No se puede determinar, ni plasmarlo en imágenes, al menos sin caer en los tópicos, puesto que cada miedo es uno, e intransferible. De hecho las imágenes estereotípicas para dibujar un genérico “miedo” coinciden y abundan en términos que indican inefabilidad, como oscuridad, caídas, vacíos, muerte. Y en la naturaleza dual de agentes externos: animales, personas o fenómenos que suscitan el terror cuando se representaban en el ámbito de la cotidianidad desvelando más tarde la hostilidad latente… el retrato del miedo es vago, difuso, las líneas vibran, se duplican emborronándose, se pierde la ubicación en el mapa, se diluye la cardinalidad… cuanto rodea, aunque fuera bien conocido, se vuelve susceptible de albergar peligros desconocidos, entre la penumbra… durante la luna nueva, entre el trigo alto, agitado por una brisa nerviosa… entre las cuatro paredes, que se estremecen a la débil lumbre de un pabilo consumido…
El miedo no es sino una respuesta sensorial a agresiones externas con la que el Yo puja por su supervivencia: la Ansiedad de la Realidad es el nombre que dio el Dr. Freud a esta sensación. Las respuestas del organismo a esta presión exterior son múltiples y variadas, y Freud pretendió condensarlas en un decálogo de comportamientos reactivos; uno de ellos, la Racionalización, comporta el reconducir el material amenazante a códigos reconocibles y someterlo a parámetros lógicos: en realidad es un autoengaño, una distorsión del peligro para domesticarlo, hacerlo más dócil, familiar, vulnerable.
Quizá por ello Bob Kane escogió un espantapájaros en 1941 para el nº 3 del World’s Finest Comics en una historieta, empero, del todo mediocre y ridícula. Muñeco de paja, inofensivo, frágil, incluso bonachón, idiota, como el de El mago de Oz de Frank Baum, herramienta de campesinos y labriegos para espantar a ciertos animales, sin éxito las más de las veces, por lo que realmente es ya una tradición el colocarlo, un ritual de contención de las hostilidades externas, un símbolo apotropaico, mágico y poético. Una costumbre folklórica. La genialidad del concepto del Espantapájaros de Batman es que juega con dos aproximaciones distintas al mismo asunto:
No sólo está la evidente, la de la figura que aterroriza a los pájaros y por extensión (recurso un tanto diletante) a los humanos… Está también la lectura que dice que ese pelele relleno de heno y de musculatura fláccida es en sí mismo el resultado de la reducción al ámbito de la cotidianidad de un Terror más vasto e indefinible. En el Espantapájaros se encarna ya el artificio al que recurre la psique para “racionalizar” los temores y volverlos comprensibles, dóciles, familiares y vulnerables. Para la perspectiva del hombre, convertir en trapos y paja a un individuo es condenarlo a la sumisión, el enemigo perfecto, incapaz de defenderse y de actuar (una vez más, el amiguito de Dorothy). Es un paso más allá del maniquí de los Metafísicos, el cual aún era inquietante en cuanto consistente homúnculo, es decir, en cuanto manneken, otra versión del canon humano, tan amenazante como un hombre porque es casi uno de nosotros, prácticamente fiel a las mismas leyes físicas. El espantapájaros no, el espantapájaros es carne de hoguera.
Así pues, como en el comienzo de Alas oscuras vuelan lejos a merced del miedo, empalagoso título para una no mejor historia (a cargo de Doug Moench y del excesivo y caricaturista lápiz de Kelley Jones), la quinta de las recogidas en el tomo dedicado a Jonathan Crane de la colección de DC Batman Arkham, lo inesperado, un inerte espantapájaros, cobra vida pendido del mástil de un maizal. Inesperado porque el agente del miedo es, esta vez, aquel elemento que una vez sirvió como amuleto de exorcismo, que fue el símbolo de la salvaguardia de la propia morada, del territorio del Yo. La operación de racionalización del miedo externo se ve subvertida, se ve minada en sus mismos cimientos, y el terror acaricia la demencia.
