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Hood (Trilogía del Rey Cuervo 1), de Stephen R. Lawhead |
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Lawhead puede trampear con las comparaciones con el mítico Hood, pero no desmerece el producto final. Tendremos que esperar a las otras dos partes para dar el veredicto final. |
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Tal y como nos indican en la presentación del libro, con Hood (Trilogía del Rey Cuervo 1) es tiempo de olvidar el alegre héroe conocido hasta ahora. Stephen R. Lawhead, creador entre otras historias del Ciclo Pendragon, vuelve a adentrarse en las mansas aguas de una leyenda ya establecida en el imaginario común para hacérsela suya y convertirla en un inexplorado río que (aún) nadie sabe adónde llevará.
Antes de empezar con el libro que nos ocupa, valdría la pena refrescarnos la memoria sobre el personaje vertebra la novela: Robin Hood. La cultura popular lo sitúa como un noble algo irresponsable que vuelve a Inglaterra tras batallar junto al Rey Ricardo Corazón de León en Tierra Santa, en lo que fue la Tercera Cruzada. Al volver encuentra sus tierras expropiadas por el malvado Sheriff de Nottingham, sicario a las órdenes de Juan Sin Tierra, hermano del Rey Ricardo que no dudará en usurpar el trono con la ayuda de varios nobles corruptos. Robin Hood se convierte en un proscrito, y se ve obligado a huir al Bosque de Sherwood donde se convierte en el cabecilla de un grupo de pobres bandidos. A salvo bajo el manto del bosque, se disponen a entorpecer los planes del Sheriff ayudando al mismo tiempo a los pobres campesinos sometidos bajo su yugo, haciendo famosa una frase que siempre irá unida a la leyenda: robar a los ricos para dárselo a los pobres.
La historia es prometedora, pero se pierde en los vericuetos de descripciones inacabables que lastran la acción y ralentizan la lectura en demasía
En palabra escrita existen baladas documentadas a partir del siglo XV sobre el Robin de las leyendas, en lo que parece ser un compendio de historias, y algunas novelas con más o menos suerte. Ahora bien, es a través de la pantalla cómo el mito ha conseguido su mayor éxito en la actualidad. Nombrando las versiones más conocidas, ya en 1922 encontramos a Douglas Fairbanks interpretando al aventurero bandido, aunque la versión más conocida del héroe de mallas verdes sea "Las Aventuras de Robin Hood", allá por el 1938, con Errol Flynn y Olivia de Havilland como eterna pareja romántica.
Ya en 1984 apareció en el formato de serie la aclamada "Robin de Sherwood", producción inglesa que mezcló acertadamente la leyenda con los mitos célticos, y dónde el grupo irlandés Clannad creó con gran acierto la premiada banda sonora. No volvemos a saber nada del personaje hasta que en 1991 reaparece a manos de Kevin Reynolds "Robin Hood: El Príncipe de los Ladrones", la exitosa versión interpretada por Kevin Costner. A pesar de que las críticas son bastante irregulares, el espectáculo y la fama del plantel protagonista (Costner, Alan Rickman, Morgan Freeman y hasta Sean Connery) vuelven a hacer subir como la espuma la leyenda. De esta versión salió un par de años más tarde la nada despreciable comedia "Las locas aventuras de Robin Hood" de Mel Brooks. Como última aparición en la pantalla tenemos la serie juvenil producida por la BBC en 2006, de la que han surgido dos temporadas. Y el mismísimo Ridley Scott pretende embarcarse en 'Nottingham', la última interpretación del mito en la que pretende cambiar los roles de “bueno versus malo” con Christian Bale interpretando a un Robin menos ético, y a Russell Crowe como el no tan malvado Sheriff, su eterno antagonista.
Revisitar la leyenda y crear algo totalmente nuevo: eso es lo que se propone Stephen R. Lawhead. Como ya hiciera con el mítico Rey Arturo en Pendragon, utiliza unos personajes ya existentes para situarlos en otro marco y crear una ficción histórica donde la fantasía juega un papel fundamental.
