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Bienvenidos a Metro-Centre, de J.G. Ballard |
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Con mimbres nada originales, con un tema y argumentos bastante recurrentes en otras tantas obras, tenemos una historia que suena ya a conocida. |
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J. G. Ballard (Shanghai, 1930) ha anunciado recientemente, con motivo de la publicación de su autobiografía, 'Miracles os life. Shanghai to Shepperton', que padece cáncer, una lucha contra la enfermedad y la muerte que se ha reproducido -por desgracia- en la biografía de muchos autores de ciencia ficción en los últimos tiempos; con la pérdida de Robert Jordan y Arthur C. Clarke. Sin que, por motivos de respeto a la vida vida privada de Ballard, sepamos nada todavía sobre su evolución, esta novela sigue siendo su última obra de ficción: 'Kingdom Come' (2006), traducida en España por motivos comerciales con el poco sugestivo título de "Bienvenidos a Metro-Centre".
En esta novela el autor reflexiona sobre el mal posmoderno del consumismo y su proyección sobre las sociedades, centrándose, sobre todo, en las consecuencias socio-políticas: la ruptura de los sentimientos comunitarios y el capital social, el individualismo, el vacío existencial -un tema que ya había tratado Ballard de forma excepcional en Crash-, o el ultranacionalismo 'british' que aplica la violencia en la defensa de sus principios. Un tema que, aunque distinto en su perspectiva, ya había intentado retratar, poniendo a un centro comercial como símbolo y eje central del argumento, el luso José Saramago en su primera obra post-Nóbel, "La Caverna". En definitiva, estamos ante la exploración alternativa de un futuro posible si el presente, según la configuración de Ballard, consolida sus tendencias.
Lamentablemente, esta novela es una obra que en nada se asemeja a aquellas que hicieron de Ballard un grande
El argumento echa mano de un esquema mil veces manido: el asesinato en el Metro-Centre del padre huido del personaje principal conducirá a éste por un camino de descubrimiento íntimo del entorno y de la personalidad del padre y, de paso, a una investigación informal de las circunstancias y los motivos reales que rodearon su asesinato; se juega aquí con el mito de la búsqueda del padre perdido. Unos motivos y razones que, gracias al cambio de título de su edición española, se nos explicita desde el principio es clave el papel del Metro-Centre, destapando alguna de las sorpresas argumentales que, aunque de forma precaria, Ballard intenta esconder durante aún unas cuantas páginas; estando ante otro de esos poco afortunados cambios de título que, desgraciadamente, desincentivan y destapan más de la obra de lo que el original hiciera y el autor quisiera.
Con estos mimbres nada originales, con un tema y argumentos bastante recurrentes en otras tantas historias, pero también con el estilo inconfundible de un Ballard que se ha erigido como eminente destapador de miserias y explorador de posibilidades, se accede a una historia que suena ya a conocida. El maniqueísmo con el que trata los temas principales y describe al centro comercial y sus efectos deja bien a las claras la posición tanto de la voz narradora como, por supuesto, del propio autor. El reduccionismo y la simpleza con la que desarrolla las tan densas y profundas ideas con las que intenta jugar es alarmante: no permitiendo ir más allá de lo superficial ni en cuanto a la reflexión propia del lector, ni en cuanto a la posible complejidad dimensional propia de toda trama bien construida.
Los personajes son, por su liviana personalidad y falta de credibilidad, los mayores damnificados. Las muchas reflexiones puestas en su boca suenan, por veces, inmotivadas y discursivas, incoherentes con el momento y la circunstancia que las justifica y, por tanto, ajenas a ellos. En sus relaciones la espontaneidad está ausente, viéndose siempre forzada e innatural, incluso para un lector poco atento los comportamientos o los diálogos entre ellos resultarán chocantes y extraños. El padre ausente, cuyo progresivo descubrimiento es el motor argumental sobre el que se sustenta toda la novela, acaba desdibujado e imperceptible, a penas una sombra que se ve reflejada, eso sí, en todos los hechos sombríos que se van narrando y/o sucediendo; un ejemplo de unos personajes deshilachados que nunca acaban de definirse de forma claramente perceptible.
Lo más interesante de toda la novela, y que más podría interesar a un lector español, es la lectura descarnada y el retrato de las comunidades periféricas británicas y cómo en ellas se forma y transforma el fenómeno político del ultranacionalismo inglés. Para muy pocos lectores puede ser conocida la creciente incidencia en la política del Reino Unido del BNP, British National Party, de la mano de personalidades reconocidas como Joan Collins, y su incidencia en ciertas partes del tejido social del país. Esta es una de las mejores oportunidades para asistir a una crítica explícita y directa -de ahí, quizás, parte de los aspectos negativos que destacamos- de este fenómeno, para que los ajenos lo conozcan mejor, y para que los interesados puedan ver una crítica política ácida y en toda la yugular.
Lamentablemente, Kingdom Come es una obra que en nada se asemeja a aquellas que hicieron de Ballard un grande ("Crash", "El imperio del sol", o "El Mundo sumergido" son las más celebradas). No obstante, sí se identifican todavía sus señas de identidad más características: su afán de exploración en la búsqueda de posibles futuros a partir de su propia y accesible interpretación del presente, su crítica descarnada al totalitarismo y su denuncia de las actitudes derivadas de una visión política monolítica y dogmática, y su aspiración a una sociedad cosmopolita y humana, abierta y plural. Una actitud 'ballardista' que le ha valido el elogio de otros muchos autores que comparten, como posición propia y como mensaje principal de su obra, estas mismas posiciones; sirva de ejemplo el del genial y siempre polémico autor británico Martin Amis. Sin duda, no decepcionará a los más fieles a este marco interpretativo y de opinión, si bien si dejará fríos y decepcionados a aquellos que quisieran verlas insertas en un excelente cuadro literario de los que Ballard, en su mejor versión, es capaz de construir.
Los mejores deseos de pronta y rápida recuperación, entonces, a un J. G. Ballard capaz todavía de dar grandes obras a la SciFi del siglo XXI y salir del bache en el que se encuentra, pues esta una obra previsible y aburrida, mal construida e impropia de quién fue capaz de insuflar nuevos y vigorosos aires a un género que, hoy más que nunca, necesita de sus contribuciones. Aquellos que lo admiramos seguiremos viendo en él, aún tras delitos de lesa culpabilidad como esta obra de "Bienvenidos a Metro-Centre", al escritor de referencia pasado, presente y futuro al que todos deberemos siempre estar inmensamente agradecidos.
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