En efecto, en las historias de este tomo el profesor Crane recurre a drogas alucinógenas para “infundir” el miedo: siempre con Freud, las alucinaciones son el resultado de un desplazamiento de pensamientos, mostrándonos imágenes fuera de su contexto, fuera de su desarrollo cronológico, dramatizando [sic] el material psíquico y mostrándonos una ficción. El miedo químico que fabrica El Espantapájaros, como el miedo en general, es un artificio del intelecto, una re-escritura de ciertos componentes, una re-contextualización. En la excelente Año uno: El Espantapájaros. Amos del miedo, la cuarta historia del volumen, de D. Moench, B. Blevins y M. Manley, donde se relata desde sus inicios la génesis del disfraz del profesor Crane y su descenso por los vórtices de la enajenación maniática, el desplazamiento del que se hablaba se hace patente.
En este cuento, que se regodea en relatar la historia de este peculiar villano, con un estilo de cuento popular infantil, con guiños a Disney (deliberado), antes que centrarse en su enfrentamiento con Batman, en este cuento, decía, se describe cómo, desde una infancia y adolescencia difícil e incluso insoportable, marcada por una deficiencia física y un aspecto chocante, Crane consigue re-escribirse, según unas fuentes escogidas con precisión.
Las autobiografías, tan artificiosas como sinceras, tienen algo de alucinatorio: Espantapájaros recurre a La leyenda de Sleepy Hollow de Irving para compararse con Ichabod Crane y asumir sus vicisitudes. Piensa como Ichabod y llega a la conclusión de contestar a los hostiles “jinetes sin cabeza” bajo el aspecto de un espantapájaros. Dos mitos iconográficos en la historia de los Estados Unidos.
Este discurso reduce el campo de acción del miedo del Espantapájaros a una esfera cultural muy concreta. Los signos que emplea son reconocibles, técnicamente, sólo según un sentido determinado. Así pues, si tenemos en cuenta lo dicho antes, Espantapájaros sólo daría miedo en los EEUU, donde tienen éxito los sintagmas que Crane desplaza en pos de una dramatización terrorífica en cuanto abyecta, o sea incongruente. Pero es pura superestructura: quienes no estén familiarizados con ese material no experimentarán jamás las mismas sensaciones que alguien perteneciente a ese ámbito cultural donde abundan los maizales, las granjas solitarias, las calabazas de Halloween, los luna parks abandonados… la genialidad del concepto de El Espantapájaros es, pues, relativa.
Así lo demuestran ¡El terrorífico rastro del Espantapájaros!, de D. O’Neil, E. Chua y D. Giordano, segunda historia del volumen, Los 6 días del Espantapájaros (G. Conway, D. Newton y D. Adkins) y la ya mencionada Alas oscuras…, tercera y quinta respectivamente: dos herrumbrosos parques de atracciones y una granja en llamas como escenarios. El miedo es relativo, como la calidad de estas historias; sin embargo la última de todas, El Espantapájaros. El amo del miedo, con un eficaz guión de Peter Milligan y unos espectaculares dibujos de Duncan Fegredo (escalofriante escena la del metro), desvela la arbitrariedad del miedo, y el artificio que supone. Puro disfraz.
En el fondo nunca se abandona la “racionalidad”: según quien lo mire, el miedo puede estar ahí o no. Las situaciones no habituales en ciertos lugares pueden serlo perfectamente en otros. Entonces quizá estemos hablando de miedo a lo desconocido. En cuanto se conozcan, esos signos dejan de causar horror. ¿Prejuicios? Esta última historia no desarrolla un catálogo de elementos objetivos para causar el Miedo, más bien sugiere caminos, desencadenantes de temores potenciales, que en el fondo son todos los caminos, todos los contextos, basta con des-contextualizarlos y hacerlos desconocidos. Ajenos. Lejanos. Extraños. <<Una bola de pelo en el lavabo>>… <<cáscaras de huevo rotas>>… <<un banco vacío en el parque>>…
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