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Combinaciones Monstruosas: Cloverfield y The Host |
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Cabeza, torso y pies de Cloverfield y The Host. Combinaciones Monstruosas entre las dos películas que nos han hablado de terroríficos monstruos en los últimos años. |
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Hace algunos años atrás, cuando era tan sólo un niño regordete y algo torpe, alguien –no recuerdo quién, pero creo que se trataba de mi madre– me regaló un libro-juego bastante difícil de describir pero conocido por todos. Se trata de un volumen que en cada página tiene dibujada la silueta completa de un personaje. Las hojas están divididas en tres segmentos, de manera que uno puede optar por dar vueltas las superiores, las del medio, las inferiores o cualquier combinación de estas tres posibilidades. Si uno elegía la página superior, la imagen cambiaba la cabeza, de manera que un esgrimista podía tener el cuerpo de una enfermera. Si uno lo hacía con la parte inferior, podía lograr que además, tuviese pies de gladiador romano. Tal vez no sea un juego sutil ni elaborado, pero sigue siendo una delicia intercambiar las imágenes y formar nuestros propios personajes.
Mi madre –casi estoy seguro de que fue ella la que me lo regaló–, me había comprado uno de estos libros. Era, francamente, fantástico, porque las figuras retrataban monstruos, de manera que uno podía hacer que esas horribles bestias, brujas y ogros fuesen cada vez más aterradores.
Mi madre –ahora estoy completamente seguro que se trataba de ella, si la conocieran sabrían por qué se los digo– conocía bastante bien lo que significa un monstruo en la vida de un niño. Lo que nunca pudo prever era lo que significarían en la vida de ese niño cuando se trasformase en un adulto.
Pese a que una data del 2005 y la otra del 2007, vi The host y Cloverfield con el intervalo de una semana; no pude evitar recordar al librito de los monstruos intercambiables, porque de alguna manera sentí que los directores Bong Joon-ho y Matt Reeves estaban jugando con algo parecido, sumando planos para intentar aterrarme, aunque es sabido: para hacer un buen monstruo, hay que saber combinar. No siempre las piernas de una bruja quedan bien en el cuerpo de un ogro.
La cabeza: El monstruo
La gran pregunta cuando llegamos al cine para ver una película de bestias sobrenaturales es siempre la misma: ¿cómo será el monstruo?
Ya desde el vamos, Cloverfield jugó al escondite en una suerte de síndrome conspirativo muy propio de los Estados Unidos como nación y ahora también como megaproductora cinematográfica; así que del monstruo no sabíamos nada hasta el día del estreno. Cloverfield echa garra de un recurso extrafílmico para crear tensión aún antes de que pisemos la sala. Juego sucio, así le dicen en mi barrio, pero ahora que el marketing es el rey, nadie se da por aludido y miles de espectadores no sólo caen en la trampa, sino que lo hacen con absoluta conciencia del engaño.
El monstruo que destroza Manhattan es pudoroso, no se deja ver, se esconde detrás de edificios que luego terminará derrumbando. Muestra una pierna nada sexi, un brazo anoréxico y una boca, nariz u ano –francamente no he llegado a descubrir de qué orificio se trataba– por el que salen unos bichos rarísimos y muy rápidos que tienen un claro objetivo: dejar de lado la desmesura para poder amenazar a nuestros sufridos protagonistas aún en lugares pequeños y claustrofóbicos como el túnel del subterráneo en una de las secuencias más interesantes –ya que no estremecedora ni original– del film.
Intentando emular a Jaws (1975) pero sin el genial tema de John Williams ni el hábil manejo de cámara de Spielberg, la bestia aparece bastante pasada la mitad de la película y recién entonces, como crédulos espectadores que somos, comprendemos que el monstruo es… bueno, sólo eso: un monstruo. No nos sorprende, ni nos atemoriza, ni su cara de tortuga nos parece creíble. Es un monstruo igual que tantos otros que han pasado por nuestras mentes y hoy agonizan en la sala de terapia intensiva de nuestra memoria.
Bueno, bueno, bueno, dirá el lector: el monstruo de The Host tampoco es un despliegue de originalidad. Un bichejo que mezcla elementos de tiburón, camaleón y cocodrilo, con cola prensil y las famosas mandíbulas múltiples que los creadores de efectos especiales deberían haber jubilados después de la primera Predator (1987). Sin embargo, la pericia de Bong Joon-ho y del diseñador Chin Wei-chen se ve reflejada en todo momento y redime a un monstruo interesante, pero que no tiene nada de nuevo, a partir de un hábil planteo de la trama.
En primer lugar, el monstruo de The host es exhibicionista: ya a los pocos minutos de iniciado el film aparece de cuerpo entero, colgando de un puente como una suerte de murciélago hiperdesarrollado. Cuando cae al agua, sabemos que algo muy malo está por suceder. Apenas unos segundos después, comienza la persecución en la rivera y vemos en la pantalla cada centímetro de su imponente anatomía. Al terminar la secuencia, el monstruo nos interesa sólo como amenaza, ya no como misterio. Lo que en Cloverfield es uno de los principales recursos para atraer al espectador, aquí es desechado de inmediato, como si de alguna manera el director nos estuviera diciendo que su película pretende llevarnos por caminos menos enigmáticos.
A partir de este momento, el monstruo continúa con su exhibicionismo a lo largo de toda la película, apareciendo en cuanta oportunidad le es posible y revelando una suerte de biología particular que enriquece la historia: no devora a todas sus víctimas, sino que las conserva –la mayoría de las veces, muertas, aunque no siempre– en su guarida de las alcantarillas; cual lechuza anabolizada, escupe los restos de sus víctimas en una egagrópila dispersa que haría las delicias de cualquier estudiante de medicina; puede tomarse su tiempo para dormir, aunque esos sí: siempre está alerta. Todas estas particularidades sirven para darle carnadura a la criatura. De algún modo, el comportamiento claramente animal nos hace olvidar el conglomerado de efectos visuales para revelarnos una bestia que no es una suerte de emisario del demonio o resentido social, sino más bien un animal que se comporta como tal.
Por último, y tal vez este sea el detalle más osado y original en el diseño de la criatura, Chin Wei-chen eligió mostrar el interior de la boca como una suerte de vagina inversa que quita la vida en lugar de darla y aporta una de las secuencias más evocativas en esa suerte de parto mortuorio final.
El torso: Víctimas y héroes
Uno sabe muy bien que los ejércitos están para todo menos para eso, pero dentro de la lógica más elemental está el pensar que tal vez sean ellos los mejor preparados para repeler el ataque de un monstruo nunca antes visto e inmune a casi todo.
La gran pregunta es por qué habiendo gente tan preparada, siempre, pero siempre, siempre, siempre, hay un grupo de personas que decide enfrentarlo todo en absoluta inferioridad de condiciones.
La respuesta es sencilla: por ellas. No, querido lector, no se trata de una declaración romántica, sino de la flor y nata de cualquier relato de miedo: las víctimas. Cierto es que la mayoría de los directores no se dan cuenta de su importancia, pero la verdad es que son fundamentales. Monstruo y víctima forman, en rigor, parte de una misma construcción narrativa. La atracción que la Bestia tiene en nosotros depende en gran parte de las virtudes que tenga Bella, porque su misión dentro de la trama es revelar por contraste los aspectos más temibles de la criatura en cuestión.
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