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Warhammer 40.000: La Cruzada de los Malditos |
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Estamos en el cuadragésimo primer milenio. El Emperador ha permanecido sentado e inmóvil en el Trono Dorado de la Tierra durante más de cien siglos. Entre los más fanáticos de sus tropas se encuentran los Templarios Negros. |
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El único sistema de valores será el impuesto por el binomio débil-fuerte, o lo que es lo mismo, hombre o siervo. Porque según el texto, la libertad espiritual consiste en saber que se ha cumplido el trabajo asignado, que se ha consumado el deber. El sustento del monje soldado son las plegarias, que incansablemente entona mientras hace la guerra, única actividad que le satisfará pues es en nombre del Emperador; la enajenación religiosa será tal que durante el combate el Templario Negro hallará el mismo goce extático hacia Dios que ante el altar.
Estas teorías, que no son literatura sino máximas ideológicas, se manifiestan a lo largo de los presuntuosos diálogos de los personajes, que insisto, no son tales, más bien son modelos paradigmáticos de un cierto tipo de comportamiento militar y ante la vida. Se trata de la mentalidad ideal que se les supone a los antiguos cruzados, guerreros por la Fe y defensores de Cristo, pura fantasía, pues se están silenciando las razones económicas, estratégicas y de dominación de dichas campañas.
Cuando el neófito Gerhart parece albergar un tímido sentimiento de vanidad, lo que le haría dudar de ese camino que fue forzado a aceptar bajo amenaza de muerte, el peligro de caer en el escepticismo, primer paso hacia la herejía, es eliminado súbitamente por el Capellán Ecastus. Comienza Gerhart:
<<-No siento orgullo personal por nuestra victoria. Fue una batalla dura y la ganamos entre todos los hermanos, como debe ser. Sin embargo, aunque no ansío una gloria personal… disfruto del honor que es para nuestro capítulo. Estoy preocupado de que, si no las controlo, puede que llegue a desear esas vanidades […].
>>-¿De veras?>>- desenvaina una espada y amenaza a Gerhart- <<¡Lo descubriremos! ¿Cuál es el terror de la muerte?
>>-Morir con nuestra tarea inacabada.
>>-¿Cuál es la alegría de la vida?
>>-Morir sabiendo que la tarea se ha cumplido. […]
>>-Sólo existen el deber, la muerte y si Él así lo desea… un destino.>>
Tras leer esto ¿por qué perder el tiempo con un relato que dice abiertamente <<viva la muerte>>? ¿Por qué tolerar un texto que sugiere en positivo –el cómic nunca plantea la situación desde una postura crítica- una serie de calidades humanas basadas en patrones tan peligrosos para el equilibrio social? ¿Qué hace mejor al ser humano? Responde Raclaw: <<El hombre que yo era sentiría odio y asco ante aquello [una horda de orkos]. Ahora no siento más que… deber>>. ¿Qué sistema de valores es este que premia a los fuertes en el sacrificio y que estipula como camino honroso precisamente una <<cruzada>>?
La cruzada... predica explícitamente, eso es lo sorprendente. Debí haberlo previsto. Es un dato que puede ser pasado por alto por quienes disfrutaron jugando con las miniaturas y lean ahora el cómic con ojos nostálgicos y/o entusiastas. Pero cuidado, no incurrir en el error: no es un cómic, es un panfleto que predica una ideología muy precisa y del todo rechazable, la misma que siempre ha existido en Warhammer 40.000, aunque a menudo solía quedar relegada a un segundo plano cuando lo que importaba era el juego de mesa.
En definitiva, La cruzada…es un producto de dudosa calidad artística, naturalmente, porque lo que interesa es instruir, apto sólo para incondicionales del mundo de Warhammer 40.000, o para aquellos a los que no les inquiete recibir de manera flagrante una doctrina política tan sospechosa.
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