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El hombre lobo de París, de Samuel Guy Endore |
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Endore, al atreverse a dotar de una dimensión política a su licántropo, borra de un plumazo convencionalismos y taras conservadores. |
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“El sueño de la Razón produce monstruos” ¡Quién iba a decir que un aguafuerte iba a resumir de forma tan precisa el espíritu de un libro! Francisco de Goya pintó ese grabado en algún momento entre 1793 y 1796, con la obstinada intención crítica del artista en el crepúsculo de su existencia. Previsto inicialmente como prólogo de “Las pinturas negras”, por su explicitación respecto de los sentimientos del gran maestro aragonés, los críticos se han esforzado en considerarlo el punto de partida del surrealismo; para nosotros deberá ser la introducción casual a la mayor cumbre sobre la licantropía.
Ningún monstruo institucionalizado por la Literatura y consagrado por el Cine ha gozado de una suerte tan desigual como el Hombre Lobo. Quizás su desafortunada posición se deba a sus solidísimas bases literarias, amparadas en los mitos primigenios, o quizás a que el licántropo (término por cierto, debido a Ovidio, cronista de la perfidia de Licaón de Arcadia), a diferencia de los Vampiros o las Momias, no ha tenido un icono sobre el que mirarse. Al cambiante le falta un Drácula, eso sin duda, pero, al contrario que éste, ha tenido una trayectoria mucho más rutilante dentro de las páginas de los libros: autores de la talla de Alejandro Dumas (“Capitán de lobos”), Rudyard Kipling (“La marca de la bestia”) o Robert Louis Stevenson (“Olalla”), han sido los nombres más famosos que se han aproximado a su figura. Pero no los únicos: tampoco deben desdeñarse las obras del capitán Marryat (“El lobo blanco de las montañas de Hartz”) o del fructífero tándem Erckmann-Chatrian (“Hugo el lobo”).
La paradoja del Hombre Lobo quiere que no sea ninguno de estos títulos el que haya reservado a la criatura un merecido lugar de honor dentro de la Literatura (entre otras cosas, porque se trata de historias menores en bibliografías apabullantes), sino “El Hombre lobo de París” (Jaguar, colección La Barca de Caronte), de Samuel Guy Endore (pseudónimo de Harry Relis), obra poco conocida para el lector español a la que es necesario hacer justicia.
La novela escarba en los límites entre superstición y razón, plantea relaciones incestuosas, explicita el sexo casi como una pasión animal
Basada en la libre interpretación de una anécdota recogida en el imprescindible “El libro de los hombres lobo. Información sobre una superstición terrible”, del polifacético y erudito clérigo inglés Sabine Baring- Gould, definitiva enciclopedia sobre la licantropía (publicada con enorme criterio por Valdemar), es la plasmación de las preocupaciones sociales de su creador, un americano atípico que tradujo a Hanns Heinz Ewers (“La Mandrágora”) y que hubiese dado su vida por haber nacido francés. Endore fue, entre otras cosas, destacado guionista (actividad que le deparó no pocos problemas, como veremos después); de su relación con el Cine extrajo algunos códigos apreciables en su obra maestra, como el castigo impuesto al monstruo por ser monstruo, tan típico del terror fílmico de los treinta, es decir la predestinación romántica, como la llamé en un artículo anterior, de quien, sabiéndose distinto, intenta conducirse con humanidad, rasgo sólo aplicable a quienes cumplen las leyes y las normas, y no a quienes osan inflingirlas.
De todas las arriba mencionadas, la novela de Endore se cuenta entre mis favoritas. Principalmente porque toma un mito con fuertes bases históricas y lo moderniza: Endore-Relis aporta una visión ideológica del personaje que tiene, como mayor virtud, la de romper las barreras del tabú. Al atreverse a dotar de una dimensión política a su licántropo, borra de un plumazo convencionalismos y taras conservadores. Y lo que es más importante, se cuestiona su verdadera amenaza.
Porque el Hombre Lobo es un ser aislado, marginado, convertido en monstruo por una sociedad aún más monstruosa que él. “Homo homini lupus”, que dijo Plauto y repitió Hobbes. No es azaroso que la novela se ambiente durante la sangrienta Comuna Parisina, episodio de enorme violencia y sinrazón que ejemplifica la brutalización de las masas. No es extraño que Endore incluya como narrador- protagonista a un intelectual como Aymar Galliez, símbolo de la evolución – o involución- del hombre en monstruo, antihéroe que se transforma, al contacto con la violencia, en fanático cazador de quien no es afín. No sorprende el estallido de pasiones primarias entre los personajes que pueblan este libro, ni la devastadora denuncia de usos destructivos como el honor o la conciencia de clase. No puede pasarse por alto el sufrimiento vital que palpita en el libro por ser el producto de un hombre represaliado por el siniestro Comité de Actividades Antiamericanas, lo más parecido a una Inquisición que existió en el siglo XX. Endore fue un hombre derrotado, pero no destruido, como atestigua este pasaporte a la gloria que llevamos desgranando.
“El hombre lobo de París” escarba en los límites entre superstición y razón, plantea relaciones incestuosas, explicita el sexo casi como una pasión animal. Es una novela que no deja indiferente, porque en ella es imposible no adoptar un posicionamiento. Provoca repulsión a la vez que franco terror, sensación que depende tanto de la elegancia y la habilidad del autor, como de la pujanza de las acciones humanas (o infrahumanas) descritas.
En suma, altamente recomendable para los amantes de los buenos libros que no teman a los monstruos que anidan en su interior. Aúllen o no.
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