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Warhammer 40.000: La Cruzada de los Malditos |
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Estamos en el cuadragésimo primer milenio. El Emperador ha permanecido sentado e inmóvil en el Trono Dorado de la Tierra durante más de cien siglos. Entre los más fanáticos de sus tropas se encuentran los Templarios Negros. |
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Debí haberlo previsto. Desde el momento en el que Games Workshop decide comercializar un producto paralelo a sus famosas miniaturas, basándose en el trasfondo de sus juegos de mesa, y hacer con él literatura, los resultados son poco fiables.
Por sí mismo, el material de ficción del que dispone el mundo de Warhammer puede resultar atractivo para desarrollar algún tipo de historia a partir de él, pero el substrato ideológico y narrativo sobre el cual fue erigido augura pocas expectativas de éxito. Artístico o lúdico, no hablo por supuesto del éxito comercial, prácticamente asegurado en cualquier producción del sello Games Workshop.
La cruzada de los malditos no es una excepción. Se trata de un tomo editado en formato de lujo por Planeta, que reúne los dieciocho números de esta serie limitada dedicada a las aventuras de los Templarios Negros en el cuadragésimo primer milenio. Los guionistas son Dan Abnett y Ian Edginton, el primero, un habitual de las publicaciones sobre Warhammer y el segundo, un talentoso escritor que se inició con historias de línea steampunk pero que más tarde derivó hacia ejemplares como el que nos ocupa, siempre en sociedad con Abnett. Los dibujantes por su parte son muchos, pero no variados (Lui Antonio, Grez Boychuk, Daniel Laphman y Kevin Chin), y resulta sorprendente que entre todos ellos no haya uno que dibuje con elegancia, con frescura, que sea expresivo, que sea dinámico, de mano ágil y concepto solvente, que no haya uno que sea atractivo, en definitiva.
El dibujo peca de desproporción en sus figuras, peca de estaticismo (nefastas las escenas de combates), de torpeza prospéctica, defectos no voluntarios. Sólo se salva, a veces, el color de J. M. Ringuet, quien resuelve las escenas con efectismos eficaces (demasiados) y una manera agresiva, sucia y herrumbrosa de aplicarlo, muy en consonancia con la hostil estética del universo que aquí se propone.
La historia no es mucho mejor. Continuando con la línea desplegada en el juego de estrategia, La cruzada de los malditos introduce un episodio más en la eterna lucha de los fieles defensores de la Humanidad contra amenazas alienígenas de todo tipo. Los enemigos, en efecto, reproducen el catálogo de los ejércitos de Warhammer 40.000, un repaso por todas las razas enemigas del ser humano y una vez más una invitación a considerar la oportunidad de comprar.
Pero la historia nuclear realmente es otra, aquella que retrata las vicisitudes de dos neófitos de la Orden de Marines Espaciales ("marines espaciales", sin duda todo un hallazgo) de los Templarios Negros. Uno llamado Raclaw, otro Gerhart. Cómo fueron escogidos, cómo fueron preparados, cómo ascendieron. Historias que se combinan con la de un Dreadnought, recipiente-robot para la reliquia/semicadáver maltrecho de un humano llamado Tankred. Veamos, no son “historias” como tales. Suponen en cambio la puesta en escena de un decálogo de comportamientos considerados ejemplares para la índole de estos Marines, muestran la recta vía y los inquebrantables principios que todo soldado del Imperio debe cumplir por el bien común. Por extensión, se trata de una lección ética que insistentemente se expone al lector.
El tótem de esta distópica (utópica para algunos, me temo) sociedad futurista es el Emperador, una figura legendaria que sin embargo se encarna en el maltrecho cuerpo milenario del fundador del Imperio, mantenido con vida gracias a prótesis cibernéticas que le convierten en el mentalista más poderoso de la galaxia, capaz de gobernar pese a estar técnicamente muerto. La Fe que profesa esta hermandad (pues estos Marines Espaciales no son sino predicadores del bien, mensajeros de la luz, monjes guerreros) es la del culto al Emperador. Dios es el Emperador.
En función de esta divinidad se entrenan a modo de tropas de élite, mejoradas sus capacidades humanas con artilugios mecánicos y drogas, a los mejores soldados de cada planeta, escogidos a través de largos y cruentos combates entre sí o contra bestias feroces en los que son obligados a participar. Por si fuera poco, parte de las pruebas y liturgias de adiestramiento requieren que el neófito derrote en combate a sus antiguos congéneres, que olvide su existencia anterior, que agradezca diariamente al Emperador el descubrimiento de una razón para existir basada en el deber, el honor y la anulación de los impulsos personales, de las sensibilidades, de la ambición, el miedo, el orgullo, la amistad (una suerte de entrenamiento jedi extremista). El adiestramiento del Marine Espacial es un programa de sometimiento de las individualidades en pro de la formación de mentalidades obedientes, crédulas; en la formación de soldados perfectos, fieles al líder, por quien no dudarán en morir (¿formación del espíritu nacional?).
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