle Riverside 1416. Hay una llave oculta bajo una tabla de la escalerilla del porche, más precisamente del último escalón. Se encuentra dentro de una bolsita de plástico, para su protección. ¿Entiende, verdad?

—Sí, sí, por supuesto.

—Bueno, ingrese en la casa y diríjase hasta el piso superior. La primera puerta de la derecha conduce al dormitorio principal; en el rincón junto a la ventana hay una tabla en el suelo que puede retirarse, pues está floja. Es un escondrijo y allí encontrará el dinero. Tome lo necesario.

Mientras anotaba en mi libreta, todo aquello me parecía demasiado extraño.

—¿Quedó todo claro? —preguntó Wilson.

—Sí, muy claro. Pero luego, cuando tenga la evidencia, ¿dónde y cómo me comunico con usted para entregársela? Con seguridad no querrá que sea en su casa. Debe darme un teléfono donde llamarlo.

—No es necesario. Yo me comunicaré con usted.

—Descríbame brevemente a su esposa, entonces.

—Es rubia, muy bonita, tiene cuarenta y cinco años. Un metro setenta de estatura y ojos verdes, cabello largo sólo un poco más allá de sus hombros.

—¿Vive alguien más en la casa? Digo, otra persona con la cual pueda yo confundirla.

—No. Mis hijas no estarán allí.

—Bien, creo que eso es todo por ahora —dije, mientras me ponía de pie y me disponía a despedirlo.

El hombre que deambulaWilson ahora estaba en silencio. Había agachado algo su cabeza, como apesadumbrado. Deduje que probablemente le resultaba incómodo y en parte bochornoso exponer aquel problema a un extraño. Pero en aquel caso yo era el profesional que podía ayudarlo y pensé que aquel hombre no debería sentir vergüenza alguna, como cualquiera que se desnuda frente a un médico para que éste lo revise.

—No debe usted sentirse mal al confiarme su caso, señor Wilson. Soy un profesional y sepa que ninguna información trasciende los límites de esta oficina... —comencé a decir mientras daba media vuelta y me paraba a observar hacia el exterior junto a la ventana— ... nada de lo que me confía saldrá de mí, además...

De pronto volteé y me encontré hablando con nadie; mi cliente se había retirado sin aviso. El señor Wilson había desaparecido sin siquiera saludarme. Entendí de inmediato cómo debía sentirse aquel hombre mayor al confesarme la infidelidad de la esposa que amaba. Lo comprendí y justifiqué plenamente su momentánea y descortés actitud.

Pero, en fin, ya tenía mi primer caso y estaba muy contento y dispuesto. Un simple seguimiento.

Con suerte resolvería todo y tendría las pruebas en una semana o tal vez un poco más, si resultaba cierto que aquella dama lo engañaba. Y si no, en parte me alegraría por mi primer cliente.

Al día siguiente desempolvé mi cámara fotográfica, los binoculares, y tomé una libreta de apuntes. Primero iría a recoger parte del dinero de la paga donde me había dicho Wilson y luego iniciaría mi tarea.

Luego de media hora en automóvil, arribé a la dirección que me había dado, Riverside 1416. Para mi total sorpresa, comprobé que la dirección correspondía a una casa de dos pisos, totalmente abandonada.

¿Habría algún error en los datos que me había suministrado? No, la dirección coincidía con la que había anotado, y además recordaba muy bien lo que me había dicho. Por fortuna poseo buena memoria.

La casa estaba casi en ruinas, y por su aspecto hacía ya muchos años que estaba deshabitada. En un tiempo debía haber sido hermosa, según mostraban algunos restos de blanca pintura ahora totalmente descascarada. Los yuyos estaban crecidos y el aspecto general de la vivienda era calamitoso.

"Menudo lugar tiene este hombre para ocultar su efectivo", pensé. "Se arriesga demasiado a que cualquier ladrón o algún ocasional indigente penetre en la casa vacía y halle el dinero oculto".

Entonces, por un momento, me detuve a pensar.

¿Puede ser cierto que este tipo Wilson haya ocultado una suma importante bajo el piso de una vivienda deshabitada? ¿No se tratará de alguna pesada broma concebida por alguno de mis amigotes?

De todas maneras, en aquel momento no existía otra opción más que seguir adelante y averiguar la verdad.

Traspuse la puertita cancel del cerco perimetral de la casa y me detuve frente a su puerta principal, donde una destartalada escalera de cuatro escalones formaba parte del porche de entrada.

Por un momento pensé que, si alguien me veía dentro de aquella propiedad, bien podía llamar a la policía y ellos detenerme por invasión ilegal; sería todo un embrollo justificar mi presencia allí.

Miré hacia todos lados por precaución, y luego procedí a meter la mano, buscando la llave bajo la tabla del cuarto escalón, según mi cliente había indicado.

La madera estaba media podrida y en el lugar había un hueco. Sólo rogaba que no me picara algún insecto venenoso o mordiera algún roedor al invadir sus dominios.

Luego de escarbar un par de minutos, y cuando estaba por desistir, convencido de que se trataba de una mala broma, encontré la bolsita plástica, totalmente llena de tierra y restos de madera corroída; creo que fue realmente una casualidad que la hallase.

A todas vistas se trataba de una llave de emergencia que no se usaba, y vaya a saber cuánto tiempo llevaba oculta en aquel escondrijo. Munido de ella, abrí con cierta dificultad la puerta principal y me introduje en la casa.

