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Hace años, el patriarca mutante, Chris Claremont y Frank Miller aunaron fuerzas en esta ya legendaria historia sobre el regreso de Logan al pais del sol naciente. |
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Un año antes de que viera la luz el primer número de Ronin, Miller dibujaba a las órdenes de Chris Claremont. Explorando más a fondo ciertos aspectos de la cultura nipona que ya abordara tímidamente en su serie de Daredevil, Lobezno: Honor se ambienta directamente en Japón y el afamado autor vuelve a demostrar la fascinación que le producen los códigos y rituales éticos autóctonos.
La crítica unánimemente reconoce esta historia como una obra crucial en la trayectoria de un personaje emblemático de Marvel y que ahora Panini reedita en un único volumen en cartoné. Se trata de los cuatro números que formaron la primera miniserie dedicada a Lobezno, por aquel entonces muy popular gracias a la colección de la Patrulla X de Byrne y el mismo Claremont. En aquel caso se trataba de la versión menos pulida del mutante, presentándolo sencillamente como un tipo duro, amante de las reyertas y sin escrúpulos, lo que se justificaba recurriendo a su dualidad hombre-animal, a sus instintos felinos, que sin embargo respondían al cliché del inadaptado clásico, violento, atractivo para el gran público por su estereotipada personalidad rebelde de inmediata asimilación.
En 1982 Claremont decide ir más allá (no mucho más allá, de todas formas) y decide reconsiderar las condiciones existenciales de Lobezno, su inquietud, su empuje vital, el motor de su solipsismo. ¿Un hombre? ¿Un animal? ¿Ambas cosas? ¿Es Lobezno así porque predomina su lado salvaje o porque no acepta que exista en él un lado salvaje/anticanónico? Esta última pregunta no se platea en el cómic, y la creo la más interesante de todas. El guión es de Claremont, pero conociendo la fuerte personalidad de Miller, no es de extrañar que haya influido notablemente en su elaboración.
Fundamentalmente, la tesis de Lobezno: Honor es que para superar las inclinaciones viscerales, las que le convierten en un asesino pétreo, las que le alejan de la moral (norma) humana, el mutante canadiense debe convencerse de que <<es un hombre>>. Y ser uno de ellos significa, para Claremont y Miller, lo siguiente: <<la clave no es lloriquear, ni perder. Es intentarlo. Tal vez nunca sea lo que debería ser, lo que quiero ser, pero ¿cómo lo sabré si no lo intento?>>. La lucha. La lucha diaria -que no dinamismo crítico- para evitar estabularse, para evitar derivar hacia la mediocridad de un cuerpo pasivo e inerte. Acción, superación, flirteos con el riesgo, se gane o se pierda, sin síntomas de debilidad.
Por ello el escenario es Japón, porque la idiosincrasia del samurai recoge esas máximas, culminándolas con el sacrificio del Yo trascendente a fin de perpetuar valores a él inmanentes pero mucho más valiosos en cuanto son virtudes inefables y ahistóricas, como el Honor, el Deber y la tradición familiar. Lo que resolverá las dudas del mutante será la rectitud de su camino de samurai, y el seguimiento de estas pautas reconducirá su identidad a la “canónica” del ser humano. Según el texto del cómic, lo que nos distingue del mundo animal es la conciencia de nuestros actos, la racionalidad, la confianza en las propias posibilidades, y la voluntad, el deseo de ser y la fe (genérico). La Fe (¿qué pasa entonces con la racionalidad?).
Miller es un gran aficionado a relatos épicos sobre contiendas desniveladas, sobre los ímpetus valerosos de unos pocos, o incluso de uno solo, contra un adversario omnipotente. Lo vimos en Ronin, lo vimos en El regreso del caballero nocturno, en 300… Los desafíos individuales son materia prima para Miller, él ama ese tipo de situaciones al límite donde sus protagonistas hacen emerger lo mejor y lo peor de sí mismos, donde las vicisitudes conducen a un único camino, el del extremo, el de las soluciones desesperadas, el de la lucha por el todo o la nada: sublime violencia, extenuante heroísmo.
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