En Hood, Robin es Bran ap Brychan, príncipe de Elfael, un pequeño reino cymru de Gales. Su padre, el hosco y severo Brychan ap Tedwr, se dispone a presentarse ante el normando Rey William para rendirle pleitesía, convencido al fin de que es la única manera de mantener la paz y su propio estilo de vida. El destino quiere que el Rey Rojo ya haya cedido Elfael al conde Falkes de Braose, quién asesinará a Brychan y la mayoría de su hueste, condenando al joven Bran a una huida sin esperanzas. Nada queda aquí de Sherwood, Nottingham, el rey Ricardo o Juan Sin Tierra. Hood transcurre un siglo antes de la Tercera Cruzada. Todo se convierte en familiar, pero totalmente desconocido. La dama Marian es Mérian, hija de un rey vecino, la nueva conquista romántica que ocupa al irresponsable Bran al inicio de la historia. Little John pasa a ser Iwan, el campeón del rey Brychan, único superviviente de la masacre que acaba con el rey. Fray Tuck sigue siendo el orondo e irreverente monje que conocemos, pero aquí es presentado con el extraño nombre de Aethelfrith. Y los enemigos de Bran pasan a ser el Barón Bernard de Neufmarché (señor de Gloucester y Hereford) y el conde Falkes de Braose, el usurpador de Elfael.
La trama de Hood discurre por los obligados cambios que debe sufrir Bran para convertirse en el héroe proscrito que está destinado a encarnar. No es suficiente con una descripción concienzuda de lo que debió ser la conquista normanda para los recién llegados francos y los britanos sometidos. En su alocada huida Bran es mortalmente herido, y desaparece bajo el amenazante follaje de Coed Cadwr (que hace las veces de Sherwood). Allí es recuperado por Angharad, una vieja hechicera, que lo sana a la vez que lo instruye en las antiguas leyendas del Rey Cuervo, al que está inexorablemente unido.
Estas son las premisas de Hood. Lawhead describe concienzudamente el marco histórico de la Inglaterra de antes del 1100, cuando Gales se resistía a la conquista normanda. Sitúa a los personajes en ese punto, y a partir de ahí, crea una nueva ficción añadiendo pinceladas de fantasía y de mitos, y así nos muestra las desventuras de Bran para llegar al personaje que conocemos. Los motivos que mueven al joven protagonista no son tan nobles: la venganza por la muerte de su padre y el odio hacia los injustos conquistadores es más grande que el amor por su gente y su tierra.
La historia es prometedora, pero se pierde en los vericuetos de descripciones inacabables que lastran la acción y ralentizan la lectura en demasía. El misterio de Coer Cadwr se desvela ante nuestra mirada como un personaje más, pero hay algunos tramos que se hacen demasiado largos. La pluma de Lawhead brilla en varios momentos de la narración, pero a veces se tiene la sensación de que para él es igual de importante mostrarnos sus conocimientos sobre los usos sociales de aquella época que la fluidez de la historia en si. Tal vez el mayor problema y la mayor baza de Hood sea que promete mucho: al ser el primer tomo de una trilogía -El Rey Cuervo, Rhi Bran- tenemos la promesa de leer más aventuras de un Bran maduro y experimentado, que tal vez sepa a dónde quiere llegar en su lucha. Scarlett ya está publicado en la lengua inglesa, y Tuck verá la luz en 2009, y Timun Mas ya ha confirmado que los publicará. Ahora bien, este primer libro peca de eso, de ser una introducción, cosa que puede decepcionar a algunos.
De lo que no cabe duda es que Hood no tiene apenas nada que ver con lo que conocemos. Lo único es el título y la utilización de personajes conocidos para crear algo diferente. La leyenda de Robin Hood parece ser el gancho para mostrarnos una historia nueva, maquillada como una versión de lo que realmente podría haber sido. Lawhead puede trampear con eso, pero no desmerece el producto final. Tendremos que esperar a las otras dos partes para dar el veredicto final.
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