El olor rancio de moho y humedad era muy fuerte. El interior se hallaba en penumbras, debido a que casi todas sus ventanas estaban cerradas y la poca claridad que penetraba desde el exterior lo hacía malamente a través de vidrios opacados por la tierra acumulada.

Extraje una pequeña linterna que llevo siempre en el bolsillo de mi chaqueta, y comencé a escrutar el interior.

Comprobé que se hallaba vacía, sin muebles o artefactos. Sólo una araña de hierro pendía del techo en la sala de entrada, cubierta por millones de hilos de telas de araña, valga la redundancia.

—Esto está abandonado hace diez años al menos —dije en voz baja.

Por un momento me detuve, pensando que en realidad era parte de algún complot. ¿Pero de qué tipo? Hasta ahora todo había sido como el tal Wilson me había dicho.

Luego, comencé a subir por la escalera para llegar al primer piso. Los crujidos que emitió me hicieron temer que en algún momento se desarmaría, sufriendo yo un accidente.

Un minuto después, ya en el dormitorio y según me había dicho Wilson, hallé sin mucha dificultad la tabla floja del piso; la levanté de inmediato para toparme con un envoltorio doble de envases de nylon sujetos por una gruesa banda de goma, que en cuanto intenté quitar se deshizo totalmente.

El corazón me dio un vuelco cuando vi lo que contenía aquel paquete.

Un voluminoso fajo de billetes de cien y un antiguo reloj de oro de bolsillo en cuya tapa, al abrirla, descubrí una vieja fotografía de Wilson y de la que presumiblemente era su esposa, ambos muy jóvenes. Tomé mil pesos de aquel fajo, y luego guardé el resto junto con el reloj en el mismo envoltorio y en el sitio donde lo había hallado.

Cogí lo que consideré más que suficiente; si aquel trabajito resultaba de menor costo, le devolvería a Wilson la diferencia. No deseaba regresar de nuevo a aquel lugar a retirar otra suma.

Al día siguiente, muy temprano en la mañana, decidí permanecer dentro de mi automóvil y vigilar desde escasos cincuenta metros la casa de la calle Carruthers 615.

Llevaba cerca de dos horas, y bastante café bebido, que me había provisto dentro de un termo junto con algunas galletitas, cuando una mujer que se ajustaba a la descripción de Elizabeth Wilson salió de la casa en compañía de otra mujer de bastante edad y canos cabellos.

Tomé los binoculares para ver más detalles, no me quedó luego ninguna duda de que se trataba de ella.

Minutos más tarde, los dos mujeres ascendieron a un automóvil estacionado frente a la casa y partieron. Yo, por supuesto, comencé a seguirlas a una distancia prudencial.

Un buen rato después, y luego de un largo trayecto, se detuvieron frente a otra vivienda, descendieron del vehículo e ingresaron en ella.

Otra vez, y siempre desde el interior de mi automóvil, comencé una nueva guardia para observar al detalle los movimientos de la mujer en cuestión. Pero contrario a todas mis expectativas, estuve hasta avanzadas horas de la tarde sin que lograra captar algo relevante.

Aquel primer trabajo resultaba tedioso, aburrido, y por demás de incómodo. Había bajado de mi automóvil incontables veces a estirar las piernas; aunque siempre alerta a cualquier movimiento de personas que entrasen o saliesen de la casa.

Nada ocurrió hasta la noche, cuando un automóvil de nuevo modelo, color negro, llegó e ingresó en el garaje.

Un hombre portando un maletín descendió de él y penetró en la vivienda. En aquel momento decidí que debía por lo menos averiguar, en parte, al menos, qué ocurría adentro.

Hasta el momento no sabía quién era la mujer entrada en años que acompañaba a la que yo había identificado como Elizabeth Wilson, como tampoco la identidad del cuarentón que había arribado minutos atrás.

Ya había oscurecido y me deslicé por los alrededores, atisbando lo mejor que pude por las ventanas que me fue posible.

Corría el riesgo de que alguien descubriese mi presencia y alertara a la policía, confundiéndome con un ladrón al acecho que merodeaba el lugar. Pero debía cumplir con mi trabajo, y si algo ocurría, daría explicaciones. De todas maneras, tenía cómo justificarlo y, por supuesto, mis credenciales de detective privado en orden.

En un momento dado, y al acercarme a una de las ventanas, descubrí a la presunta Elizabeth Wilson, a la mujer de avanzada edad y al caballero que había llegado un rato antes, cenando en torno a la mesa de un amplio comedor.

Pero lo que más me dejó intrigado y sorprendido fue que en un extremo de aquella mesa se hallaba sentado el mismísimo señor Wilson.

¿Quién era la mujer mayor? Seguramente la madre de Elizabeth.

¿Quién era el hombre cuarentón que había llegado después?

No lo sabía, pero lo averiguaría pronto.

En vista de la presencia del señor Wilson, decidí retirarme de la escena; no tenía objeto quedarme a observar e informarle luego algo que él ya sabría.

Era obvio que me había mentido al decir que debía abordar un vuelo hacia Lisboa, por lo que estaría ausente. A menos que hubiese ido y vuelto en tiempo récord, cosa que no resultaba posible.

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1 Comentarios recibidos
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Usuario: capitan123 (01-Nov.-08)

Estimados amigos : Carl Stanley les informa que para poder leer más obras de su autoría deben buscar con Google colocando el nombre del susodicho. Hay más obras para lectura en Axxon, y una novela de ficción (Kram) en la pág. manuscritos.com. Así mismo pueden contactar a carlstan@gmail.com.
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