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La novela tiene clase, la trama no está pasada por la picadora sino que ha sido bastante elaborada, las descripciones abundan y los personajes poseen cierta consistencia. |
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“Ya estamos muertos” (Col. Runas de Alianza Editorial) es la primera de la serie de novelas sobre Joe Pitt, un detective vampiro que desarrolla su actividad en Nueva York. Hasta la fecha, han salido tres novelas (en inglés) y se espera en breve la cuarta, la penúltima antes de que Charlie Huston, el padre de la criatura, eche definitivamente el cierre.
Más allá de los méritos particulares que posee la novela, creo que su mayor interés reside en comprobar cómo ha ido evolucionando la literatura de vampiros en el siglo XX. Tras estar fuertemente ligada a la tradición decimonónica del vampiro como plaga o como amenaza, esta subtemática ha adquirido una identidad propia, necesaria para su conexión con un público al que ya los Dráculas y Carmillas le parecen una rémora fascinante. Así, escritores de muy diverso cuño, en su inmensa mayoría ingleses o americanos, han instaurado una nueva raza de moradores nocturnos, los vampiros sociales.
El vampiro social no es tanto el que vive en contacto con la sociedad, ya que entonces deberíamos reconocer que el monstruo no ha evolucionado nada desde el dandy lord Ruthven de John Polidori, sino que es el efecto y el reflejo de una sociedad. Matheson fue el primero en concebir este nuevo ser, acorde con la transformación de las mentalidades, en Soy leyenda. Desde esta obra maestra, el vampiro pasa de ser un cazador depravado a una víctima liberada.
Esta revisión del mito, que corre más o menos en paralelo con la tendencia tradicional que aún se resiste a madurar, ha dado algunas obras interesantes: “El ansia” de Whitley Strieber o “Entrevista con el Vampiro” de Anne Rice, por ejemplo. Como sucede con todos los mitos, es decir, con la fantasía que tiene enormes posos de veracidad, este nuevo Vampiro diletante, asume todas las características de sus antepasados incorporando algunas nuevas, como su condición de masa. Ya no es un deus ex machina o una amenaza, sino un enfermo con necesidades vitales, ínfimo, grotesco y aislado. Un ser humanizado.
La supervivencia depende del lado en el que estés y del puesto que ocupes en la cadena decisoria, algo que tiene muy claro Joe Pitt
Huston ha comprendido bastante bien hacia dónde está yendo la sub-literatura vampírica en este primer tomo. Hay que reconocer que se lee bien, es ligero, ameno y reverencia bastante bien las claves del género “noir” (corrupción, decadencia, cinismo, paisajes turbios, ambición…). No debe pensarse, sin embargo, que “Ya estamos muertos” es un best-seller en el devaluado sentido del término. Tiene clase, la trama no está pasada por la picadora sino que ha sido bastante elaborada, las descripciones abundan y los personajes poseen cierta consistencia.
El final deja un tanto frío, descompuesto, pero incluso en eso Huston atina, pues como bien instituyeron Raymond Chandler o Dashiell Hammett, lo que importa en la novela negra no es el por qué ni el quién, ni el cómo, sino muchas veces el qué. El argumento es un perfecto McGuffin, como dijo uno de los grandes ideólogos del suspense, para enmascarar la podredumbre de la sociedad y las tensiones internas de los antihéroes que la protagonizan en una lucha que, fácticamente, se llama “del Bien contra el Mal”.
Joe Pitt no tarda en descubrir que una cosa y otra vienen a ser lo mismo o que, y sigo citando, son las “dos caras del dólar”. Porque mientras pone en juego su no-vida intentando frenar una epidemia zombie (o arrastrapiés, como prefieran), es puesto a prueba por los ávidos estrategas del Poder que quieren incrementar su influencia aun a costa de pequeños idealistas y de parias nihilistas. Pitt no tarda en descubrir que la amistad no existe en un mundo donde las decisiones no son correctas o acertadas, sólo coyunturales: la supervivencia depende del lado en el que estés y del puesto que ocupes en la cadena decisoria. Y eso es lo que importa. Pitt decide revolverse contra esta premisa que socava al débil y refuerza al fuerte. Pero lo hace como Marlowe, como Spade o como Archer, tirando de principios.
Norman Mailer publicó una vez su particular contribución al género con “Los Hombres duros no bailan”. Es cierto, no lo hacen, pero a veces pierden el sombrero o esconden bajo fuertes corazas inflexibles principios de integridad. Y poco importa que sean humanos o vampiros, si su honradez los hace hombres.
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